OLIVERIO GIRONDO, UN RETORNO A LA POESÍA
Entrevista a Tom Lupo

EL MUNDO FUE MAL

Nuestra sociedad no juna mucho a la poesía. La poesía, junto con el arte en general, aparece como la manifestación caprichosa e inútil de espíritus extraviados que no cuajan con este mundo. Un pasatiempo para entretenernos y pasar el rato. Porque, para este mundo, la vida es algo serio. En este mundo «tenés que trabajar, armar una familia, estudiar». Lo esencial, la razón del existir, está en un proyecto blindado y listo para todos.

Supongo que te acordás, muy a tu pesar, cuando un rayo de lucidez fulminó el plan que te esperaba al nacer. Cuando se abrió un abismo negro a tus pies y caminaste por las paredes tratando de no caer. Y viviste días maravillosos y terribles, perdido en un mundo que había cobrado una profundidad insospechada. Encontraste un libro, un acorde, unas palabras que te quebraron la cabeza y te conectaste con el nervio vital. Sentiste en tu cuerpo la incomodidad, la disonancia entre lo que te esperaba y lo que ansiabas. Supiste que el mundo fue mal.

Pero no duró. Aceptaste que quien había ido mal no era el mundo, sino vos. Te resignaste y colocaste tus anteojeras de caballo y todo volvió a empezar. La familia, el colegio, la universidad, el trabajo, el necesitar guita, el celular nuevo y otro más nuevo, y otro más aún…

Y ahí mismo es donde Girondo patea todo tu tablero. Su poesía es un antídoto contra el tedio y el hastío que inundaron como un caldo denso y viscoso el cauce de tus días. Te tuerce, te abre, te incomoda aún más y no te deja quedarte quieto. Nunca volvés a ser el mismo después de leerlo. Una agresividad vital brota de las páginas de sus libros agitando e incitando, a las células rebeldes que aún te quedan en pie, a realizar el motín y tomar el control de tu cuerpo anestesiado para pegar saltos en la noche y patear las estrellas. Ya no sabés adónde vas ni por qué vas; dónde estás ni por qué estás. Su poesía te invita a combatir la normalidad que anhela seguridad y confort. Girondo se te presenta hoy como un aliado íntimo y actual.

 

ENTREVISTA A TOM LUPO

Por Carolina Pinochi, Ramiro Miguel y Héctor Fenoglio

Tom Lupo es poeta, psicoanalista, periodista, hombre de radio. Condujo históricos programas radiales como «Submarino amarillo» y el «Tom Lupo show», donde se encargó de difundir la cultura rock junto con la poesía de Pizarnik, Pessoa, Borges, entre otros. Su militancia por la poesía lo llevó a recorrer pequeños bares de pueblo de las provincias argentinas, donde realizó sus maravillosos recitales de poesía.

Hace pocos días, grabó el disco Giro hondo donde recita poemas de Oliverio Girondo acompañado con música de León Gieco y Luis Gurevich. Con esta creación, nos hizo rencontrar con la obra de este gran poeta argentino.

Ramiro Miguel: ¿Pensás que una poesía, una canción, una revista tiene la fuerza para torcer el destino de una persona?

Tom Lupo: Mmm… Sí. A mí me ha pasado con dos artes: con el cine y con la escritura. Me ha pasado que, al terminar de ver una película o al terminar de leer una novela o un poema, tengo la sensación de que yo ya no soy el mismo y que nunca más voy a ser el mismo. A mí me pasó esa conmoción clara –que no sé si era para mejor o para peor– de que se había suspendido alguna certidumbre. Seguramente, con Pessoa me pasó alguna vez. Me pasó con Lorca, de estar leyendo un poema y parar en una frase y decir «quizá el mundo se construyó para esta frutilla del postre que es la poesía». Porque ni sé para qué vine al mundo, ni lo voy a saber cuando me vaya.

Mi frase preferida de Artaud es «la razón de ser no ha sido descubierta». Creo que es un misterio la existencia. Estoy cansado de que, cuando me pregunto esto, me digan «ay, hijo, no te preguntés, hay que vivir». A mí no me alcanza eso. Yo sufro la angustia de estar sin saber qué mierda es todo esto y de descubrir, cada vez, que somos una partícula en un universo que cada día crece más.Hay algo del arte que no está en la conciencia y que es misterioso, es el momento en que no sirve para nada.

Héctor Fenoglio: «Si nos vamos a ir sin saber, ¿para qué estamos?». Sin embargo, nos preguntamos y eso nos vuelve más vivos. ¿Cómo relacionás la angustia, la poesía y la vida de todos los días?

TL: Hay una introducción del más bello poema de uno de los más grandes poetas de la historia, Pessoa, que contesta lo que estás diciendo. Dice: «No soy nada. Nunca seré nada. No puedo creer ser nada.Y, sin embargo, tengo en mí todos los sueños del mundo».

Tenemos que ir acostumbrándonos a la idea de que vamos a partir sin descubrir qué sentido tiene la vida. Y, sin embargo, uno insiste. Yo creo que esa es una de las grandes motivaciones de la poesía. En el 90% de los grandes poetas que yo leí en mi vida está presente la muerte. Es el gran tema de la poesía que se disfraza de amor, se disfraza de pasión…

Carolina Pinochi: Enrique Molina dice que el poeta lo que busca es «la realización total del ser a través de la poesía». ¿Te parece que el poeta tiene una tarea en nuestra sociedad?

TL: Hay dos tipos de poetas militantes: hay militantes del verbo puro, que no les interesa un carajo la realidad de lo que pasa en el mundo; y están los que mezclaron la poesía con la militancia, como Paco Urondo. Pero yo creo que la militancia del poeta no es con la realidad; es con la palabra misma.

RM: Muchos poetas hacen referencia a cierta «experiencia de posesión» al momento de escribir. Que no son ellos los que escriben, sino que la poesía habla a través de ellos. ¿Cómo pensás vos el proceso de creación poético?

TL: Es increíble cómo los poetas más interesantes de la historia siempre, en algún momento, rozaron este tema. Una de las últimas cartas que escribió Pavese antes de matarse hablaba de eso. Ni hablemos de Girondo que, en el primer poema del CD que hice, nos termina diciendo «no soy yo quien escribe estas palabras huérfanas». Todos hablan de lo que antigua y románticamente se llamó musa, todos hablan de una otredad. He conocido poetas que hablan de una fijación, de cómo no pueden evitar sentarse a escribir algo, de una obligación o un diablillo que los empuja y, cual orgasmo, se calman después de escribir el poema. Todos los poetas importantes, en algún momento, dicen que cuando leen sus escritos les llama la atención, no se reconocen. Viene una especie de «¿yo escribí esto?». Como un olvido, una extrañeza.

Hay otro mecanismo: existe un doble sentido en la frase que aparece después de escrita y que uno no lo pensó. Pensemos en una frase del origen del rock nacional. El autor confiesa que nunca le vio el otro sentido. Él dice «estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado». Y resulta que no sabemos si es él el que está abandonado o el mundo. Y nada menos que Sartre y Heidegger llegaron a decir que la verdadera angustia del ser es pensar que estamos solos en el universo. No es poco decir, porque si estamos solos en el universo la muerte está asegurada. Si hubiera vida en otro lado, por ahí vienen y decretan la inmortalidad, suspenden el tiempo. Si estamos solos en el universo, no hay magia, el destino van a ser los gusanos.

RM: Hay una frase que cita Molina en un prólogo a uno de los libros de Girondo que es de Ramón Gómez de la Serna donde dice que él no recomendaría el libro Espantapájaros para las escuelas, pero que es un libro que ayuda a vivir.

TL: Sí. Yo creo que es verdad. A mí me ayudó a vivir. Hay una frase en Espantapájaros en la primera página y esa frase es la síntesis acerca de que, en realidad, lo práctico no interesa. Dice: «La desorientación de nuestra generación tiene su explicación en la idealización de la acción. Era sin discusión una mistificación en contradicción con nuestra propensión a la meditación, la contemplación y la masturbación».

En 1920 está diciendo: «nos están enseñando mal, quieren que seamos prácticos, quieren que laburemos, cuando en realidad lo único que queremos nosotros es mirar, pensar un poco y hacernos una buena paja». Si eso no te ayuda a vivir…

Las costumbres, eso también está tocado por Girondo. Dice: «Mi abuela, que no era tuerta, me dijo cuidado con la costumbre porque la costumbre es un largo embrutecimiento, la costumbre nos teje una telaraña cotidianamente en las pupilas». Eso también te enseña a vivir en un medio que valoriza la rutina, valoriza nunca faltar al banco. En ese sentido, siempre fue transgresor para su época.

Octavio Paz dijo que el surrealismo nació en Argentina, con la obra de Girondo y Macedonio Fernández. Eso es extraordinario.

RM.: Una de las principales consignas del movimiento surrealista quizá haya sido utilizar el arte para poder transformar la vida. La poesía y la obra de Girondo ¿se encuentran en ese cauce?

TL: Absolutamente. Una crítica a su época, al costumbrismo. Un sinceramiento de desgarramiento, desde un enojo. En sus poemas está el enojo. La posibilidad de ser otro. Él quisiera ser arena para que el agua lo bañe, quisiera vivir adentro de una piedra. Critica su rabo hipócrita, él quisiera tener una cola desatada, quisiera tener un ojo en la nuca. Habla del descontento del ser humano. Me parece que no era un tipo que estaba contento con cómo estaba el mundo.

HF: La poesía y los poetas más que ser militantes por un mundo mejor, son irreverentes con este mundo. Hay como una especie de sustracción, más que una propuesta de un mundo. Hay una sustracción de la estupidez de este mundo y de estos sentidos. Y en ese sentido, Girondo es monstruoso. Es una especie de francotirador de las estupideces, las mata a todas. Una tras otra.

TL: Definitivamente. Hay un poema en el que dice que le da terror asistir a su propio velorio por las estupideces que va a tener que escuchar.

Hay gente que hizo militancia en su vida con la poesía y con sus actitudes, con sus conferencias. Bukowski en Estados Unidos; Enrique Symns en Argentina. Son poetas militantes que siempre están haciendo un escupitajo.

En un lugar muy serio que me invitaron a dar una conferencia, ahí en mi ciudad natal, en Charata, vinieron los del diario del pueblo a preguntar «¿cuál es la función del poeta?», y yo, seriamente, dije «ser un buen alcahuete». El poeta es el que le avisa a los demás: «Muchachos, esto va mal». Hay un poeta que dijo: «He recorrido lo que me falta por vivir y no estoy de acuerdo». El tipo calculó a sus 80 años cómo estaba el mundo, vuelve para acá y dice: «No estoy de acuerdo».

Estas ciudades de mierda que parecen cementerios, cuando podríamos vivir en el campo, en el mar, con mucho más amor, con creación. Hemos hecho un sistema perverso donde el hombre está obligado a sufrir todo el día, trabajar 10 horas, pagar sus impuestos y vivir como un pelotudo. Algo anduvo mal. Si el poeta no denuncia eso, no es un buen alcahuete. El poeta tiene que ser un alcahuete.

CP: Girondo aparece como un alcahuete no sólo de su época. Uno lo lee hoy y es actual en todo lo que dice.

TL: Totalmente. En el prólogo que hizo de las obras completas, Enrique Molina pone el acento en la increíble vigencia de Girondo. Yo me atreví, en el pequeño CD que hice con Gieco, a decir que la escritura de él es completamente actual. Que parece escrita ayer o mañana. La palabra «tranvía» es la única que envejece toda la obra. Pareciera que las buenas obras de arte y las buenas frases siempre son actuales. En cambio, hay frases que envejecen. Se equivocó Machado cuando dijo: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». No, ya no; ya no se puede pensar eso. Antes de nacer te espera un nombre, un lenguaje, una historia. Vos ponés un cachito de cuerpo en una historia que está preparada y que uno la puede cambiar milímetros, en realidad. No es que uno viene a algo no armado, que hay libertad, como creía Machado en ese momento. En Girondo yo nunca encontré una frase que envejezca.

Girondo tiene un poema que se llama «Vórtice» que termina diciendo algo que toda persona a los 40, a los 50, a los 60, a los 70 lo va a decir: se va a mirar al espejo y va a decir: «He perdido la vida, no sé dónde ni cuándo». ¿Quién no va a decir eso en ese momento, si uno siente que tiene 12 años?

RM: Está la frase que vos citás de Artaud: «la razón de ser aún no ha sido descubierta». En ciertas personas, esa frase puede ser tomada como una especie de argumento contra la vida, que la vida no vale la pena ser vivida. Lo que llama la atención en Girondo es que el absurdo, el sinsentido y esa angustia te empujan a la vida.

TL: Es verdad. Hay corrientes que dicen que están los que tiran para abajo y están los que son vitalistas. Era un vitalista en ese sentido. Según el maestro de filosofía Raúl Sciarretta, la primera frase de Heráclito fue: «La primera pregunta que uno tiene que responderse es más bien por qué permanecer y no arder», si uno quiere vivir o no. No es que «nadie se baña en el mismo río las dos veces». Esa es la cultura que zonzó el pensamiento de Heráclito. Y Cioran, 2000 años después, llegó a decir «sólo quienes cuestionan su propia existencia son espíritus subversivos, todo lo demás, empezando por los anarquistas, transan con el sistema», hay que saber eso. Me parece que es legítimo que alguien diga «no me interesa la vida», como hizo Pavese, que dijo: «Si éstas son las reglas de juego, yo me suicido». Yo tengo mucho respeto por eso.

HF: Da la impresión que esas dos alternativas están en uno constantemente, tironeando. Y que eso las mantiene vivas a ambas. No es que una triunfa sobre la otra. Con lo cual, volviendo sobre la angustia, nos mete en mucha confusión. La vida es medio un despelote. Si fuera únicamente llegar a fin de mes y demás, no es tan complicado. Pero poder seguir adelante es raro. Hay una expresión de San Pablo, que en realidad viene de los griegos, que dice «esperar contra toda esperanza». Es decir, así y todo uno sigue. No depende de lo que uno crea, sino que depende de mi propia actitud. Uno puede esperar contra toda esperanza, o no puede.

TL: Serían legítimas ambas posiciones. Porque yo creo que la apología de que hay que vivir, de que todo es maravilloso, a mí no me…

HF: Es una boludez.

TL: Pero ha triunfado en este momento como discurso oficial.

HF: Las primeras publicaciones de Girondo son de 1920. Después vino el rock que tiene una actitud parecida, irreverente y vital al mismo tiempo. Da la impresión que hoy se ha diluido mucho esa posición, que es difícil de encontrar una corriente social real, con peso.

TL: La palabra que estás usando, «peso», es la clave de todo esto. Porque ahora todo es peso. La gente que tiene un coche más lujoso mira con desprecio a la que tiene un coche menos lujoso. La gran preocupación de Heidegger, la gran pregunta que se hace en Ser y tiempo es, más bien, por qué el ente y no el ser. Y bueno, triunfó el ente. Yo creo –sin la sospecha melancólica que todo pasado fue mejor– que está sucediendo eso. La trasgresión ha bajado totalmente y la lucha por la posición, el estatus, el dinero, ha triunfado en todo el mundo. Toda la crisis ahora tiene que ver con que los sistemas defienden a los bancos, todo es para que los bancos no se caigan, y el ser humano pasó a segundo plano.

HF: Pareciera ser que antes cuando se decía «por un mundo mejor», uno no sabía qué carajo decía, pero algo decía. Hoy por hoy, ya llegó ese mundo mejor, es vivir en un country, tener una 4×4 y tener plata. Es raro eso.

TL: Es increíble que se haya reducido todo el misterio de la creación y el descubrimiento de que hay millones de galaxias a un country y a una 4×4. Hay algo que falló. El plan misterioso de la creación no debe tener que ver con esto.

HF: La poesía y el misterio van de la mano. Hoy se ha perdido el misterio.

TL: Totalmente. Hay un poema de un poeta chileno, Gonzalo Rojas, que antes de morir, escribió eso: «Se ha perdido el misterio».

HF: La situación económica en la Argentina está mejor. Pero esto, en vez de hacernos más amplios, parece que nos cierra más. Históricamente, se decía que cuando la clase obrera estaba mejor era cuando más luchaba por un mundo distinto. Ahora no, ahora cierra el upite para no perder.

TL: Absolutamente. Para no perder bajó la solidaridad, bajó la gauchada, bajó todo.

Igual todavía hay esperanza. Está la gente como Wanda Nara, Zulma Lobato… Hay esperanza. No está todo perdido.

CP: Para vos ¿existe algún tipo de aventura, de experiencia para la existencia humana que pueda transformar esta realidad?

TL: Uhhh… Lo que me acuerdo es que cuando solté amarras, cuando me fui un poco por el mundo, cuando me fui de lo cotidiano y no me importaba la AFIP, era más pleno y había menos angustia. Y ahora, que me preocupo porque llegan las expensas y porque cambió el director de la radio y tengo que caerle bien, me angustio más. Hay pocas posibilidades de aventura ahora. Hay que creárselas. Los lugares más misteriosos ya son turísticos. Habrá que inventar algo nuevo. Pequeños espacios tal vez. «Ahora que la televisión ha triunfado –decía en un poema Trejo– me queda recostarme en la noche y escribir algún poema».

Yo tengo una especie de chiste semiológico de por qué quedó la marca Cerdos y Peces. Por qué triunfó esa marca y siempre quedó: porque anticipaba 20 años antes lo que iba a suceder ahora. Todos están en sus habitaciones: ser-de-a-dos, y con las PCs. Cer-dos y Pe-ces. Eso es el mundo. La parejita con sus PCs. Ya adivinó, hace 20 años el título, lo que iba a pasar. Yo creo que es un buen final…

SAN JUAN DE LA CRUZ
Juan Mendoza

Llenarse en el Vacío

En los albores de este final civilizatorio que hoy transitamos, hay algunas historias extraordinarias –ya sea de sucesos o de personas- que requieren que nos acerquemos a ellas en puntas de pie. Es el mismo sigilo que hay que tener cuando queremos contemplar a un pájaro que se ha detenido cerca de uno. Cualquier movimiento brusco será suficiente para que el ave retome otra vez su vuelo. Y ahora, cuando ya se ha dicho y escrito tanto sobre “caminos iniciáticos” y vemos cómo muchos de los que los han transitado hoy se debaten entre el sarcasmo y el desamparo, un aire de inquietud sobrevuela al momento de escribir esta nota. Mucho más cuando ves que el letrero de la vida sigue encendido enfrente de tus narices y te recuerda que desde hace tanto, pero tanto tiempo, la canción sigue siendo la misma: vencerse a sí mismo. Una contienda que, hay que reconocerlo, supera las posibilidades humanas. Por eso, es comprensible que frente a esos pocos que han salido victoriosos de esa titánica batalla –lo que también demuestra que es posible- la mayoría opte por lanzar un suspiro de desdén y prefiera seguir haciendo muecas frente al espejo.

Lo primero que se podría decir de San Juan de la Cruz es que luego de habernos introducido en su vida y en su obra, nos empuja a que tomemos una decisión. No sirve de nada ponerse a estudiar su travesía si no estamos dispuestos a ser transformados por ella. Lo mismo podría decirse del legado de San Francisco o de Gandhi.  No son vidas que nos sirvan para recabar información en pos de un mayor conocimiento intelectual o para lucirnos con mejores malabares discursivos, a la manera en la que se cita a Foucault o Deleuze. Acá hay un riesgo genuino, una aventura de dimensiones tan abismales que apenas podemos vislumbrar sus alcances. De ahí el por qué de la cautela al acercarnos a la vida y pensamiento de este monje carmelita. Porque al leerlo uno no puede dejar de sentirse interpelado por él y a la única amarga verdad a la que se llega es que uno sigue siendo un mentiroso. ¿Qué obra de arte vamos a gestar, qué militancia social vamos a practicar, si sabemos que al final todo, todo, pero todo es para ver rubricada nuestra firmita al pie de cada uno de esos actos? Y ante la cándida pregunta de ¿qué tiene de malo? San Juan de la Cruz dirá que en esa reafirmación de yo lo hice, forjamos los barrotes que no sólo nos mantienen prisioneros, sino en permanente estado de guerra con nosotros mismos. Su propia vida es la prueba cabal de que el hombre puede ganar su libertad en esta Tierra. Es cierto que la epopeya es descomunal, por eso jamás alcanzará con las propias fuerzas y eso mismo es lo que San Juan de la Cruz comprendió al renunciar a sí mismo y al entregarse, y al creer…  un hombre libre es un hombre que ha conquistado finalmente la paz consigo mismo, cuando se llega a esa instancia en la que ya no hay nada que defender. Rendirse para ganar. Renunciar a todo para obtener todo. Esa es la única aventura que nos convertirá en hombres libres. Aunque algunos sigan creyendo que la libertad es ponerse a recitar estupideces inteligentes en algún bar.

 Nacido en 1542 en un pueblo de Ávila, España, y criado bajo circunstancias difíciles, Juan de la Cruz tuvo que batallar hasta bien entrado en la adolescencia con el azote del hambre y la pobreza extrema. Uno de sus hermanos falleció cuando él todavía era un niño, víctima del estado de indigencia en el que se encontraba la familia. Las crónicas que registran su vida, no mencionan ningún hecho trascendente o revelador que lo halla llevado a sumergirse en las profundidades de un monasterio de la orden Carmelita, donde se convertiría en portador de las videncias que luego plasmaría por escrito. Su conversión se parece más bien al trabajo del escultor, que a base de esfuerzo, paciencia, ensayo y error, logra pulir sobre la piedra la imagen viva que su mente proyectó. Sin embargo, el encuentro que tuvo con una persona al poco tiempo de ser ordenado sacerdote, sería decisivo tanto en la maduración como en el fruto de su obra. Junto con Teresa de Ahumada, que pasaría a la historia como Santa Teresa de Jesús inicia la reforma dentro de los carmelitas, convencidos de que la Orden se había alejado del ideal cristiano que la formó. Así nacen Los Descalzos. Pero no había nada de romanticismo ingenuo en esta gesta. Había un riesgo muy grande en cuestionar a ciertas estructuras dentro de una organización tan poderosa como la iglesia, mucho más en tiempos de plena Inquisición. Juan de la Cruz tuvo que soportar innumerables persecuciones de los propios carmelitas que se negaban a aceptar la reforma, y que al poco tiempo comenzaron a llamarse Los Calzados. Juan es el que lleva la peor parte en este enfrentamiento, es detenido y encerrado en una celda de un convento que Los Calzados poseen en Toledo, de la que logra fugarse nueve meses después. Los años siguientes no cesará en seguir alentando la reforma y presidirá numerosas fundaciones de los Descalzos en varios pueblos de España. Sin embargo, tendrá que soportar nuevas persecuciones y hacia el final de sus días será condenado al mayor de los ostracismos por parte de sus superiores. Aquejado de una septicemia y sin recibir la atención adecuada, fallece a los cuarenta y nueve años de edad.

Que esta escueta reseña biográfica al menos sirva para señalar la vida difícil de un hombre que decidió mirar la vida de frente y supo servirse de los golpes del destino para volcarlos sobre su propio yo, y así, en la mayor de las abnegaciones pudo lograr trastocar el barro en oro. Un hombre pequeño y simple, que siempre tenía tiempo para estar rodeado de niños a los que ayudaba en sus tareas de escuela, con manos de labrador para la tierra del lugar donde le tocara en suerte vivir, con manos de albañil para construir nuevas moradas. Un hombre que conoció el rostro del dolor pero que no eligió sufrir, sino dar. Parte de esa ofrenda, la componen sus escritos místicos.

Tratar de hacer una análisis de los libros de San Juan de la Cruz, sería, por lo menos, un exceso presuntuoso. Además, jamás ningún análisis por más meticuloso que fuese, podrá dar cuenta de esa fibra luminosa e hiriente que emanan de sus textos. Hay que ir hacia ellos y, una vez más, con la suma atención de saber lo que uno está haciendo. Sólo así se podrá percibir que allí reposa un secreto, esa verdad última tan deseada por tantos Buscadores.

“Subida del Monte Carmelo” es, de todas las puertas que uno ha intentando atravesar, la más angosta. Pero también hay que acercarse a sus otros escritos: “Dichos de luz y amor” “Cántico espiritual” “Noche oscura”, toda su obra poética y un sin fin de tratados espirituales que fue trazando para sus hermanos y hermanas carmelitas. Y es a “Subida del Monte Carmelo” que pertenecen los siguientes versos. Obra que fue escrita, vale remarcarlo, muy poco tiempo después de haberse fugado de la cárcel.

MODO DE TENER AL TODO

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.

MODO PARA VENIR AL TODO

 Para venir a lo que no gustas,
Has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a lo que no posees,
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.

INDICIO DE QUE SE TIENE TODO

 Cuando reparas en algo,
dejas de arrojarte al todo.
Porque para venir del todo al todo
has de negarte del todo en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener
has de tenerlo sin nada querer.
Porque, si quieres tener algo en todo,
no tienes puro en Dios tu tesoro.

INDICIO DE QUE SE TIENE EL TODO

En esta desnudez halla el espíritu
su quietud y descanso,
porque, no codiciando nada,
nada le fatiga hacia arriba
y nada le oprime hacia abajo,
porque está en el centro de su humildad.
Porque, cuando algo codicia,
en eso mismo se fatiga.

 Hoy, al compartir la vida con algunas personas en este barrio del Gran Buenos Aires donde vivo, y al verlas lidiar con sus situaciones límites bastante tormentosas, cuando veo cómo algunos niños de seis o siete años lavan a mano su propia ropa, es en esta gente, en sus silencios y en sus sonrisas ante tanta mala suerte, donde encuentro vivo el pensamiento de San Juan de la Cruz. Todas ellas ya han atravesado su propia noche oscura del alma. Y así, en la simpleza de “estar nomás”, asumen, acaso sin saberlo, la vida en su totalidad. Sé que ahí está la chispa que alumbrará este nuevo sendero que como humanidad ya estamos transitando. Un sendero donde todos los lenguajes civilizatorios, el político, económico,  religioso y sobre todo el artístico, estarán caducados.

LUCA FUE ASESINADO
Juan Manuel Piñeiro

Hay que crear uno, dos, tres Sumo…

Por Juan Manuel Piñeiro

Aquél que se enfrenta solo al poder categórico e invisible de la Idealizada sociedad merece el respeto de todos aquellos que callan prefiriendo ser perros vulgares con paseadores decentes.

Sin embargo, quién pelea solitario contra la máquina instituidora de la Moral sólo puede esperar como resultado su propia defunción. Luca Prodan; Perdedor Hermoso en un mundo donde todo lo sólido parece desvanecerse en el aire, fue uno de los que se animó a morir por decencia al vivir.

Luca siguió el camino que le permitió llegar a la profunda humanidad del Ser; burlándose de a ratos (largos) de la jaula de acero; hablo con ello de todo aquello que pretende atar al hombre a un mundo irreal. Un mundo dentro de una caverna, donde nosotros somos simples espectadores; donde no vemos la luz del afuera, sino que atados a una silla presenciamos como en una proyección el corazón de la oscuridad. Es el mundo del capital (en su fase más alta), del desamor, del odio, de las guerras, y de la pobreza en océano de abundancia. Un mundo que Luca no combatió con conciencia de clase o con teorías de izquierda. Es que no se transformará nunca el presente ni el futuro con el Capital en la mano. No hay teoría que pueda marcar el rumbo de la historia; sólo hay hombres. A la realidad se la debe enfrentar dignamente, no con un manual, no con una fórmula irrevocable, sino con imaginación, a veces con simpleza, con un No, o un Fuck You.

Luca tuvo un poco de esa magia picaresca; la de crear pequeñas bestias horriblemente hermosas capaces de agujerar el caparazón verde de los idiotas. Creo que sabía que le esperaba la muerte. Creo también que entendía que ella podía llevarse un cuerpo; un embase, nada más. En cambio la música es infinita. Las notas suenan en el aire todo el tiempo. Alguien en algún momento podrá oírlas y continuar así cantando lo que él cantó con fuerza de Sumo.

Luca se abatió brutalmente en un mar de guerra contra lo ya dicho; contra la ley de ser hombre; lo normal; contra el espejo; contra vidrieras empañadas. Se convirtió en una patología insoportable en un suelo profundamente enfermo; y como toda patología debía ser atendida por un buen médico. A Luca lo asesinó el sistema. Fue tomado prisionero y fue ejecutado lentamente, como una hoja que se mese sobre el ojo humano hasta caer; no siendo vista nunca más aún estando.

¿No fue la Heroína? ¿No fue la ginebra? Es fácil suponer que era un drogadicto alcohólico; que murió de cirrosis; que así dice el parte médico; que eso se sabe. Más difícil es esquivar las causas inmediatas, generalmente sumergidas en un campo de acción individual, y buscar las causas colectivas, las desencadenantes, en el medio social interno.

El individuo no responde en cuanto individuo, sino en cuanto ser colectivo; el mismo yace insertado en una comunidad nunca elegida cuyas reglas están ya instituidas por ley y/o por costumbre. Es espantosamente falsa la idea de que somos lo que queremos ser, y más espantosamente enajenante creerla. Somos lo que la sociedad quiere que seamos; una simple tuerca incrustada en una inmensa máquina donde todo acto en contra de lo establecido se vuelve por inercia contra el ejecutor en forma de sanción jurídica o moral. Luca pudo, no obstante, ser un individuo de verdad. Su música, sus letras, su accionar, todo como una unidad intocable; sin manchas; tan puro que envenena. “Sentó a la Belleza sobre sus rodillas-y la encontró acerba-y la injurió. Se armó contra la justicia”.

Luca no fue como la mayoría de los músicos que sacan un par de discos duros en su primera etapa, que se manejan con esa actitud de animal rockero under, y que años después andan tocando en estadios de futbol cobrando millones y viviendo una vida burbuja; ni fue como aquellos que ya acomodados en el negocio empiezan a sacar canciones cada vez más melosas con la intención de cobrar unos pesos más para la nueva casa o el nuevo auto. Él nunca hizo lo que otros querían; supo negociar en el comercio negro del arte. Cobraba sus recitales, tenía que comer, pero no dormía en suites, dormía en una casa de mala muerte, o en el banco de una plaza, o en los brazos de una mujer. No te ignoraba en la calle, aunque no era el más humilde; era un ser cariñoso, muy sensible; una pluma reposando en el ombligo de un cráter hecho por una bomba atómica.

Su música no sonaba como los Beatles; sonaba como su alma; como debe sonar la música. Si el alma está desafinada por qué afinar la voz. Luca dejaba caer en cada letra una gota de sangre, y en cada recital una vida. Siempre fue el mismo, no en el acto de ser previsible y circular, sino en el acto de ser auténtico, incorregible, multidireccional. Puso toda su violencia artística en acción; no se quedó con nada. Se exprimió hasta lo último. A Luca no se le seco el hígado se le secó el espíritu. Fue el líder de una aplanadora. No se conformó con ser el estratega del combate. Se abalanzó solo a la lucha, con el abismo a sus costados. No podía esperar más que su propia destrucción: Es que el sistema funciona en relación a un todo social. Si un único individuo se le enfrenta, este le devolverá en resultado la fuerza del primero multiplicada por el total de sujetos que conscientemente o no forman parte de la masa social.

Sencillo culpar al drogadicto de absoluto responsable, y no a la sociedad morbosa y contradictoria, en donde uno ingiere lo que sea para poder aguantar el día a día; para poder huir del dedo corrector; del traje rutinario; del vivir para trabajar; del ser un aparato repetitivo y no una persona. Escapar, como si fueran cobardes, en un planeta donde no existen los valientes ni los héroes. ¿Las Drogas serían necesarias en el Paraíso?

Complicado sacarse el velo de los ojos y empezar a mirar al infierno por lo que es. Luca no tomó heroína para ser interesante. No bebía ginebra hasta el letargo por placer. Su adicción era su compañera más cercana en tiempos de hambrientos poderosos; era su paréntesis. Él eligió como salida morir por alcohol antes que morir como hombre estando vivo.

Luca fue un revolucionario sin revolución, y son las dos cosas juntas las que necesitamos hoy. La revolución cultural únicamente podrá triunfar con el accionar conjunto de todos los artistas hacia un mismo objetivo: Promover la existencia de individuos reales entregados a no más vicios que al Ser. Revolución que debe ser hecha para despojarse de lo innecesario; contra la estructura, para su desaparición, o al menos debilitamiento. Revolución no para que desaparezcan las clases por siempre, pero sí al menos, para que aparezca el hombre de una vez por todas.

*Publicado en el Número 5 de la revista SOL DE NOCHE (2013)

jmpineiro93@gmail.com

NADIE MUERE EN EL PASADO: UN PSICOANALISTA EN EL 2050
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio

Tengo 7 años y nací en la provincia de Córdoba, al sur, en este pueblo perdido entre el viento y la seca de la pampa gringa. Éste es mi nombre, éstos son mis padres y éste es mi idioma ¿Qué hubiera sido de mí si hubiera nacido en otro país, en otra familia, o con otro cuerpo? Y si no hubiera nacido ¿qué sería de mí? ¿Se dá cuenta? Somos una irremediable casualidad. Todos creemos ser reales y vivir en un mundo real y, por supuesto, sobrevivimos. Pero nada de esto es realmente real.

Mi búsqueda comenzó mucho antes, cuando tenía 4 años. Recuerdo nítidamente el momento: al calor de la siesta miro un tarrito de té Tigre, en el que está impreso un tigre que me mira y, sonriendo, me muestra en su mano derecha un tarrito idéntico de té Tigre, en el que, a su vez, el mismo tigre más chiquitito me sigue sonriendo y mostrando en su manito otra vez el mismo tarrito, esta vez mucho más chiquito, de té Tigre el que, de nuevo, tiene el mismo tigrecito con otro tarrito… A medida que iba acercando más y más el tarrito a mis ojos para tratar de ver hasta dónde llegaban los tigrecitos, me fue invadiendo una profunda desesperación de la que nunca supe como regresar.

Hasta hoy, o mejor dicho, hasta el preciso instante en que escribo estas líneas, mi búsqueda seguía más o menos igual que siempre. Pero ahora, como Ud. comprenderá, mi vida ha dado un giro tan grave que hasta resulta imposible de explicar.

No recuerdo si fue en la adolescencia -ésos años donde el pensamiento lacera- o si fue después, pero en algún momento pude comprender que con mi búsqueda no pretendía acceder a un mundo verdadero, sino a salir de éste falso. Y desde entonces no hice más que cultivar esa certeza. Pero no quiero que se haga una idea equivocada de mí, que me vea como un extravagante. Yo hago mi vida, tengo mi casa, mi mujer, mis hijas, no paso miserias; y, sobretodo, hace muchos años que agarré mi propio hilo. Con él tejo, hago muchas cosas, no diré importantes pero sí muy necesarias, casi imprescindibles. Hago una vida normal pero, ¿cómo olvidar que nada de esto es real?

Quiero decir: hace tiempo comprendí que los tigrecitos no fueron “cosas de chico” sino que al pensar ese pensamiento –y tal vez con y por ese pensamiento- algo decisivo introduje en mí; que de allí en más algo quedaba definitivamente olvidado, y que la vida -con sus olvidos y sus recuerdos- ya quedaría para siempre de éste lado del tarrito. En aquel instante supe que nunca más podría alcanzar el último tigrecito y que perdía para siempre a todo ese mundo de aquel otro lado. Y comprendí también el hecho irreversible de que, al pensar mi nombre y mi vida como un azar del destino, estaba firmando un contrato vitalicio que me garantizaba el derecho a anclarme firmemente en ésta realidad que tanto Ud. como yo -hasta éste instante- compartíamos. Pero también que, al aceptarme en ésta realidad, perdía –o, por lo menos, alejaba definitivamente- algo que aún las mejores y más exactas palabras ya no pueden nombrar.

Aunque saludable, es peligroso pensar –pensé. De este lado del tarrito, o desde mi nombre, fácilmente encuentro pensamientos para nada peligrosos de pensar. Seguramente Ud. también lo debe haber experimentado. También, por supuesto, nada saludables. Pero están los otros, esos pensamientos que únicamente parecen vivir fugazmente, como en huída incesante, y a los que nadie puede acercarse sin temor y temblor. Pocas veces estuve a punto de atrapar uno. Un día, durmiendo la siesta, me tocan el hombro. Me doy vuelta y veo a un chico, de seis o siete años, parado al lado de la cama. Lo miro y el chico allí, duro, mirándome a los ojos. Y me dice ¿QUÉ HACÉS? Yo estaba aún medio dormido, no entendía bien lo que pasaba y le vuelvo a preguntar ¿qué?, y el pibe vuelta a decirme ¿QUÉ HACÉS? Allí me levanto, me siento en la cama y de nuevo le digo ¿qué?, y el pibito seguía mirándome firme y me vuelve a decir ¿QUÉ HACÉS?, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?…

Entonces allí, como en un estallido, me dí cuenta de todo y empecé a llorar; y no podía parar, y el pibito seguía mirándome, impasible, ya sin decir nada, como si supiera todo. Entonces me levanté de la siesta, fui al ropero, y acomodé mis cosas para partir. Justo allí me desperté. ¿Se da cuenta? No pude partir.

Ese instantáneo fracaso me hizo comprender que los sueños son mucho más reales que la vida despierta, y decidió que viviera de y para los sueños. Creo -¿quién puede asegurarlo?- que fue entonces que me hice psicoanalista.

Nunca pude permitir que todo esto fuera casual, por eso afirmé cada vez más mi búsqueda. Y, por razones obvias, no hablo de estas cosas con cualquiera. Que me digan loco o se rían de mí me importa poco, lo que sí me da bronca es que me digan que no lo entienden. O que lo entienden, pero que no les pasa. Yo no les creo: para mi esto le pasa a todo el mundo. Pero no digo nada: yo también me hago el desentendido. Todos sabemos muy bien las razones que nos obligan a ocultar. Se presiente lo peligroso de aceptarlo, porque uno queda expuesto, te ubican. Por eso es mejor disimular, hacer como que uno no se da cuenta. Es que la mano viene brava, como en una cárcel; son muchos los años de encierro en esta celda, tantos que las paredes ya se han adherido al cuerpo hasta volverse indistinguibles de la piel. Y por ahí no hay salida.

Pero sé que no soy el único al que le pasa. Algunas veces –y admito que fueron muy pocas- tuve un encuentro con otro. El otro día sin ir más lejos, en medio de la entrevista, Enrique -el director de la revista- abrió su cuerpo y me dijo: “vamos a suponer que nosotros construimos, por una serie de brujerías y maleficios, un ser que queremos que tenga autonomía pero que nunca se entere de nuestra existencia y que, al mismo tiempo, tenga una gran capacidad de aproximarse. Le cierro el techo de esas posibilidades poniéndole dioses, la naturaleza, el evolucionismo, los cromosomas, no importa. El maleficio es imposible de ser atravesado. Pero vamos a imaginar que, al mismo tiempo, estos seres al construir esto dejaron huellas digitales sobre lo que hicieron. Y uno se vuelve a imaginar entonces que hay un gran detective de la sensibilidad que toca eso y lo descubre, descubre el maldito maleficio que actúa constante y permanentemente sobre el ser humano”.[1]

Que a otros les pase lo mismo no mejora ni empeora mi situación. Nada de lo que otros digan puede volver más real o irreal mi vida. De las cosas (entre ellas los escritos) nadie puede comprender más de lo que ya sabe. Carecemos de oídos para las cosas a las cuales no nos han dado aún acceso los acontecimientos de la vida. Y, como Ud. debe saber, hay cosas que no pueden comprenderse -y mucho menos hacerlas real- si no se acepta la definitiva soledad.

 

Hoy es 21 de septiembre del año 2050 y escribo estas líneas tratando de reconstruir el camino que me condujo a éste aciago encuentro. Recuerdo que me pregunté: ahora que ando en los cincuenta, en el debe de la vida: ¿cómo verán las cosas los colegas dentro de 50 años, en el 2100? Al recordarlo, me viene a la memoria una repetida situación de mi infancia: apenas aprendí a sumar y restar, sacaba una y otra vez la cuenta para asegurarme de que no la había hecho mal, pero siempre me daba lo mismo: 59; en el año 2050 voy a tener 59 años. Me parecía imposible. Y en el 2100 –volvía a sacar la cuenta- voy a tener 109 años; y casi seguramente ya voy a estar muerto. Pensativo, allí volvía a los deberes.

Siglos y siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí. La vida real, la que realmente importa, no cambia con el paso redoblado del progreso. Y aunque es muy cierto que una generación puede aprender mucho de las que le han precedido, no es menos cierto que nunca le podrán enseñar lo que es específicamente humano. En este aspecto cada generación –y cada uno- ha de empezar exactamente desde el principio, como si se tratase de la primera vez; ninguna generación tiene una tarea nueva que vaya más allá de aquella de la precedente ni llega más lejos que ésta, a condición de que haya sido fiel a su tarea y no se haya traicionado a sí misma.

Rápidamente abandoné mi pregunta sobre el 2100 por razones obvias: no podía preguntarle nada a quien –quizá- aún no había nacido. Pero, haciendo unos ajustes menores para su traslado, la sustituí por una equivalente y sí posible de establecer: ¿cómo veían al 2050 los colegas del 2000? Quizá fue el destino, quizá un presentimiento, quizá los verdaderos motivos siempre quedan en penumbras. Pero ahora tal vez maldiga las circunstancias que me llevaron a dicho planteo.

¿Cómo veían al 2050 los colegas del 2000? Recopilando antiguos materiales de finales del siglo XX llega a mis manos la colección de una revista de nombre Topía conteniendo una serie de artículos titulados -nada menos- “Un psicoanalista en el 2050”. Como hipnotizado los devoro uno tras otro cuando en el Nº XXIII, de Agosto de 1998, en esta exacta página, leo con mudo asombro éste mismo escrito que estoy escribiendo ahora. Ni una coma de diferencia. Créame. Lo estoy leyendo ahora, -y acabo de leer “leer”- ¿se da cuenta? Sentí como un golpe en la nuca: Dios los cría y ellos se juntan -pensé.

Mi nombre es Héctor Fenoglio, pero ya sabemos de la irremediable incerteza de los nombres. No digo que signifiquen “nada”, pero ¿quién está seguro de su nombre? Como se dará cuenta todo es peor ahora: antes creía que Héctor Fenoglio al menos era como una envoltura, como un disfraz que, al quitármelo, tal vez -y sólo tal vez- aparecería otra cosa. Y ahora me encuentro con Ud., que no sé si es un sueño, tal vez mío, tal vez suyo; no sé si ambos somos sueños en un sueño que alguien sueña o -lo que no me atrevo ni siquiera a imaginar- que tal vez nadie sueña.

Hay signos: sin dudas hay signos.

La infancia nunca es buena ni mala. Mejor no pensar, para qué, si la infancia siempre es terrible. Nadie sobrevive a su recuerdo. Matemos esos años: nadie muere en el pasado -o al menos eso queremos creer.

Ahora es distinto, voy tirando. Tal vez mejor, no lo sé. Bah…ni sé si se puede saber. ¡Claro que no puedo olvidar! Si pudiera…