CUERPO TEÓRICO
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio (1992) [1]

 

Como siempre, estallás ante mi temerosa mirada que te esquiva. Otra vez el filo de tu mirada tajea mis ojos. Siempre me costó soportar tu presencia, pero mucho más tu ausencia.

¿Qué legitima mi práctica psicoanalítica? ¿Los libros de Freud, un lugar social reconocido, el transcurrir de mi análisis?

Me tranquilizo: yo sólo trato de ayudar a un sufriente que pide ayuda. Es cierto: sólo puedo ofrecer mi corazón.

Pero me engaño. Más aún, así llego al momento cúlmine del engaño. ¿Ayudar a un sufriente? ¿Quién soy yo para ayudar a alguien? ¿Quién me creo? Sé, por experiencia propia, que ese sufrimiento es el precio que se paga por traiciones y vilezas, por no poder mirarte de frente, ni querer saber nada de tu presencia. Incluso preferir la enfermedad y aun la muerte a saberte viva.

¿Pisco-ayuda? La peor mentira. Me visto de aparente verdad para ocultar la desnudez más desnuda y lacerante, la verdad babeante, deforme y paralítica que me aterra. Me ciego para no verte, me mato para que no me mates.

Siempre escucho claro. Pero muchas veces eso denuncia mis propias miserias, y me paralizo. O peor aún, abre la jaula de mis horrores, del pánico. Entonces mi propia cobardía escucha un pedido de ayuda cobarde. Y «ayudo», porque me duele y aterroriza hablar claro. Es cuando me armo de palabras teóricas para escabullirme.

Pero llegás y estallás ante mis ojos, y en un relámpago tu mirada inutiliza mi confortable inercia profesional, a la que me aferro y confundo con mi vida. Desbaratás mis pensamientos, desparramás por el piso las prolijas excusas. Inútilmente trato de juntarlas y ordenarlas.

Entonces, desde el vacío más pleno que estremece mi cuerpo y con la angustia que atenaza la garganta, mi llanto habla mis palabras:

en tu mundo no hay guaridas, no hay teoría que pueda sostener ni legitimar este acto, sólo la cuota de angustia, horror y valentía que podamos soportar para escuchar esas verdades. Sólo desde allí las verdades toman cuerpo. Cuerpo teórico.

Ya lo dijo el poeta: estamos en la noche, en una prisión de la que no saldremos sino muertos, reducidos a colocar el corazón desnudo contra el muro, en el frío, con la esperanza de que haya una oreja pegada al otro lado.

EL AMOR A LA VERDAD
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio

 

1.- LA LEY

La experiencia de vida nos obliga a abandonar la ilusión de que el hombre, en el fondo, es un ser lleno de bondad y de amor. Peor aún, parece obligarnos a reconocer lo contrario; que la característica humana más definitoria quizá radique en un fondo de maldad tan antigua e insondable como el hombre mismo. La consecuencia inevitable que esta situación nos impone, entonces, es la necesidad de imponer barreras que contengan semejante maldad. La expresión concreta de estas barreras es la institución y sostenimiento de un conjunto de leyes (jurídicas, morales, culturales, etc.) imprescindibles para evitar el caos y el derrumbe social.

Pero la experiencia también nos obliga a reconocer que la esencia de estas leyes radica en prohibiciones; en disuasivos y amenazas ante su posible trasgresión. Dicho de manera más clara: aunque las leyes, por un lado, prohíban determinados actos, por el otro, dejan intactos los impulsos que empujan a cometerlos. Podríamos decir que estas leyes actúan de manera “externa” al impulso; o también que, como no tienen el objetivo de modificar “internamente” al impulso, es lógico, por lo tanto, que no logren modificar en nada la maldad que anida en el alma humana. A lo sumo, logran mantenerla a raya. Nos encontramos así en la incómoda situación de mantener un eterno empate entre las prohibiciones y lo prohibido, con el inevitable agregado de un oscuro pronóstico: si algún día la balanza llegara a inclinarse hacia un lado, ese lado necesariamente será el de la maldad, pues las leyes, por su propia esencia, no buscan la transformación sino tan sólo contener la maldad. Freud no era ignorante de esto; y así lo escribió en su artículo “Consideraciones de actualidad sobre la Guerra y la Muerte”: «La sociedad civilizada, que exige el bien obrar sin preocuparse del fundamento instintivo del mismo, ha ganado, pues, para la obediencia o la civilización a un gran número de hombres que no siguen en ello a su naturaleza. El sujeto así forzado a reaccionar permanentemente en sentido de preceptos que no son manifestación de sus tendencias instintivas vive, psicológicamente hablando, muy por encima de sus medios y puede ser calificado, objetivamente, de hipócrita,…y es innegable que nuestra civilización favorece con extraordinaria amplitud este género de hipocresía. Podemos arriesgar la afirmación de que se basa en ella y tendría que someterse a hondas transformaciones si los hombres resolvieran vivir con arreglo a la verdad psicológica. Hay, pues, muchos más hipócritas de la cultura que hombres verdaderamente civilizados…»

Es innegable que la satisfacción plena y sin remordimientos de nuestras peores tendencias egoístas no nos llevaría más que a la locura y criminalidad. Pero es innegable también que, tal como están planteadas las cosas hoy, el cumplimiento de la ley se vuelve imposible. Y no sólo eso sino algo bastante más terrible, que no muchos, sin embargo, quieren reconocer: el sostenimiento y cumplimiento de la ley, entendida puramente como prohibición, no puede llevarnos más que a una vida mortífera, de constante resignación y pena, condenándonos a no poder superar jamás el malestar intrínseco que imponen a la vida estas leyes que sólo prohíben pero no dan vida. La ley está como hambrienta y nos contagia el hambre; recurriendo a la ley nunca se consigue la abundancia, pues sus prescripciones cabalmente están hechas para quitar, para exigir y para estrujar hasta el extremo. Con cada prescripción la ley exige algo y, sin embargo, nunca hay tope para las prescripciones. Por esto la ley es exactamente lo contrario a la vida, porque la vida es abundancia. La ley se asemeja a la muerte. Y sin embargo todo parece indicar que no podemos abandonarla a riesgo de caer en la disolución social. Esta es la conclusión y el mensaje de Freud: lo inexorable del malestar en la cultura. Conclusión honesta y a la vez terrible, pero que, más que resolver el asunto, no hace más que explicitar el presentimiento basal de la propia inviabilidad que subyace en nuestra cultura.

En este exacto punto, en este nudo imposible de desatar, en este auténtico callejón sin salida en la relación entre la ley y la vida es cuando llega y adonde apunta el mensaje cristiano “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La disyuntiva humana tan magníficamente descripta por Freud no es nueva, más aún, es la misma que enfrentaron Jesus y los primeros cristianos. Ya en aquellos tiempos la ley era imposible de cumplir y también, con sus insaciables exigencias, era la ruina de todos. Es ante esa situación de imposible resolución que el apóstol Pablo anuncia: “Cristo es el fin de la ley” (Cor. X.4). Y verdaderamente es así: Cristo es la ruina de la ley y, aunque suene paradojal, también es el cumplimiento de la ley.

El precepto “amarás a tu prójimo como a ti mismo” no es una ley del tipo de las descriptas por Freud. Este precepto no apunta a condenar ni a mantener a raya el odio al prójimo pero dejando intacto ese odio (a lo que sí apunta, dicho sea de paso, nuestra progresista y tan ponderada exigencia de la “tolerancia” al otro). No apunta a una represión del odio (es decir, a una acción “externa” sobre él), como tampoco se propone meramente como una barrera contra el odio pero sin llegar a alterarlo. El precepto insta y convoca a todos y a cada uno, con absoluta seriedad, a una transformación del odio en amor. Por eso ya no es una ley general sino un proceso interior de vida; no es una ley que oprime sino una sugerencia vital, una invitación a vivir un tipo de vida diferente a la actual.

Llegado a este punto rápidamente se contestará que semejante pretensión (la de la transformación de los impulsos hostiles en amor) es algo imposible. Ya lo veremos. Lo que por ahora interesa recalcar es que, más allá de si es posible o no, el precepto no es una prohibición, sino un imperativo por el que, en el caso de realizarse, la ley queda cumplida y, por eso mismo, se vuelve innecesaria. Es por eso que es la ruina y, al mismo tiempo, es el cumplimiento de la ley. Y es por eso, también, que Pablo afirma que en la simpleza del precepto se resumen todas las leyes puesto que, de cumplirse, en el mismo acto se cumple toda ley. Por todo esto resulta obvio que confundir este precepto con una ley que meramente prohíbe es no entender el ABC del mensaje cristiano.

 

2.- EL PRÓJIMO NO ES EL SEMEJANTE.

La experiencia de amar aparentemente nos resulta a todos clara y transparente. El precepto dice “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”: ¿será este amor similar al amor a una pareja, o tal vez al amor a un amigo? Estos amores son tan viejos como la humanidad, y no agregaría más que confusión quien opinara que la diferencia que introduce el amor cristiano tan sólo consiste en que la amada o el amigo son queridos de una forma más fiel y tierna. ¿No constatamos acaso en personas no cristianas ejemplos hermosos de este amor o de esta amistad? Si el cristianismo no trae al mundo un nuevo amor, todo su mensaje es un fraude. ¿Cuál es, entonces, la novedad que introduce el cristianismo en este asunto?

Hoy, como hace miles de años, diferenciamos lo que llamamos el “amor propio”, en sentido egoísta o narcisista, del “amor al otro”; y hoy como ayer repudiamos el amor egoísta tanto como exaltamos la entrega amorosa a un hombre o a una mujer, al pueblo, o a la humanidad. Pero fue el mismo Freud quien descubrió que estos amores “altruistas” no son más que desarrollos del amor narcisista: en el fondo todos amamos lo que somos o lo que nos gustaría ser. A pesar de su radicalidad, el descubrimiento freudiano sin embargo no es ninguna novedad: hace 2000 años el cristianismo ya afirmaba que tanto el “amor propio” como el amor a una pareja, al amigo, o a una causa, no son más que otras tantas formas del “amor propio”. Y es aquí que, a diferencia de todo lo anterior y posterior, el cristianismo introduce su innovación decisiva que trastoca todos los valores, pues de manera categórica e irreversible afirma que «amar al prójimo como a ti mismo» es un amor absolutamente diferente a todos los demás amores, sean narcisistas o altruistas, hasta el punto extremo de llegar considerarlo como el único auténtico amor.

De los reparos con los que Freud rechaza el precepto podemos aclarar este asunto. Freud dice así: «Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo». Es indudable que los reparos que opone (como lo haría cualquiera de nosotros) son del “amor propio”. El “prójimo” así entendido no es más que la duplicación de uno mismo, es decir, otro “uno” necesario para que uno pueda afirmarse. Entendámonos bien: no estamos hablando especialmente del narcisismo de Freud sino de la posición que él allí adopta, la normal desde la que cualquier persona en nuestra cultura piensa y siente. Freud mismo lo dice: “es muy probable que el prójimo, si se le invitara a amarme como a mí mismo, respondería exactamente como yo lo hice”. Resulta aquí imprescindible, entonces, hacer la siguiente aclaración: Freud aquí no está hablando del “amor al prójimo” sino del “amor al semejante”. Este amor se funda en la semejanza en virtud de la cual los que se aman son distintos a los demás, o en la cual se asemejan mutuamente en cuanto distintos de los demás. Este amor al semejante inevitablemente se funda en una exclusión de los otros: por un lado la pareja, los amigos, el partido, la nación y la raza; por otro, los otros. Este amor es amor de preferencia y enteramente acorde con uno mismo; en él uno está a sus anchas y es feliz: todos somos “uno” (de Boca, de River, o de lo que sea, siempre y cuando haya algún otro en contra). Cuanto más fuertemente se enlazan dos “unos” entre sí con el fin de hacer un solo uno, tanto más se aferra al “amor propio” este “uno reunido”, excluyendo a todos los demás. En el punto culminante del amor y de la amistad, los dos, los tres, o los miles se hacen realmente una misma cosa, un solo “uno”. Pero en esta borrachera emocional, que hoy se considera el summun del amor, uno no se sigue amando más que a uno. Es que en este amor como sentimiento, como emoción o como identificación, uno no hace más que regodearse en uno mismo, acomodándose en una tibia trampa de la que nunca más quisiera salir. Pero eso, para el cristianismo, nada de esto es amor, puesto que sigue fundándose en el odio al “no uno”, es decir, “al prójimo”. A decir verdad, el semejante es casi lo opuesto y hasta el enemigo del prójimo. Freud, con la franqueza que lo caracteriza, lo confiesa de una manera tan irremediable como accesible a cualquiera que no quiera engañarse: «Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que -para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio». No hay nada, pues, en uno ni en el prójimo, que me lleve a amarlo; por lo contrario, todo me lleva a odiarlo y a esperar de él una actitud equivalente. Por eso es que, para reprimir ese odio, se hace necesaria la ley; pero también es cierto que mientras sigamos sosteniendo y aferrándonos a la ley, seguiremos odiando. Así es la ley del “amor propio”. Y es justamente en este punto donde el precepto cristiano rompe el nudo anunciando que únicamente el amor al prójimo nos puede sacar de semejante atolladero.

 

4.- UNO NO ES TI MISMO

Pero ¿es posible? Recordemos aquí las ya citadas palabras de Freud: «la sociedad civilizada tendría que someterse a hondas transformaciones si los hombres resolvieran vivir con arreglo a la verdad psicológica». Nuestra sociedad sólo exige que se acate la ley, y le tiene sin cuidado si las personas sienten a la ley como una imposición ajena a su ser o la asumen como propia. Pero, como todos sabemos, hecha la ley hecha la trampa. Esta forma de vida, subjetiva y objetiva a la vez, que se funda en la represión y no en la transformación de los impulsos, necesariamente es hipócrita y mentirosa.

El amor a una pareja, a un amigo o a una causa es algo bellísimo, que nadie en su sano juicio puede despreciar; pero elevar cualquiera de ellos a supremo valor regulativo de la vida sólo puede conducir a desastres. Si anteponemos el amor a la pareja, a la familia o a la patria a cualquier otra cosa, inmediatamente veremos despuntar el odio a esa “otra cosa”: cualquier tercero es rechazado en la relación de pareja, apareciendo los celos; la sola existencia de otra patria alcanza para encender la tensión agresiva para con ella. Elevar a primer plano el amor a la pareja también lleva a dejar muy por detrás la relación con la propia verdad de cada uno de sus integrantes, quienes rápidamente empiezan a usar el amor al otro como escondite para tapar sus propias miserias y mentiras. Y así nuevamente vuelve a aparecer en primer lugar el amor propio. Uno gusta imaginarse que es uno el que viene a controlar el odio que le brota a pesar de su voluntad, y que en esa tarea tiene como aliada a la ley. Uno y ley son la misma cosa, y pone al odio por fuera y contra suyo. Esta fantasía de uno, sin embargo, viene como anillo al dedo para no ver que uno se funda en tensión agresiva con el otro, y que el amor propio inevitablemente se sostiene, en espejo, del odio al otro.

Muy diferente es querer salir de la mentira y vivir con arreglo a la verdad; esto funda un amor totalmente diferente a todos los anteriores que, incluso, puede llevarnos a romper parejas y amistades. Este amor, a diferencia de los anteriores, es absolutamente solitario, siendo una tarea de cada uno, solo ante la verdad. Y en esto de nada vale simular que se acata, porque no hay nadie ante quien simular ni a quien acatar, como tampoco hay nadie quien avale nada. Tampoco es un acto que se puede hacer entre muchos, tanto sea porque no nos alcancen nuestras propias fuerzas como para darnos más valor; pues aquí uno está solo ante la verdad. Además este amor jamás puede convertirme en una sola cosa con el otro, resultando un “uno” reunido; por el contrario, es y siempre será un amor entre dos personas eternamente determinadas cada una por su lado. Recién aquí es donde puede llegar a aparecer el “amor a ti mismo”, el cual no tiene nada que ver con amarse a uno mismo, el que siempre es y será amor de preferencia y de regocijo en la propia imagen. El amor así entendido y practicado no tiene nada que ver con el sentimiento (gusto), como tampoco con la moral (obligación), sino simplemente con la verdad. Y no hay ley general, ni aún la más revolucionaria y socialista, que pueda imponer su cumplimiento, pues esto es una cuestión de cada uno.

Nadie puede dejar de ver que nuestro mundo es casi la antítesis de este precepto, y que llevarlo a la práctica va contra uno. Pero también nadie deja de ver que nuestro mundo, fundado en uno y en la ley, no tiene salida; y que, así, hasta uno mismo se perjudica. Vivir con arreglo a la verdad no es un sueño. No es sólo una afirmación doctrinaria del freudismo la que afirma que la cultura y sus obras son un producto de la transformación pulsional, sino que, y en primer lugar, es su misma praxis clínica la que se asienta en dicha transformación, la que se transita a través del penoso reconocimiento de una verdad rechazada y no reconocida por uno. Esta verdad no es algo ya creado y existente en nosotros y que tan sólo espera su reconocimiento, sino que, por una extraña operación, es algo que se vuelve a crear en el exacto momento de su reconocimiento que, a su vez, coincide con el reconocimiento de la mentira propia de uno. Es en esa travesía que uno reconoce que hay algo más allá de uno, y que eso es más propio que uno mismo.

ELOGIO DE LA MELANCOLíA
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio

Sigo pensando en Kierkegaard. Me regalaron un libro de un mexicano sobre Kierkegaard. El autor habla sobre la “melancolía” de Kierkegaard, y dice: “La melancolía es un estado de ánimo. Puede ser considerada como una enfermedad en los casos crónicos (cuando se padecen períodos largos o continuos de melancolía). Es enfermedad en el sentido de un estado anómalo en el hombre”. Ya unas páginas antes se había referido a Kierkegaard y a “su problema de melancolía”. ¿Así que la “melancolía” de Kierkegaard era un “problema”? ¡Mirá vos!

No, definitivamente no: Kierkegaard no tenía un “problema de melancolía” (y mucho menos una enfermedad). Lo que Kierkegaard soportaba era una guerra contra el mundo. Y ese odio, él lo sabía muy bien, era su único camino de salvación. Porque por más que quisiera, por más que lo intentara, él no podía “reconcialiarse con el mundo”; todas las cosas con las que los demás pasan por la vida (un trabajo, familia, hijos, dinero, prestigio,etc.), a él no le alcanzaban ni siquiera para empezar a soportar la vida. Y de una manera definitiva: no se trata de que a él personalmente no le gustara; no, se trata de que es así y punto. Y eso, más que “un” problema (personal o psicológico), eso es “el” problema. Pero “de eso”, por supuesto, muchos ni se enteran.

Yo estoy seguro de que Kierkegaard no podía, jamás, “reconcialiarse con el mundo”: ya sé que tal vez esto no sea cristiano y que, por ahí, o por lo tanto, no puede atribuírsele plenamente este pensamiento. Ya sé que hay una pila de profesores que han leído “todo” y que saben más que yo, y que hacen fila para pegarme y que me pueden llenar la cara de citas, demostrándome que, en realidad, Kierkegaard estaba más “reconciliado” con el mundo de lo que yo creo, y que las cosas que digo no son más que reflejos de mis propios fantasmas y obsesiones. Pero no me importa: yo sé que Kierkegaard aún sigue en guerra contra el mundo (incluyendo a todos esos profesores), y no pienso tomarme el trabajo ni gastar un minuto de mi tiempo en convencerlos ni en demostrales de por qué es así. Y todo por una simple razón: porque es imposible hacerles darse cuenta, porque nunca nos entenderemos, porque estas cosas no se resuelven con “razones”, y porque entre nosotros hay un abismo que jamás se salvará. Y todo ocurre así por una simple razón: porque ellos están y les gusta estar “reconciliados” con este mundo, mientras que yo lo odio, incluyéndolos a ellos. Y como yo sé muy bien por qué los odio, también sé muy bien por qué este odio es mi vía de salvación, y por qué ellos de esto no saben ni nunca sabrán nada.

Y entonces me acuerdo de Erdosain en “Los Siete Locos” de Arlt:

“Entonces su irritación se volvió contra la bestial felicidad de los tenderos, que a las puertas de sus covachas escupían a la oblicuidad de la lluvia. Se imaginó que estaban tramando eternos chanchullos, mientras que sus desventradas mujeres se dejaban ver en las trastiendas, extendiendo manteles en las mesas cojas, arramblando innobles guisotes que al ser descubiertos en las fuentes arrojaban a la calle flatulencias de pimentón y de sebo, y ásperos relentos de milanesas recalentadas.

“Caminaba ceñudo, investigando con furor lento las ideas que se incubarían bajo esas frentes estrechas, mirando descaradamente las lívidas caras de los comerciantes, que desde el cuévano de los ojos espiaban con una chispa de ferocidad los compradores que se movían en los negocios fronteros; y Erdosain sentía a momentos ímpetus de insultarlos, antojo de tratarlos de cornudos, de ladrones y de hijos de malas madres, diciéndose que tenían la falsa gordura de los leprosos y que si algunos estaban flacos era de celar los éxitos de sus prójimos. Y en su fuero interno los iba injuriando atrozmente, imaginándose que los negociantes aquellos estaban atornillados a próximas quiebras por espantosos pagarés, y que la desdicha que le arrojaba a él al fondo de la desesperación se cerniría también sobre sus mugrientas mujeres, que, con los mismos dedos con que momentos antes habían retirado los trapos en que menstruaban, cortarían ahora el pan que ellos devorarían entre maldiciones dirigidas a sus competidores.

“Y sin podérselo explicar se decía que el más educado de esos bribones era de una grosería solapada y profunda, todos envidiosos hasta el tuétano y más desalmados e implacables que cartagineses.

“A medida que iba pasando frente a colchonerías y almacenes y tiendas, pensaba que esos hombres no tenían ningún objeto noble en la vida, que se pasaban la vida escudriñando con goces malvados la intimidad de sus vecinos, tan canallas como ellos, regocijándose con palabras de falsa compasión de las desgracias que les ocurrían a éstos, chismorreando a diestra y siniestra de aburridos que estaban, y esto le produjo súbitamente tanto encono, que de pronto aceptó que lo mejor que podía hacer era irse, pues sino tendría un incidente con esos brutos, bajo cuyas cataduras enfáticas veía alzarse el alma de la ciudad, encanallada implacable y feroz como ellos”

Esto es melancolía. Erdosain sabía de lo que hablaba. Capaz que muchos van a decir que todo esto no es “melancolía” sino “resentimiento”, pero yo les digo que no, o que sí, que también es resentimiento, pero concentrado, limpio y elaborado, y que por eso ya no es resentimiento. Y también les digo que esos tenderos, esos comerciantes, esos colchoneros o esos profesores, se encuentran tanto Minnesota como en Brooklyn, tanto en la 5th Avenida como en Corrientes y Callao, tanto en Copenhage como en Belgrano.

El capitalismo, desde muy joven, siempre intentó desconocer y tapar el abismo existencial que se manifiesta en la melancolía con la alegría forzada del sábado por la noche, con esa continua promesa de belleza y juventud eterna, y, por supuesto, con su apuesta máxima: matar a la muerte mediante procedimientos técno-médicos. No resulta extraño, entonces, que la melancolía esté tan desprestigiada y tenga tan mala prensa. Sin ir más lejos, la famosa “melancolía porteña”. (Antes que nada aclaremos algo: yo no soy porteño; soy cordobés). La famosa melancolía porteña no es estúpidamente ganas de sufrir y nada más, no, es algo mucho más serio y picante; como bien cantan los tangos, esa melancolía es “spleen”, es decir, una terrible y explosiva mezcla de tragedia y pasión, una pasión suicida, es cierto, pero lúcida y vital; nihilismo y sinsentido sí, pero ¿acaso vas a creer? Es una verdadera rebelión contra el bien, contra la belleza y contra la alegría, industrializada o no; es esa verdad siempre sabida y de la que jamás te vas a poder hacer el boludo porque, por más que te hayas pasado del tango al rock and roll, ella sigue siendo tu verdad. Una verdad que te dice que sí, que por supuesto que hay alegría, y que es brasilera, pero que vos no podés sentirla como tu temple fundamental de vida porque así, como la sentís, en el fondo, es una boludez: algo ahí no te cierra.

Esto es melancolía: no un mero sentirse más o menos mal por un tiempo o por toda una vida, sino una herida abierta en la carne del mundo, una verdad que te enloquece, que te persigue y no te da respiro, pero sin la cual tu vida sería una insulsa y estúpida vidita.

Entonces vuelvo a Los Siete Locos: “Nota del comentador: Refiriéndose a esos tiempos, Erdosain me decía: «Yo creía que el alma me había sido dada para gozar de las bellezas del mundo, la luz de la luna sobre la anaranjada cresta de una nube, y la gota de rocío temblando encima de una rosa. Más, cuando fui pequeño creí siempre que la vida reservaba para mí un acontecimiento sublime y hermoso. Pero a medida que examinaba la vida de los otros hombres, descubrí que vivían aburridos, como si habitaran en un país siempre lluvioso, donde los rayos de la lluvia les dejaran en el fondo de las pupilas tabiques de agua que les deformaban la visión de las cosas. Y comprendí que las almas se movían en la tierra como peces prisioneros en un acuario. Al otro lado de los verdinosos muros de vidrio estaba la hermosa vida cantante y altísima, donde todo sería distinto, fuerte y múltiple, y donde los seres nuevos de una creación más perfecta, con sus bellos cuerpos saltarían en una atmósfera elástica». —Entonces le decía: «Es inútil, tengo que escaparme de la tierra»”.

AGREGADO

Hoy me compré una maravillosa edición de Ed. Sudamericana de Los Siete Locos y Los Lanzallamas, con notas, artículos, cronología, etc. En este libro encontré la siguiente Aguafuerte de Arlt referida a los personajes de Los Siete Locos:

“Estos individuos, canallas y tristes, simultáneamente; viles soñadores simultáneamente, están atados o ligados entre sí por la desesperación. La desesperación en ellos está organizada, más que por la pobreza material, por otro factor: la desorientación que, después de la gran guerra, ha revolucionado la conciencia de los hombres, dejándolos vacíos de ideales y esperanzas. [Se refiere a las primera guerra mundial de 1914-17. Los Siete Locos se publicó en 1929. Yo me digo: ¡qué parecido es aquel momento del mundo a éste, después de la caída del muro de Berlín, sin Socialismo, vacío de ideales y esperanzas!]

“Hombres y mujeres en la novela rechazan el presente y la civilización tal cual está organizada. Odian esta civilización. Quisieran creer, arrodillarse ante algo, amar algo; pero, para ellos, ese don de fe, la «gracia» como dicen los católicos, les está negada. Aunque quieran ser, no pueden. [De nuevo: ¡qué parecido a hoy!, porque hoy se nos vuelve imposible volver a creer en el Socialismo con mayúsculas, ya nos parece una ingenidad]. Como se ve, la angustia de estos hombres nace de su esterilidad interior. [¿y/o anterior?]. Son individuos y mujeres de esta ciudad, a quienes yo he conocido. [Otra vez: ¡qué parecido: ¿qué sería de mí si no hago esta revista, el taller de pensamiento? ¡Cuántos desesperados, cuántos suicidios en espera caminan hoy por las calles de Buenos Aires, estirando como pueden las horas, los días, las semanas!?].

“En síntesis: estos demonios no son ni locos ni cuerdos. Se mueven como fantasmas en un mundo de tinieblas y problemas morales y crueles. Si fueran menos cobardes se suicidarían; si tuvieran un poco más de caracter, serían santos. En verdad, buscan la luz. Pero la buscan completamente sumergidos en el barro. Y ensucian lo que tocan.

“A mí, como autor, estos individuos no me son simpáticos. Pero los he tratado. Y todo autor es esclavo durante un momento de sus personajes, porque ellos llevaban en sí verdades atroces que merecían ser conocidas.

“En definitiva: en esta obra no hay ningún casamiento, ni baile, ni declaración de amor. Al sexo femenino no le puede interesar”.

Yo creo que esto es la melancolía.

20-40
Héctor Fenoglio

El que no es revolucionario a los 20,
no tiene corazón.
El que es revolucionario a los 40,
no tiene cabeza.

(Dicho popular)

 

Por Héctor Fenoglio

 

LOS 40

León Gieco, en un reportaje, relataba la conversación que tuvo con un taxista: Grande León, vos sí que seguis yendo al frente, le dijo el taxista. ¿Y vos?, le preguntó. No…lo que pasa es que me casé, tengo chicos viste?… Para sus adentros Gieco seguramente pensó ¿y que tiene que ver una cosa con la otra?

¿Qué nos ha pasado?

La mayoría de los que fuimos militantes en los 70 –de los otros no hablo- se han ido acomodando, como pudieron, a una vida pequeñoburguesa, esto es, a sobrevivir en este mundo y con las reglas de este mundo: dentro de lo posible tener el mejor pasar haciendo lo que nos gusta.

Venimos de una derrota, la situación histórica ha cambiado, de algo tengo que vivir, todo fue una ilusión: las justificaciones cambian pero el malestar es el mismo. Y no se trata del famoso malestar en la cultura: de lo que se trata es de ya no querer saber más nada.

La letra con sangre entró.

¿Volverían a jugarse la vida por algo? Da la impresión de que muchísimos no. Después de tantas muertes, desapariciones, exilios y sufrimientos, hoy la vida propia y la de los seres queridos se presenta como el bien más preciado.

Sólo las expresiones (no digamos ya algo más concreto) Dar la vida por los otros , Dar la vida por una causa, generan un rechazo visceral, dan miedo, o contraen extremas precauciones. No es para menos: el que se quema con leche, ve la vaca y llora. Y oscuramente se las asocia con la locura. Otras veces sólo despiertan sorna, sonrisitas socarronas o palmaditas condescendientes: casi una boludez.

Mientras tanto, atribulados por las separaciones, los proyectos, los hijos, el trabajo, la plata, la casa, por las nuevas separaciones, los nuevos proyectos, etc., la vida se va pasando. O ya pasó.

Hoy a los viejos tiempos los recuerdan, entre amigos y vinos, entre orgullosos y avergonzados, como pecados de juventud. Pero en la práctica -como se decía- se reniega de aquellos ideales.

Sin embargo, con mayor o menor fortuna, yéndose a la quinta o haciendo horas extras los fines de semana, la vida en lo 90 tampoco satisface.

Es cierto que no se puede volver a hacer las cosas que se hacían a los 20, pero votar de vez en cuando al Chacho y leer Página 12 tampoco puede dejar tranquilo a nadie.

Sabor a nada para algunos, sabor a traición para otros.

Y acá estamos, entre demasiado jóvenes para morir y demasiado viejos para vivir. Para colmo, en el fondo, todos seguimos presintiendo lo definitivo: que quien no está dispuesto a entregar la vida por algo, no está dispuesto a vivir por nada.

 

LOS 20

Nuestros hijos, aquellos que han heredado nuestra locura -nuestro irremediable desacomodo con este mundo- tampoco pueden acomodarse, y también se rebelan ante la idea de que la vida se reduce sólo a los valores establecidos: tener un título, trabajar, casarse, comprarse un auto, tener hijos, tener una casa, y -sobre todo- ser siempre una buena persona.

Para nuestro disgusto aborrecen la política, y otro movimiento universal encauza sus rebeldías: Luca Prodan o el Indio Solari reemplazan a nuestro Che Guevara.

El rock es, sin dudas, el movimiento más transformador de la segunda mitad del siglo XX; con la particularidad de que no se presenta como un movimiento político sino artístico.

Lo que define la posición del artista es su entrega a una práctica que está más allá de los resultados económicos. No lo hace para ganarse la vida: la práctica artística es, en principio, contradictoria con la sobrevivencia. ¿De que vas a vivir?, te vas a morir de hambre, son las palabras que inevitablemente debe enfrentar, de los otros y de él mismo, todo aquel que agarra la guitarra.

Es que en nuestro mundo el trabajo es un medio de sobrevivencia, nunca un fin en sí mismo. Cuando la práctica artística se transforma en un medio para ganarse la vida, deja de serlo para transformarse en un comercio. Esto no quiere decir que un artista no pueda ganarse la vida con su arte, sino que ello siempre será un efecto y nunca la causa de su producción. El arte y sus productos son un fin en sí mismo y nunca un medio para otra cosa: dinero, un objetivo político, etc. El arte es esencialmente gratuito.

Muchos músicos (muy izquierdistas por supuesto) han transformado su música en un medio de ganarse la vida: se profesionalizaron. Mientras tanto, lo que caracteriza al músico de rock, en apariencia apolítico, es que, para serlo, no debe considerar su música como un medio de vida, sino que debe entregarse más allá de los resultados.

La actividad que se realiza como medio para lograr otra cosa es el caso más visible de lo que es una actividad alienada, y quienes la realizan (sea cirujano o carnicero) gustosos la abandonarían si se sacaran la lotería. La sociedad contemporánea, basada en el intercambio mercantil, no sólo promueve y sostiene como norma la actividad alienada, sino que además niega toda posibilidad de que existan actividades no alienadas. Y la manera de negarlas no es sólo por medios argumentales, sino principalmente por medios materiales: o las reprime o las integra.

En este mundo alienado la práctica artística es inútil, no sirve para nada, es energía dilapidada. Por eso es peligrosa. Es que va a contramano de los principios rectores de la cordura capitalista: ¿cómo es que alguien entrega sus mayores y mejores esfuerzos en algo que no apunta a ganar plata, a la sobrevivencia?

El arte -el rock en nuestra época- es pariente cercano de la locura y, más que una experiencia estética, lo que posibilita es una experiencia ética.

Nuestros hijos aborrecen la política actual porque, al reducirse en última instancia a un mero reclamo económico, a cómo sobrevivir mejor –“economicismo” le decíamos-, se sustrae de toda posibilidad ética, cuando esto es lo verdaderamente importante y, quizá, lo único que puede llamarse revolucionario.

Por supuesto, visto desde los 40 esto es ingenuidad.

 

 

LOS 60

 

Estoy en guerra, man.

¿Contra quién?, le preguntó un cronista.

Contra la nada, respondió Charly García.

La nada a la que hace alusión el más grande músico argentino –dice Osvaldo Soriano en la que quizá fue la última nota de su vida- es simplemente esta época miserable. La era del vacío, en la que tipos pragmáticos le exigen que no joda, que devuelva la plata de las entradas y se cure. ¿Se cure de qué?… Me pareció que otra vez no entendemos nada y hacemos el ridículo. Qué tristes tiempos…

Y sin embargo –sigue Soriano- alguien, a lo lejos, percibió la señal.

¿Sabés Charly? –le dice ese alguien en una carta abierta- en esta sociedad de hipócritas tu rebeldía les molesta a los “democráticos” y moralistas… tu canto dice “yo sé que soy imbancable” pero no aclarás para quién, yo también soy imbancable para algunos que no soportan a los diferentes.

Quiero que sepas, soy tu amiga.

Te abrazo muy fuerte en este país incendiado.

Hebe de Bonafini –ese alguien- abiertamente se declara política y revolucionaria. No es artista ni rockera, sin embargo es, sin discusión, la única figura política venerada por los rockeros de todas las edades. Es que, en la Argentina de los 90, Hebe de Bonafini es la reencarnación de Luca Prodan y del Che Guevara juntos.

Las Madres de Plaza de Mayo, a pesar de toda su tragedia, no se sienten ni se presentan como víctimas, sino como revolucionarias en lucha contra este mundo hipócrita y miserable. Y para mayor escándalo de la gente seria y bienpensante, proclaman que la única manera de reivindicar a los desaparecidos es retomar sus ideales y continuar la lucha. Todo esto con el aval de 20 años de resistencia y, para colmo, sin haber disparado ni un solo tiro.

No sólo las proclamas sino la existencia misma de las Madres resultan insoportables (pero al mismo tiempo imprescindibles) para muchos de 20, 40 y 60 años, pues los enfrenta a lo que todos saben pero que hacen lo imposible por no saber: que la vida entregada al confort personal (porque hoy ni siquiera se trata ya de salvar la vida) es una vida miserable que es cómplice de la miseria general.

La vida confortable siempre es víctima, por eso vive justificándose o quejándose. Lo escandaloso de las Madres es que muestran que no es necesario esperar ser mayoría ni la soñada conquista del poder para transformarse y transformar el mundo, es decir, para ser revolucionarios. Y que la lucha por la revolución futura es, casi siempre, la manera más mentirosa de no ser revolucionarios ahora. Porque, más que la conquista del poder, es necesario conquistar la fuerza, aquella que se requiere y se adquiere en la propia emancipación.

Abandonar la vida entregada al confort y asumir un destino libre, parece ser un sacrificio personal ciclópeo, casi un martirio, y siempre por los demás. Nada más desorientado: únicamente la vida libre, más allá del placer, nos provee de vida plena, nos saca de la constante defensiva, nos vuelve realmente hombres. Porque querer acomodarse de cualquier manera a este mundo también es una lucha, y de la peor.

LA COMUNIDAD TERAPÉUTICA
Héctor Fenoglio

Héctor Fenoglio. Enero 2009.

 

Desde el inicio hay que dejar establecido lo siguiente: el eje sobre el que gira y el ámbito en que se desarrolla toda la actividad terapéutica de La Puerta es la Comunidad Terapéutica. Este es el dispositivo mayor que incluye al Hospital-Centro de Día como un dispositivo subordinado, junto a otros como el tratamiento farmacológico, la psicoterapia individual, el acompañamiento terapéutico, los encuentros multifamiliares y algunos más.

¿Qué rasgos fundamentales definen al dispositivo Comunidad Terapéutica (CT)? Esta debería ser una de las principales tareas a encarar en el área de formación y elaboración durante 2009. En el Informe de la subcomisión de diseño del dispositivo terapéutico de las reuniones del 17 y 24 de Octubre de 2008, quedaron establecidas algunas pautas generales; allí decíamos, en relación al espíritu del trabajo terapéutico en La Puerta, que de ahora en más el abordaje grupal-institucional desplazará al abordaje que venimos desarrollando centrado en la relación individual profesional-paciente.

Una característica fundamental de la CT es que instituye una comunidad real, una sociedad en miniatura constituida por un reducido número de miembros. Esta comunidad instaura y basa su accionar en un determinado modo de relación o lazo social. En su libro Comunidad de Locos W.R.Grimnson dice: Una estructura hospitalaria es una sociedad, o sea una estructura social en la que se desarrolla un proceso. Existen implícita o explícitamente en tal institución normas sobre el funcionamiento que están engarzadas en un sistema de valores (24-25). Y un poco más adelante dice: En una institución de comunidad terapéutica todo lo que se hace es terapéutico y todos los que lo hacen son terapeutas (68) El foco pasa a ser social y no individual (26) y la institución pasa a ser el sujeto de la experiencia (69) .

Las experiencias más conocidas de CT en Argentina siempre se han desarrollado en instituciones con pacientes internados, esto significa que las experiencias se realizaron puertas adentro y estuvieron protagonizadas principalmente por los miembros de la comunidad hospitalaria: pacientes y profesionales de la salud. Nuestra comunidad terapéutica, en cambio, tiene la particularidad de que se realiza con pacientes ambulatorios, de allí el aditamento de Abierta o de Día. Entre estas dos posibilidades, entiendo que Abierta es la que mejor expresa nuestra práctica, no sólo porque su actividad se extiende y mantiene alerta las 24 horas del día, sino porque, además, incluye e integra de manera decisiva a la familia y a los allegados del paciente, la constante asistencia domiciliaria y telefónica, el fuerte apoyo en las funciones de acompañamiento, asistencia social y otras actividades realizadas en el ámbito social-comunitario, etc. Además, muchos ámbitos formales de La Puerta (talleres, cursos, etc.), sean terapéuticos o no, son abiertos a la comunidad y allí los pacientes participan sin distinción con el público en general; también muchas otras actividades sociales, recreativas, deportivas son abiertas a la comunidad, en las que, de manera premeditada y controlada, los pacientes participan, sin distinción alguna, con allegados, amigos, familiares y público en general. Por todo esto considero que Abierta expresa mejor la práctica que hoy desarrollamos en La Puerta.

 

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Todo lo anterior, aunque ilustra bastante bien nuestra práctica, queda sin embargo en una mera descripción externa de la misma, sin poner de manifiesto su esencia. ¿Cuáles son las notas internas que caracterizan nuestra praxis terapéutica con psicóticos? Creo que lo fundamental radica en la manera en que establecemos y desarrollamos la relación con los pacientes, con su núcleo familiar y sus allegados. No pocas veces nos han dicho que nuestra práctica se distingue de otras por su acento en el aspecto «humano», pero esto no aclara mucho pues, con toda seguridad, debe haber otros lugares donde también el acento en lo «humano» es relevante.

¿Qué podemos decir nosotros, como profesionales de La Puerta, de nuestra disposición hacia los pacientes? Por lo general, los psicóticos se quejan de que sus opiniones y decisiones no son tenidas en cuenta y que su vida es manejada por sus familiares y profesiones tratantes; en otras palabras, de haber sido despojados de su posición de sujeto y reducidos a un estado de objeto: control y vigilancia constante, no respeto a su voluntad, objeto de maniobras violentas cuando no de encierro y de castigo . Muchos familiares y profesionales justifican esta conducta propia con la observación descalificante de que el paciente no tiene conciencia de enfermedad. La “no conciencia de enfermedad” o la no asunción plena de que está en problemas es, por supuesto, una situación bastante común; de todos modos, ello no justifica desconocer la voluntad del paciente, o no necesitar el consenso del paciente y/o su familia para llevar adelante las medidas terapéuticas que crea conveniente, cualquiera ellas sean . Considerar a esta necesidad de consenso como el punto de partida constitutivo y punto fundamental del trabajo terapéutico, es la única manera para que ese consenso sea, en principio, posible y, después, llegue a ser real .

¿Cuál es, ante esta situación, nuestra actitud básica? Primero, respetar o bien restituir al paciente su posición de sujeto, devolverle la responsabilidad sobre sus actos y hacerle cargo de la totalidad de sus decisiones. Segundo: no mentir ni andarle con vueltas, no minimizar su situación ni crearle falsas expectativas, pero tampoco quitarle responsabilidad por su situación; hablarle de manera franca y clara, con el cuidado que requiere una persona que no está en la plenitud de sus facultades o que se encuentra en un estado alterado (como lo hacemos con alguien que está alcoholizado, drogado, accidentado, golpeado, muy enfermo, en estado de shock, etc.). Le reconocemos la validez de su denuncia y de su reclamo pero, así como apoyamos su percepción de que ha sido excluido de manera injusta y arbitraria del lazo social, le aclaramos que esta exclusión no consiste en no darle la razón en todo sino en no reconocerle su posición de sujeto. Con este reconocimiento, y con el ofrecimiento de la integración inmediata y plena a nuestra comunidad terapéutica abierta, sin otra condición que su pedido o su simple consentimiento, le requerimos su inclusión inmediata en un lazo social diferente y su pertenencia a una comunidad real y concreta que, aun siendo parte de la misma comunidad que lo excluyó, sin embargo la cuestiona y la combate por muchos motivos, entre otros, por haberlo excluido. De este modo, realmente le reconocemos su exclusión arbitraria del lazo social y, con la misma fuerza, le ofrecemos y requerimos su inmediata reinclusión en nuestra comunidad, por propia decisión .

Todo esto puede sonar a pase de magia, sin embargo es una operación real y, en la mayoría de los casos, muy efectiva. Se trata, nada más ni nada menos, de tratarlo como una persona y, a la vez, de forzar a que nos trate de la misma manera.

 

 

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Para que el tratamiento pueda ser accesible al psicótico, es necesario que una brecha en la certeza de su delirio haga posible el trabajo de construcción de un mínimo lazo social. Esta brecha que el psicótico viene a reparar en el Centro, y que funda su demanda, es lo que el analista debe mantener abierto. Es precisamente esto lo que desencadena la estructura de transferencia…

Esta transferencia no es neurótica. Al inicio de la transferencia neurótica no hay exclusión del lazo social, lo que hay, o mejor dicho, lo que desde su punto de vista el neurótico experimenta al inicio como situación de exclusión, es el no reconocimiento de su valor fálico dentro del lazo social; en la transferencia psicótica, en cambio, lo que se juega al inicio es la exclusión o la posible inclusión real en el lazo social, es decir, el reconocimiento efectivo o no de su posición de sujeto .

Dicho de otra manera, lo que se juega en el momento inaugural en la transferencia psicótica es la posibilidad o no del re-alojamiento en el Otro. El Otro, como señala Lacan, está excluido del discurso delirante . Esta fórmula, la mayoría de las veces, es entendida al revés, como que El delirante está excluido del discurso del Otro, interpretación no sólo inaceptable sino sintomática, pues entendida así expresa, casi con exactitud, la esencia de la posición psicótica delirante. Aceptar que El delirante está excluido del discurso del Otro es aceptar dos cosas inaceptables: una, que el Otro se funda y vive en la mala fe (arbitrariedad), y la otra, que el psicótico es irresponsable como sujeto pues está en posición de objeto.

Es notorio y registrable la arbitrariedad del Otro (la madre, el padre y otras figuras sustitutas) en lo empírico de la historia personal y familiar del psicótico, pero también es cierto que muchas otras veces esto no es notorio ni verificable. Lo mismo ocurre con la posición del psicótico: muchas veces registramos su verdadera buena fe y constatamos con tristeza que no puede enlazarse con la buena fe del entorno; pero en otras tantas registramos que su posición se basa en la simple y llana mala fe. De lo que no hay duda es que tanto la inclusión como la exclusión del Otro (sea del discurso delirante como de cualquier otro discurso) remiten respectivamente a la buena fe y a la mala fe; en ambos casos, lo que termina inclinando la balanza es la disposición del sujeto pues, en ambos casos, el Otro, a pesar de todas las desgracias en la historia personal y familiar, siempre está disponible de buena fe. Si no fuera así, no habría ni la más mínima posibilidad de tratamiento ni de recrear un lazo social nuevo en la vida del psicótico.

La comunidad terapéutica encarna y ofrece esta buena fe. La CT se funda y basa su existencia y accionar en estos principios de inclusión; con la inclusión del paciente se incluyen, desde el vamos, también sus familiares y allegados que, de ahora en más, pasan a regularse con las normas de la comunidad terapéutica, tanto dentro del espacio físico de la institución como fuera de ella: en la casa donde vive el paciente, en las relaciones familiares, de amistad, etc.

Esta relación-lazo social, este espacio social-institucional que instituimos entre todos (en los dos sentidos: tanto en el sentido de “hecho y determinado por nosotros” como en el sentido de “entre-medio de nosotros y que nos determina”) no existía, existe desde el momento en que consentimos en crearlo, y sigue existiendo solo si lo cuidamos y seguimos sosteniendo día a día . Este espacio-lazo intermedio, esta praxis que constituimos y nos constituye en lo que somos en ella, es real; es allí donde se desarrollan las experiencias de salud y enfermedad y no dentro de la cabeza o de una supuesta realidad psíquica, entendida como un mundo de representaciones o de puros significantes . Esto es así tanto en las psicosis como en las neurosis . Este real, espacio entre subjetivo y objetivo o, mejor dicho, reunión, reconciliación o, mejor aún, superación que contiene a ambos, no es una manera novedosa de entender la materialidad de nuestro ámbito y quehacer, por el contrario, ya ha sido señalado como tal, aunque con distintos nombres, por los más destacados referentes del psicoanálisis.

 

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Que El Otro está excluido del discurso delirante quiere decir, en primer lugar, como ya vimos, que el delirante está excluido como sujeto, no reconocida su posición de sujeto. En primer lugar, y de manera muy especial, por él mismo. Lo primero que hay que hacer, entonces, es incluir al Otro en el discurso con el delirante, esto es, en la relación efectiva con el psicótico, haciéndolo partícipe de nuestra inclusión del Otro.

Todos somos parte de la comunidad; el paciente no puede esperar ni pretender respeto hacia sí como sujeto si, por su parte, no respeta a los demás como tales, en primer lugar a sus familiares. Si el paciente no quiere tratarse, en ninguna de sus formas, el trabajó será con los familiares que están a su cargo, o con los allegados que están a su alrededor. Quiéralo o no, el psicótico ya tiene y mantiene con ellos una relación efectiva que no es del agrado de éstos; y éstos no saben ya qué hacer. Se trabajará con los otros del paciente para poder incluir al Otro, es decir, al tratamiento con profesionales o no profesionales (pueden ser otras figuras: sacerdotes, chamanes, líder reconocido, etc.). Esto puede llevar mucho tiempo, todo el tiempo que sea necesario, para generar una grieta en el discurso delirante o lograr meter una cuña en esa grieta .

El trabajo sobre la grieta nos introduce de lleno en el tema del conflicto psicótico. Este conflicto no es intra-personal, es decir, no se desarrolla en el “interior” de la persona, ya fuese entre dos alternativas en que el paciente se debate, por ejemplo, entre sentir que se es atacado pero que tal vez no fuese así; ya fuese entre dos instancias, una consciente y otra inconsciente, por ejemplo, sentir una gran amenaza y angustia ante alguna situación pero sin reconocer un motivo real o imaginado. Por el contrario, la característica central del conflicto psicótico es que principalmente se da en y con la realidad exterior, es decir, en y con la realidad del lazo social efectivo con otros. Esta situación coincide con las famosa sentencia de Freud que dice: «la neurosis sería el resultado de un conflicto entre el “yo” y su “Ello”, y, en cambio, la psicosis, el desenlace análogo de tal perturbación de las relaciones entre “yo” y el mundo exterior» .

Aceptar que no debemos operar por la fuerza no solo es aceptar nuestro límite, es algo mucho más importante: es constituir nuestro ser. Como profesionales podemos operar por la fuerza (internar, etc.), la ley nos ampara y, no solo eso, muchas veces hasta nos obliga a actuar así ; pero al hacerlo así caemos fuera del discurso-praxis psicoanalítico y nos ubicamos en otro discurso (de amo, de patrón, de matón), en el que ejercitamos un poder que no es el nuestro. Nuestra posición o discurso, por el contrario, consiste en aceptar, de manera gustosa y hasta amorosa, nuestra debilidad, o, mejor dicho, nuestra supuesta debilidad, puesto que, en realidad, es nuestra fuerza, nuestra verdadera fuerza, que proviene de esa debilidad, de la aceptación de ese límite, del respeto irrestricto a la posición de sujeto del otro.

No se puede incluir de prepo al Otro en el discurso delirante. No se trata de ponernos en posición tal que hagamos imposible que el psicótico, o cualquier otro, nos engañe, nos perjudique (perjuicio) o nos dañe; simplemente se trata de que nosotros actuamos de buena fe y, aunque deseamos que el otro actúe de igual manera, también contamos con la posibilidad de que no sea así. Lo que sí requerimos al inicio para establecer el lazo social, es que nos comprometamos a actuar de buena fe; una vez aceptada esa condición, lo que el otro haga o deje de hacer cae bajo su propia responsabilidad. Y el otro tiene derecho a mentir y a engañar todo lo que quiera, pues mantener su compromiso depende de él y de nadie más. Sostener el mundo de la buena fe depende de la decisión de cada uno que participa en él, no es posible imponerlo por la fuerza ni por ningún otro medio que no sea la libre disposición de cada cual .

 

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La comunidad terapéutica se expresa en dos órganos-dispositivos institucional- terapéuticos:

a.- La asamblea y

b.- la multifamiliar.

Además, mantiene la cena mensual, un encuentro institucional y social.

 

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Dos grandes diagnósticos: enfermedad/salud mental o discapacidad/condición diferente.

Dos grandes objetivos: cura o rehabilitación.

Una sola pregunta: ¿son enfoques excluyentes o complementarios?