ELOGIO DE LA MELANCOLíA
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio

Sigo pensando en Kierkegaard. Me regalaron un libro de un mexicano sobre Kierkegaard. El autor habla sobre la “melancolía” de Kierkegaard, y dice: “La melancolía es un estado de ánimo. Puede ser considerada como una enfermedad en los casos crónicos (cuando se padecen períodos largos o continuos de melancolía). Es enfermedad en el sentido de un estado anómalo en el hombre”. Ya unas páginas antes se había referido a Kierkegaard y a “su problema de melancolía”. ¿Así que la “melancolía” de Kierkegaard era un “problema”? ¡Mirá vos!

No, definitivamente no: Kierkegaard no tenía un “problema de melancolía” (y mucho menos una enfermedad). Lo que Kierkegaard soportaba era una guerra contra el mundo. Y ese odio, él lo sabía muy bien, era su único camino de salvación. Porque por más que quisiera, por más que lo intentara, él no podía “reconcialiarse con el mundo”; todas las cosas con las que los demás pasan por la vida (un trabajo, familia, hijos, dinero, prestigio,etc.), a él no le alcanzaban ni siquiera para empezar a soportar la vida. Y de una manera definitiva: no se trata de que a él personalmente no le gustara; no, se trata de que es así y punto. Y eso, más que “un” problema (personal o psicológico), eso es “el” problema. Pero “de eso”, por supuesto, muchos ni se enteran.

Yo estoy seguro de que Kierkegaard no podía, jamás, “reconcialiarse con el mundo”: ya sé que tal vez esto no sea cristiano y que, por ahí, o por lo tanto, no puede atribuírsele plenamente este pensamiento. Ya sé que hay una pila de profesores que han leído “todo” y que saben más que yo, y que hacen fila para pegarme y que me pueden llenar la cara de citas, demostrándome que, en realidad, Kierkegaard estaba más “reconciliado” con el mundo de lo que yo creo, y que las cosas que digo no son más que reflejos de mis propios fantasmas y obsesiones. Pero no me importa: yo sé que Kierkegaard aún sigue en guerra contra el mundo (incluyendo a todos esos profesores), y no pienso tomarme el trabajo ni gastar un minuto de mi tiempo en convencerlos ni en demostrales de por qué es así. Y todo por una simple razón: porque es imposible hacerles darse cuenta, porque nunca nos entenderemos, porque estas cosas no se resuelven con “razones”, y porque entre nosotros hay un abismo que jamás se salvará. Y todo ocurre así por una simple razón: porque ellos están y les gusta estar “reconciliados” con este mundo, mientras que yo lo odio, incluyéndolos a ellos. Y como yo sé muy bien por qué los odio, también sé muy bien por qué este odio es mi vía de salvación, y por qué ellos de esto no saben ni nunca sabrán nada.

Y entonces me acuerdo de Erdosain en “Los Siete Locos” de Arlt:

“Entonces su irritación se volvió contra la bestial felicidad de los tenderos, que a las puertas de sus covachas escupían a la oblicuidad de la lluvia. Se imaginó que estaban tramando eternos chanchullos, mientras que sus desventradas mujeres se dejaban ver en las trastiendas, extendiendo manteles en las mesas cojas, arramblando innobles guisotes que al ser descubiertos en las fuentes arrojaban a la calle flatulencias de pimentón y de sebo, y ásperos relentos de milanesas recalentadas.

“Caminaba ceñudo, investigando con furor lento las ideas que se incubarían bajo esas frentes estrechas, mirando descaradamente las lívidas caras de los comerciantes, que desde el cuévano de los ojos espiaban con una chispa de ferocidad los compradores que se movían en los negocios fronteros; y Erdosain sentía a momentos ímpetus de insultarlos, antojo de tratarlos de cornudos, de ladrones y de hijos de malas madres, diciéndose que tenían la falsa gordura de los leprosos y que si algunos estaban flacos era de celar los éxitos de sus prójimos. Y en su fuero interno los iba injuriando atrozmente, imaginándose que los negociantes aquellos estaban atornillados a próximas quiebras por espantosos pagarés, y que la desdicha que le arrojaba a él al fondo de la desesperación se cerniría también sobre sus mugrientas mujeres, que, con los mismos dedos con que momentos antes habían retirado los trapos en que menstruaban, cortarían ahora el pan que ellos devorarían entre maldiciones dirigidas a sus competidores.

“Y sin podérselo explicar se decía que el más educado de esos bribones era de una grosería solapada y profunda, todos envidiosos hasta el tuétano y más desalmados e implacables que cartagineses.

“A medida que iba pasando frente a colchonerías y almacenes y tiendas, pensaba que esos hombres no tenían ningún objeto noble en la vida, que se pasaban la vida escudriñando con goces malvados la intimidad de sus vecinos, tan canallas como ellos, regocijándose con palabras de falsa compasión de las desgracias que les ocurrían a éstos, chismorreando a diestra y siniestra de aburridos que estaban, y esto le produjo súbitamente tanto encono, que de pronto aceptó que lo mejor que podía hacer era irse, pues sino tendría un incidente con esos brutos, bajo cuyas cataduras enfáticas veía alzarse el alma de la ciudad, encanallada implacable y feroz como ellos”

Esto es melancolía. Erdosain sabía de lo que hablaba. Capaz que muchos van a decir que todo esto no es “melancolía” sino “resentimiento”, pero yo les digo que no, o que sí, que también es resentimiento, pero concentrado, limpio y elaborado, y que por eso ya no es resentimiento. Y también les digo que esos tenderos, esos comerciantes, esos colchoneros o esos profesores, se encuentran tanto Minnesota como en Brooklyn, tanto en la 5th Avenida como en Corrientes y Callao, tanto en Copenhage como en Belgrano.

El capitalismo, desde muy joven, siempre intentó desconocer y tapar el abismo existencial que se manifiesta en la melancolía con la alegría forzada del sábado por la noche, con esa continua promesa de belleza y juventud eterna, y, por supuesto, con su apuesta máxima: matar a la muerte mediante procedimientos técno-médicos. No resulta extraño, entonces, que la melancolía esté tan desprestigiada y tenga tan mala prensa. Sin ir más lejos, la famosa “melancolía porteña”. (Antes que nada aclaremos algo: yo no soy porteño; soy cordobés). La famosa melancolía porteña no es estúpidamente ganas de sufrir y nada más, no, es algo mucho más serio y picante; como bien cantan los tangos, esa melancolía es “spleen”, es decir, una terrible y explosiva mezcla de tragedia y pasión, una pasión suicida, es cierto, pero lúcida y vital; nihilismo y sinsentido sí, pero ¿acaso vas a creer? Es una verdadera rebelión contra el bien, contra la belleza y contra la alegría, industrializada o no; es esa verdad siempre sabida y de la que jamás te vas a poder hacer el boludo porque, por más que te hayas pasado del tango al rock and roll, ella sigue siendo tu verdad. Una verdad que te dice que sí, que por supuesto que hay alegría, y que es brasilera, pero que vos no podés sentirla como tu temple fundamental de vida porque así, como la sentís, en el fondo, es una boludez: algo ahí no te cierra.

Esto es melancolía: no un mero sentirse más o menos mal por un tiempo o por toda una vida, sino una herida abierta en la carne del mundo, una verdad que te enloquece, que te persigue y no te da respiro, pero sin la cual tu vida sería una insulsa y estúpida vidita.

Entonces vuelvo a Los Siete Locos: “Nota del comentador: Refiriéndose a esos tiempos, Erdosain me decía: «Yo creía que el alma me había sido dada para gozar de las bellezas del mundo, la luz de la luna sobre la anaranjada cresta de una nube, y la gota de rocío temblando encima de una rosa. Más, cuando fui pequeño creí siempre que la vida reservaba para mí un acontecimiento sublime y hermoso. Pero a medida que examinaba la vida de los otros hombres, descubrí que vivían aburridos, como si habitaran en un país siempre lluvioso, donde los rayos de la lluvia les dejaran en el fondo de las pupilas tabiques de agua que les deformaban la visión de las cosas. Y comprendí que las almas se movían en la tierra como peces prisioneros en un acuario. Al otro lado de los verdinosos muros de vidrio estaba la hermosa vida cantante y altísima, donde todo sería distinto, fuerte y múltiple, y donde los seres nuevos de una creación más perfecta, con sus bellos cuerpos saltarían en una atmósfera elástica». —Entonces le decía: «Es inútil, tengo que escaparme de la tierra»”.

AGREGADO

Hoy me compré una maravillosa edición de Ed. Sudamericana de Los Siete Locos y Los Lanzallamas, con notas, artículos, cronología, etc. En este libro encontré la siguiente Aguafuerte de Arlt referida a los personajes de Los Siete Locos:

“Estos individuos, canallas y tristes, simultáneamente; viles soñadores simultáneamente, están atados o ligados entre sí por la desesperación. La desesperación en ellos está organizada, más que por la pobreza material, por otro factor: la desorientación que, después de la gran guerra, ha revolucionado la conciencia de los hombres, dejándolos vacíos de ideales y esperanzas. [Se refiere a las primera guerra mundial de 1914-17. Los Siete Locos se publicó en 1929. Yo me digo: ¡qué parecido es aquel momento del mundo a éste, después de la caída del muro de Berlín, sin Socialismo, vacío de ideales y esperanzas!]

“Hombres y mujeres en la novela rechazan el presente y la civilización tal cual está organizada. Odian esta civilización. Quisieran creer, arrodillarse ante algo, amar algo; pero, para ellos, ese don de fe, la «gracia» como dicen los católicos, les está negada. Aunque quieran ser, no pueden. [De nuevo: ¡qué parecido a hoy!, porque hoy se nos vuelve imposible volver a creer en el Socialismo con mayúsculas, ya nos parece una ingenidad]. Como se ve, la angustia de estos hombres nace de su esterilidad interior. [¿y/o anterior?]. Son individuos y mujeres de esta ciudad, a quienes yo he conocido. [Otra vez: ¡qué parecido: ¿qué sería de mí si no hago esta revista, el taller de pensamiento? ¡Cuántos desesperados, cuántos suicidios en espera caminan hoy por las calles de Buenos Aires, estirando como pueden las horas, los días, las semanas!?].

“En síntesis: estos demonios no son ni locos ni cuerdos. Se mueven como fantasmas en un mundo de tinieblas y problemas morales y crueles. Si fueran menos cobardes se suicidarían; si tuvieran un poco más de caracter, serían santos. En verdad, buscan la luz. Pero la buscan completamente sumergidos en el barro. Y ensucian lo que tocan.

“A mí, como autor, estos individuos no me son simpáticos. Pero los he tratado. Y todo autor es esclavo durante un momento de sus personajes, porque ellos llevaban en sí verdades atroces que merecían ser conocidas.

“En definitiva: en esta obra no hay ningún casamiento, ni baile, ni declaración de amor. Al sexo femenino no le puede interesar”.

Yo creo que esto es la melancolía.

NADIE MUERE EN EL PASADO: UN PSICOANALISTA EN EL 2050
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio

Tengo 7 años y nací en la provincia de Córdoba, al sur, en este pueblo perdido entre el viento y la seca de la pampa gringa. Éste es mi nombre, éstos son mis padres y éste es mi idioma ¿Qué hubiera sido de mí si hubiera nacido en otro país, en otra familia, o con otro cuerpo? Y si no hubiera nacido ¿qué sería de mí? ¿Se dá cuenta? Somos una irremediable casualidad. Todos creemos ser reales y vivir en un mundo real y, por supuesto, sobrevivimos. Pero nada de esto es realmente real.

Mi búsqueda comenzó mucho antes, cuando tenía 4 años. Recuerdo nítidamente el momento: al calor de la siesta miro un tarrito de té Tigre, en el que está impreso un tigre que me mira y, sonriendo, me muestra en su mano derecha un tarrito idéntico de té Tigre, en el que, a su vez, el mismo tigre más chiquitito me sigue sonriendo y mostrando en su manito otra vez el mismo tarrito, esta vez mucho más chiquito, de té Tigre el que, de nuevo, tiene el mismo tigrecito con otro tarrito… A medida que iba acercando más y más el tarrito a mis ojos para tratar de ver hasta dónde llegaban los tigrecitos, me fue invadiendo una profunda desesperación de la que nunca supe como regresar.

Hasta hoy, o mejor dicho, hasta el preciso instante en que escribo estas líneas, mi búsqueda seguía más o menos igual que siempre. Pero ahora, como Ud. comprenderá, mi vida ha dado un giro tan grave que hasta resulta imposible de explicar.

No recuerdo si fue en la adolescencia -ésos años donde el pensamiento lacera- o si fue después, pero en algún momento pude comprender que con mi búsqueda no pretendía acceder a un mundo verdadero, sino a salir de éste falso. Y desde entonces no hice más que cultivar esa certeza. Pero no quiero que se haga una idea equivocada de mí, que me vea como un extravagante. Yo hago mi vida, tengo mi casa, mi mujer, mis hijas, no paso miserias; y, sobretodo, hace muchos años que agarré mi propio hilo. Con él tejo, hago muchas cosas, no diré importantes pero sí muy necesarias, casi imprescindibles. Hago una vida normal pero, ¿cómo olvidar que nada de esto es real?

Quiero decir: hace tiempo comprendí que los tigrecitos no fueron “cosas de chico” sino que al pensar ese pensamiento –y tal vez con y por ese pensamiento- algo decisivo introduje en mí; que de allí en más algo quedaba definitivamente olvidado, y que la vida -con sus olvidos y sus recuerdos- ya quedaría para siempre de éste lado del tarrito. En aquel instante supe que nunca más podría alcanzar el último tigrecito y que perdía para siempre a todo ese mundo de aquel otro lado. Y comprendí también el hecho irreversible de que, al pensar mi nombre y mi vida como un azar del destino, estaba firmando un contrato vitalicio que me garantizaba el derecho a anclarme firmemente en ésta realidad que tanto Ud. como yo -hasta éste instante- compartíamos. Pero también que, al aceptarme en ésta realidad, perdía –o, por lo menos, alejaba definitivamente- algo que aún las mejores y más exactas palabras ya no pueden nombrar.

Aunque saludable, es peligroso pensar –pensé. De este lado del tarrito, o desde mi nombre, fácilmente encuentro pensamientos para nada peligrosos de pensar. Seguramente Ud. también lo debe haber experimentado. También, por supuesto, nada saludables. Pero están los otros, esos pensamientos que únicamente parecen vivir fugazmente, como en huída incesante, y a los que nadie puede acercarse sin temor y temblor. Pocas veces estuve a punto de atrapar uno. Un día, durmiendo la siesta, me tocan el hombro. Me doy vuelta y veo a un chico, de seis o siete años, parado al lado de la cama. Lo miro y el chico allí, duro, mirándome a los ojos. Y me dice ¿QUÉ HACÉS? Yo estaba aún medio dormido, no entendía bien lo que pasaba y le vuelvo a preguntar ¿qué?, y el pibe vuelta a decirme ¿QUÉ HACÉS? Allí me levanto, me siento en la cama y de nuevo le digo ¿qué?, y el pibito seguía mirándome firme y me vuelve a decir ¿QUÉ HACÉS?, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?…

Entonces allí, como en un estallido, me dí cuenta de todo y empecé a llorar; y no podía parar, y el pibito seguía mirándome, impasible, ya sin decir nada, como si supiera todo. Entonces me levanté de la siesta, fui al ropero, y acomodé mis cosas para partir. Justo allí me desperté. ¿Se da cuenta? No pude partir.

Ese instantáneo fracaso me hizo comprender que los sueños son mucho más reales que la vida despierta, y decidió que viviera de y para los sueños. Creo -¿quién puede asegurarlo?- que fue entonces que me hice psicoanalista.

Nunca pude permitir que todo esto fuera casual, por eso afirmé cada vez más mi búsqueda. Y, por razones obvias, no hablo de estas cosas con cualquiera. Que me digan loco o se rían de mí me importa poco, lo que sí me da bronca es que me digan que no lo entienden. O que lo entienden, pero que no les pasa. Yo no les creo: para mi esto le pasa a todo el mundo. Pero no digo nada: yo también me hago el desentendido. Todos sabemos muy bien las razones que nos obligan a ocultar. Se presiente lo peligroso de aceptarlo, porque uno queda expuesto, te ubican. Por eso es mejor disimular, hacer como que uno no se da cuenta. Es que la mano viene brava, como en una cárcel; son muchos los años de encierro en esta celda, tantos que las paredes ya se han adherido al cuerpo hasta volverse indistinguibles de la piel. Y por ahí no hay salida.

Pero sé que no soy el único al que le pasa. Algunas veces –y admito que fueron muy pocas- tuve un encuentro con otro. El otro día sin ir más lejos, en medio de la entrevista, Enrique -el director de la revista- abrió su cuerpo y me dijo: “vamos a suponer que nosotros construimos, por una serie de brujerías y maleficios, un ser que queremos que tenga autonomía pero que nunca se entere de nuestra existencia y que, al mismo tiempo, tenga una gran capacidad de aproximarse. Le cierro el techo de esas posibilidades poniéndole dioses, la naturaleza, el evolucionismo, los cromosomas, no importa. El maleficio es imposible de ser atravesado. Pero vamos a imaginar que, al mismo tiempo, estos seres al construir esto dejaron huellas digitales sobre lo que hicieron. Y uno se vuelve a imaginar entonces que hay un gran detective de la sensibilidad que toca eso y lo descubre, descubre el maldito maleficio que actúa constante y permanentemente sobre el ser humano”.[1]

Que a otros les pase lo mismo no mejora ni empeora mi situación. Nada de lo que otros digan puede volver más real o irreal mi vida. De las cosas (entre ellas los escritos) nadie puede comprender más de lo que ya sabe. Carecemos de oídos para las cosas a las cuales no nos han dado aún acceso los acontecimientos de la vida. Y, como Ud. debe saber, hay cosas que no pueden comprenderse -y mucho menos hacerlas real- si no se acepta la definitiva soledad.

 

Hoy es 21 de septiembre del año 2050 y escribo estas líneas tratando de reconstruir el camino que me condujo a éste aciago encuentro. Recuerdo que me pregunté: ahora que ando en los cincuenta, en el debe de la vida: ¿cómo verán las cosas los colegas dentro de 50 años, en el 2100? Al recordarlo, me viene a la memoria una repetida situación de mi infancia: apenas aprendí a sumar y restar, sacaba una y otra vez la cuenta para asegurarme de que no la había hecho mal, pero siempre me daba lo mismo: 59; en el año 2050 voy a tener 59 años. Me parecía imposible. Y en el 2100 –volvía a sacar la cuenta- voy a tener 109 años; y casi seguramente ya voy a estar muerto. Pensativo, allí volvía a los deberes.

Siglos y siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí. La vida real, la que realmente importa, no cambia con el paso redoblado del progreso. Y aunque es muy cierto que una generación puede aprender mucho de las que le han precedido, no es menos cierto que nunca le podrán enseñar lo que es específicamente humano. En este aspecto cada generación –y cada uno- ha de empezar exactamente desde el principio, como si se tratase de la primera vez; ninguna generación tiene una tarea nueva que vaya más allá de aquella de la precedente ni llega más lejos que ésta, a condición de que haya sido fiel a su tarea y no se haya traicionado a sí misma.

Rápidamente abandoné mi pregunta sobre el 2100 por razones obvias: no podía preguntarle nada a quien –quizá- aún no había nacido. Pero, haciendo unos ajustes menores para su traslado, la sustituí por una equivalente y sí posible de establecer: ¿cómo veían al 2050 los colegas del 2000? Quizá fue el destino, quizá un presentimiento, quizá los verdaderos motivos siempre quedan en penumbras. Pero ahora tal vez maldiga las circunstancias que me llevaron a dicho planteo.

¿Cómo veían al 2050 los colegas del 2000? Recopilando antiguos materiales de finales del siglo XX llega a mis manos la colección de una revista de nombre Topía conteniendo una serie de artículos titulados -nada menos- “Un psicoanalista en el 2050”. Como hipnotizado los devoro uno tras otro cuando en el Nº XXIII, de Agosto de 1998, en esta exacta página, leo con mudo asombro éste mismo escrito que estoy escribiendo ahora. Ni una coma de diferencia. Créame. Lo estoy leyendo ahora, -y acabo de leer “leer”- ¿se da cuenta? Sentí como un golpe en la nuca: Dios los cría y ellos se juntan -pensé.

Mi nombre es Héctor Fenoglio, pero ya sabemos de la irremediable incerteza de los nombres. No digo que signifiquen “nada”, pero ¿quién está seguro de su nombre? Como se dará cuenta todo es peor ahora: antes creía que Héctor Fenoglio al menos era como una envoltura, como un disfraz que, al quitármelo, tal vez -y sólo tal vez- aparecería otra cosa. Y ahora me encuentro con Ud., que no sé si es un sueño, tal vez mío, tal vez suyo; no sé si ambos somos sueños en un sueño que alguien sueña o -lo que no me atrevo ni siquiera a imaginar- que tal vez nadie sueña.

Hay signos: sin dudas hay signos.

La infancia nunca es buena ni mala. Mejor no pensar, para qué, si la infancia siempre es terrible. Nadie sobrevive a su recuerdo. Matemos esos años: nadie muere en el pasado -o al menos eso queremos creer.

Ahora es distinto, voy tirando. Tal vez mejor, no lo sé. Bah…ni sé si se puede saber. ¡Claro que no puedo olvidar! Si pudiera…

20-40
Héctor Fenoglio

El que no es revolucionario a los 20,
no tiene corazón.
El que es revolucionario a los 40,
no tiene cabeza.

(Dicho popular)

 

Por Héctor Fenoglio

 

LOS 40

León Gieco, en un reportaje, relataba la conversación que tuvo con un taxista: Grande León, vos sí que seguis yendo al frente, le dijo el taxista. ¿Y vos?, le preguntó. No…lo que pasa es que me casé, tengo chicos viste?… Para sus adentros Gieco seguramente pensó ¿y que tiene que ver una cosa con la otra?

¿Qué nos ha pasado?

La mayoría de los que fuimos militantes en los 70 –de los otros no hablo- se han ido acomodando, como pudieron, a una vida pequeñoburguesa, esto es, a sobrevivir en este mundo y con las reglas de este mundo: dentro de lo posible tener el mejor pasar haciendo lo que nos gusta.

Venimos de una derrota, la situación histórica ha cambiado, de algo tengo que vivir, todo fue una ilusión: las justificaciones cambian pero el malestar es el mismo. Y no se trata del famoso malestar en la cultura: de lo que se trata es de ya no querer saber más nada.

La letra con sangre entró.

¿Volverían a jugarse la vida por algo? Da la impresión de que muchísimos no. Después de tantas muertes, desapariciones, exilios y sufrimientos, hoy la vida propia y la de los seres queridos se presenta como el bien más preciado.

Sólo las expresiones (no digamos ya algo más concreto) Dar la vida por los otros , Dar la vida por una causa, generan un rechazo visceral, dan miedo, o contraen extremas precauciones. No es para menos: el que se quema con leche, ve la vaca y llora. Y oscuramente se las asocia con la locura. Otras veces sólo despiertan sorna, sonrisitas socarronas o palmaditas condescendientes: casi una boludez.

Mientras tanto, atribulados por las separaciones, los proyectos, los hijos, el trabajo, la plata, la casa, por las nuevas separaciones, los nuevos proyectos, etc., la vida se va pasando. O ya pasó.

Hoy a los viejos tiempos los recuerdan, entre amigos y vinos, entre orgullosos y avergonzados, como pecados de juventud. Pero en la práctica -como se decía- se reniega de aquellos ideales.

Sin embargo, con mayor o menor fortuna, yéndose a la quinta o haciendo horas extras los fines de semana, la vida en lo 90 tampoco satisface.

Es cierto que no se puede volver a hacer las cosas que se hacían a los 20, pero votar de vez en cuando al Chacho y leer Página 12 tampoco puede dejar tranquilo a nadie.

Sabor a nada para algunos, sabor a traición para otros.

Y acá estamos, entre demasiado jóvenes para morir y demasiado viejos para vivir. Para colmo, en el fondo, todos seguimos presintiendo lo definitivo: que quien no está dispuesto a entregar la vida por algo, no está dispuesto a vivir por nada.

 

LOS 20

Nuestros hijos, aquellos que han heredado nuestra locura -nuestro irremediable desacomodo con este mundo- tampoco pueden acomodarse, y también se rebelan ante la idea de que la vida se reduce sólo a los valores establecidos: tener un título, trabajar, casarse, comprarse un auto, tener hijos, tener una casa, y -sobre todo- ser siempre una buena persona.

Para nuestro disgusto aborrecen la política, y otro movimiento universal encauza sus rebeldías: Luca Prodan o el Indio Solari reemplazan a nuestro Che Guevara.

El rock es, sin dudas, el movimiento más transformador de la segunda mitad del siglo XX; con la particularidad de que no se presenta como un movimiento político sino artístico.

Lo que define la posición del artista es su entrega a una práctica que está más allá de los resultados económicos. No lo hace para ganarse la vida: la práctica artística es, en principio, contradictoria con la sobrevivencia. ¿De que vas a vivir?, te vas a morir de hambre, son las palabras que inevitablemente debe enfrentar, de los otros y de él mismo, todo aquel que agarra la guitarra.

Es que en nuestro mundo el trabajo es un medio de sobrevivencia, nunca un fin en sí mismo. Cuando la práctica artística se transforma en un medio para ganarse la vida, deja de serlo para transformarse en un comercio. Esto no quiere decir que un artista no pueda ganarse la vida con su arte, sino que ello siempre será un efecto y nunca la causa de su producción. El arte y sus productos son un fin en sí mismo y nunca un medio para otra cosa: dinero, un objetivo político, etc. El arte es esencialmente gratuito.

Muchos músicos (muy izquierdistas por supuesto) han transformado su música en un medio de ganarse la vida: se profesionalizaron. Mientras tanto, lo que caracteriza al músico de rock, en apariencia apolítico, es que, para serlo, no debe considerar su música como un medio de vida, sino que debe entregarse más allá de los resultados.

La actividad que se realiza como medio para lograr otra cosa es el caso más visible de lo que es una actividad alienada, y quienes la realizan (sea cirujano o carnicero) gustosos la abandonarían si se sacaran la lotería. La sociedad contemporánea, basada en el intercambio mercantil, no sólo promueve y sostiene como norma la actividad alienada, sino que además niega toda posibilidad de que existan actividades no alienadas. Y la manera de negarlas no es sólo por medios argumentales, sino principalmente por medios materiales: o las reprime o las integra.

En este mundo alienado la práctica artística es inútil, no sirve para nada, es energía dilapidada. Por eso es peligrosa. Es que va a contramano de los principios rectores de la cordura capitalista: ¿cómo es que alguien entrega sus mayores y mejores esfuerzos en algo que no apunta a ganar plata, a la sobrevivencia?

El arte -el rock en nuestra época- es pariente cercano de la locura y, más que una experiencia estética, lo que posibilita es una experiencia ética.

Nuestros hijos aborrecen la política actual porque, al reducirse en última instancia a un mero reclamo económico, a cómo sobrevivir mejor –“economicismo” le decíamos-, se sustrae de toda posibilidad ética, cuando esto es lo verdaderamente importante y, quizá, lo único que puede llamarse revolucionario.

Por supuesto, visto desde los 40 esto es ingenuidad.

 

 

LOS 60

 

Estoy en guerra, man.

¿Contra quién?, le preguntó un cronista.

Contra la nada, respondió Charly García.

La nada a la que hace alusión el más grande músico argentino –dice Osvaldo Soriano en la que quizá fue la última nota de su vida- es simplemente esta época miserable. La era del vacío, en la que tipos pragmáticos le exigen que no joda, que devuelva la plata de las entradas y se cure. ¿Se cure de qué?… Me pareció que otra vez no entendemos nada y hacemos el ridículo. Qué tristes tiempos…

Y sin embargo –sigue Soriano- alguien, a lo lejos, percibió la señal.

¿Sabés Charly? –le dice ese alguien en una carta abierta- en esta sociedad de hipócritas tu rebeldía les molesta a los “democráticos” y moralistas… tu canto dice “yo sé que soy imbancable” pero no aclarás para quién, yo también soy imbancable para algunos que no soportan a los diferentes.

Quiero que sepas, soy tu amiga.

Te abrazo muy fuerte en este país incendiado.

Hebe de Bonafini –ese alguien- abiertamente se declara política y revolucionaria. No es artista ni rockera, sin embargo es, sin discusión, la única figura política venerada por los rockeros de todas las edades. Es que, en la Argentina de los 90, Hebe de Bonafini es la reencarnación de Luca Prodan y del Che Guevara juntos.

Las Madres de Plaza de Mayo, a pesar de toda su tragedia, no se sienten ni se presentan como víctimas, sino como revolucionarias en lucha contra este mundo hipócrita y miserable. Y para mayor escándalo de la gente seria y bienpensante, proclaman que la única manera de reivindicar a los desaparecidos es retomar sus ideales y continuar la lucha. Todo esto con el aval de 20 años de resistencia y, para colmo, sin haber disparado ni un solo tiro.

No sólo las proclamas sino la existencia misma de las Madres resultan insoportables (pero al mismo tiempo imprescindibles) para muchos de 20, 40 y 60 años, pues los enfrenta a lo que todos saben pero que hacen lo imposible por no saber: que la vida entregada al confort personal (porque hoy ni siquiera se trata ya de salvar la vida) es una vida miserable que es cómplice de la miseria general.

La vida confortable siempre es víctima, por eso vive justificándose o quejándose. Lo escandaloso de las Madres es que muestran que no es necesario esperar ser mayoría ni la soñada conquista del poder para transformarse y transformar el mundo, es decir, para ser revolucionarios. Y que la lucha por la revolución futura es, casi siempre, la manera más mentirosa de no ser revolucionarios ahora. Porque, más que la conquista del poder, es necesario conquistar la fuerza, aquella que se requiere y se adquiere en la propia emancipación.

Abandonar la vida entregada al confort y asumir un destino libre, parece ser un sacrificio personal ciclópeo, casi un martirio, y siempre por los demás. Nada más desorientado: únicamente la vida libre, más allá del placer, nos provee de vida plena, nos saca de la constante defensiva, nos vuelve realmente hombres. Porque querer acomodarse de cualquier manera a este mundo también es una lucha, y de la peor.