CAIN, ABEL Y DIOS (EL SEÑOR)
Héctor Fenoglio

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CAIN, ABEL Y DIOS (EL SEÑOR)

por Héctor Fenoglio

No entiendo de qué hablan cuando pronuncian la palabra «dios». Cuando dicen “dios dijo tal cosa” o “dios hizo tal otra cosa”, no entiendo que entienden con la palabra “dios”. Y me siento medio raro, casi extraterrestre, porque todos parecen entender, y muy bien, lo que significa “dios”, y yo no se a qué atenerme, es como si pronunciaran una palabra en chino. Yo pienso que los demás tampoco entienden mucho pero, sin embargo, creen entender. No se bien si eso es mejor o es peor; creo que es peor. Pero no es rara esa ilusión o hipnosis del lenguaje, pasa lo mismo con la palabra “átomo” o “libertad”; todo el mundo las usa y entiende pero –Señor, perdónalos— en realidad no saben de lo que hablan. Creo que la mayoría del tiempo vivimos en esa nebulosa que crean las palabras. Salvo cuando tomamos mate o nos besamos.

Tratando de entender la historia de Caín y Abel resultó que se me apareció una manera de entender lo que entiendo por “dios”. Y me pareció buena, en los variados sentidos del término “buena”. A continuación trato de resumirla.

 

***

            El hombre se unió a Eva, su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín. Entonces dijo: “Obtuve un varón con la ayuda del Señor”. Más tarde dio a luz a Abel, hermano de Caín. Abel fue pastor de ovejas y Caín agricultor. Al cabo de un tiempo, Caín presentó como ofrenda al Señor algunos frutos del suelo, mientras que Abel le ofreció las primicias y lo mejor de su rebaño. El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró a Caín ni su ofrenda. Caín se mostró muy resentido y agachó la cabeza. El Señor le dijo: “¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja? Si obras bien podrás mantenerla erguida; si obras mal, el pecado está agazapado a la puerta y te acecha, pero tú debes dominarlo”.

            Caín dijo a su hermano Abel: “Vamos afuera”. Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano y lo mató. Entonces el Señor preguntó a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?”. “No lo sé”, respondió Caín. “¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. Pero el Señor le replicó: “¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano grita hacia mí desde el suelo. Por eso maldito seas lejos del suelo que abrió sus fauces para recibir la sangre de tu hermano derramada por ti. Cuando lo cultives, no te dará más su fruto, y andarás por la tierra errante y vagabundo”. Caín respondió al Señor: “Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo. Hoy me arrojas lejos del suelo fértil; yo tendré que ocultarme de tu presencia y andar por la tierra errante y vagabundo, y el primero que me salga al paso me matará”. Y el Señor puso una marca a Caín, para que al encontrarse con él, nadie se atreviera a matarlo. Luego Caín se alejó de la presencia del Señor y fue a vivir a la región de Nod, al este de Edén.

***

 

Hay una manera usual y obvia de entender este relato que dice así: Caín cometió el pecado de matar a Abel y Dios lo castigó. También aparecen, en esta interpretación, algunos cuestionamientos a la conducta de Dios: ¿por qué no fue equitativo y despreció la ofrenda de Caín? Es cierto que mientras Abel le ofreció lo mejor que tenía, Caín sólo le  presentó algunos frutos, pero no merecía semejante desprecio. Tendría que haber disimulado un poco. Esto no justifica, por supuesto, la respuesta asesina de Caín, pero es entendible y hasta lógico que éste se resintiera. Para colmo, Dios parece seguir hostigándolo cuando, después del desprecio, le pregunta “¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja?”. ¿Acaso no se da cuenta de lo que pasa? Sus exigencias se tornan persecutorias, o al menos incomprensibles.

Esta es, grosso modo, la interpretación usual del sentido común. Quiero anticipar rápidamente que, a mi entender, ésta es una interpretación moralizante y culpabilizadora, que hay que rechazar de plano aclarando, además, que no es la única ni verdadera. Quiero ofrecer aquí una diferente.

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Sebastián Hiyano

Del relato participan tres personajes: Caín, Abel y el Señor. Los tres están presentados como personas concretas que interactúan entre sí: se ven, se conocen, se hablan, etc. Ahora bien, todos sabemos que Dios o el Señor no anda presentándose de esa manera, tan directa y concreta, a nadie. Por lo contrario, si alguien presiente que el Señor se le presentó, de la manera que sea, se cuida muy bien de hacerlo público. Es que sus signos siempre son ambiguos, siempre que se presenta lo hace de manera indirecta, velada, simbólica, etc. A nadie le gusta pasar por loco.

La forma de presentar a cualquier personaje como una persona concreta en lo cotidiano, es la forma de la que se vale el mito para hacer actuar, por ejemplo, personajes tales como la paz, el amor, etc. En definitiva, los personajes concretos del mito del Génesis bien puede que no sean personas en el sentido usual, sino otro tipo de realidades.

Hay, entonces, sólo dos personas de carne y hueso: Caín y Abel. Ambos presentaron sus ofrendas al Señor. ¿Qué debemos entender por esto? Que ofrecieron algo para pedir su ayuda o, también, que se ofrecieron para lo que el Señor disponga. Abel, como sabemos, dio lo mejor de su rebaño, mientras Caín fue un tanto pijotero y sólo dio algunos frutos del suelo. Es decir, Caín prefirió retener lo mejor de sus frutos para él, mientras que Abel se desprendió de lo mejor de sí. ¿Cómo debemos entender estas conductas? La manera usual, que ve todo de manera directa y concreta, imagina a cada uno depositando los animales y los vegetales en un altar de sacrificio. Pero bien puede que no sea así, sino que lo representado en el relato sólo sea una manera metafórica de señalar la forma de estar y de ser de cada uno de ellos en el mundo y ante la vida. Mientras Abel era generoso y se entregaba entero, Caín pensaba en el futuro, era cuidadoso y tal vez un poco mezquino.

De lo que trata el inicio del relato, entonces, no es de una presunta falta grave ante Dios sino de una actitud de vida; habla de que si alguien se entrega entero a la vida, la vida le devolverá lo entregado con creces, mientras que si vive mezquinando su entrega, la vida le mezquinará en la misma proporción. La vida devolverá en razón a lo mismo que entregó.

Pero Caín se obstina en entender todo al revés. Cuando ve que la vida, es decir el Señor, miró con agrado a Abel y su ofrenda, y no miró su ofrenda, en vez de preguntarse qué hace para que la vida no le devuelva lo que espera, lo que hace es envidiar y celar a Abel y enojarse con Dios, es decir, con la vida. Ni sospecha que la vida no hace más que devolverle a cada uno lo que pone, al estilo de un frontón o un espejo, que sólo devuelve lo que se le tira o se pone delante de él.    

Es entendible, entonces, que dada esta situación, la vida le pregunte: “¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja?”. Con esto le está indicando que su actitud no tiene ni ton ni son, que no puede culpar a nadie de lo que él mismo está produciendo. Por eso le dice: “Si obras bien podrás mantenerla erguida”, es decir, si te entregas todo y no mezquinas nada te sentirás bien, íntegro y contento, sea cual fuere el destino que alcances. En cambio, “si obras mal”, es decir, si calculas y mezquinas, “el pecado está agazapado a la puerta y te acecha”. ¿Cuál es el pecado? ¿Matar al hermano? No. Por ahora no. El pecado, por ahora, no consiste en ninguna falta o transgresión moral, sino en ese estado existencial penoso, escindido y enfermo, en ese proceder de manera mezquina y calculadora, que sólo puede llevar a una vida chata, aburrida y ruin.

Desde ese estado no puede salir otra cosa que la envidia y el odio al otro, al que la vida le sonríe, no puede salir otra cosa que la queja odiosa y el resentimiento, el compararse con otro y la necesidad de reivindicación por medio de la venganza ejemplificadora que haga justicia. Ese estado puede llevar al homicidio.

Pero entendiéndolo bien, ni siquiera se trata de que la vida devuelva lo que cada uno pone. No se trata de una supuesta equivalencia cósmica universal entre acciones y reacciones. No se trata de que a una primera acción mezquina le siga una segunda devolución desgraciada por parte de la vida. No. Es el propio primer acto, es la propia acción la que decide todo. Quien vive mezquinando energía, quien vive calculando no perder, ya vive una vida penosa y escindida, pues toda acción que no está hecha por sí misma sino en función de un supuesto bienestar posterior, es pecado. Y en el pecado está el castigo.

¿Dónde está, en todo esto, Dios? Dios está en todos lados o, dicho de otra manera, todo esto es Dios. Dios es la palabra que nombra esta manera de vivir, esta actitud y manera no mezquina de entender y disponerse en la vida. Es equivalente a «vida», y así podríamos decir que la “vida” está esperando que la amemos y nos entreguemos a ella, y si no lo hacemos, nos castigará con la infelicidad. Dios no es, por supuesto, un ser, un ente ni una persona; es este llamado a vivir de corazón, sin dobleces, sin culpa ni castigo.

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