21 de Junio “Día Internacional del Yoga”

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En La Puerta celebramos el Día Internacional del Yoga de una manera viva, integrando la belleza de las técnicas de Yoga, con la propuesta de pensar juntos qué hacemos con las creencias -culturales y personales- que resuelven los conflictos mediante acciones violentas.

El Yoga es un sistema filosófico y un conjunto de técnicas que nace en Oriente y que se ha difundido en Occidente como una práctica cultural que aporta, además de muchos otros beneficios, el principio Ahimsa (no violencia).

El movimiento Ni Una Menos, Vivas y libres nos queremos, está mostrando una profunda reflexión social y política acerca del daño que producen las acciones violentas y una contundente iniciativa de no someterse, ni someter a otros a ella. Cómo no responder a la violencia con violencia. Esto está sucediendo en nuestra sociedad hoy.

En el Día Internacional del Yoga, tomamos en nuestras manos este tema como lo viene haciendo el Yoga desde hace miles de años. Exploraremos -a través de un ejercicio sencillo y personal- si están presentes en cada una/o las praxis violentas y qué nos proponemos hacer con ellas.

En La Puerta, en el “Taller Terapéutico de Yoga. Cuerpo y Afecto” del Centro de Día del Área de Salud y también en los Talleres que ofrecemos a nuestra Comunidad, practicamos Yoga porque valoramos este sistema como praxis. En el Laboratorio de Pensamiento hemos leído La Bhagavad Gita, texto fundamental del Yoga de la acción, con el renunciamiento a los frutos de la acción.
Nuestra propuesta es acercarnos de un modo consciente a nosotros mismos y a los otros, caminando hacia la superación de la enajenación entre lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos. Y en esta praxis trabajamos para la salud.

“En la vida vale la pena tomar riesgos porque cada uno tiene en su poesía propia una red de seguridad”
¡Gracias por compartir una celebración intensa y bella de Yoga en La Puerta!

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3 RELAJACIONES

3 minutos de Relajación
Relajación de breve duración. Ideal para cuando no se dispone de mucho tiempo.

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Relajación muscular y atención plena
Duración: 14:17 minutos

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Relajación muscular y atención plena
Duración: 42:07 minutos

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SOBRE LA ESTIGMATIZACION Y DISCRIMINACION DE LOS LOCOS

Algunas reflexiones críticas del Centro de Salud, Arte y Pensamiento LA PUERTA sobre el spot institucional de Proyecto Suma titulado «Seamos más perros»

(Para ver el spot al cual hacemos referencia, ver: https://youtu.be/uOE0KaJMQ0E)

Queremos compartir algunas reflexiones críticas del Centro de Salud, Arte y Pensamiento LA PUERTA sobre el punto de vista del spot “Seamos más perros” difundido por Proyecto Suma por la lucha contra la discriminación de los locos. El disenso se circunscribe al punto de vista del spot y de ninguna manera debe extenderse al conjunto de las ideas y prácticas de la institución que lo difunde ni, menos aún, a las personas que la integran. Consideramos que quienes aprueban el punto de vista del spot lo hacen con la mejor intención de acercar las personas cuerdas a los locos.

● No utilizamos la expresión “lucha contra la” estigmatización y discriminación porque puede dar la idea de que nos consideramos a salvo y ajenos a ellas. Utilizamos “desmontaje”, pues consideramos que tales prácticas nos atraviesan a todos y que la primera tarea es analizarla y erradicarla en nosotros mismos; y, en segundo lugar, porque consideramos que nadie estigmatiza o discrimina de manera deliberada y conciente, sino porque se encuentra atrapado por fuerzas y lógicas culturales dominantes que obnubilan y se imponen como algo inocente, evidente y natural.

● Utilizamos la palabra “loco” para remarcar y rescatar una condición o una identidad existencial diferente y/o disidente, a la que se le niega existencia positiva y se la reduce a mero “padecimiento mental”, al considerarla como puro déficit –cuando no pura y simple “enfermedad”.
El spot no utiliza “enfermedad” sino “trastornos mentales”. Sin embargo inmediatamente los rotula como “esquizofrenia”, “bipolaridad”, etc. De esta manera, sigue considerando a los locos como enfermos y a sus padecimientos como una enfermedad, por ende, como un asunto médico a remediar por la ciencia médica, reafirmando así el nefasto Modelo Médico Hegemónico. Por nuestra parte, consideramos a la locura como una experiencia humana legítima, la que, a pesar de todos los sufrimientos que pueda acarrear, abre también una potencia de verdad y libertad que el Modelo Médico Hegemónico desconoce y sofoca.
Considerar a los locos como enfermos es estigmatizarlos.

● El spot expresa, de manera explícita, que el “trastorno mental” o la locura es de “ellos”, de los locos, y no “nuestro”, de los profesionales, de los “sanos”. Esto, en sentido lato, es discriminación. Hasta el cansancio hemos escuchado la expresión de que el manicomio no se reduce a las paredes del neuropsiquiátrico; también hasta el cansancio corroboramos que, la mayoría de las veces, dicha expresión no pasa de ser una expresión políticamente correcta que queda bien pronunciar.
Aunque cerremos todos los manicomios, no por ello acabaríamos con la manicomialización. Tal vez, incluso, la reforzaríamos.

● El spot, por debajo de la ternura manifiesta de las imágenes simultáneas a la frase “Seamos más perros”, inyecta un mensaje encubierto de culpa a los “sanos” que rechazan a quienes padecen “trastornos mentales” —¡si hasta los perros los aceptan y quieren¡—; a la vez, los convoca a remediar esa culpa secretamente despertada estimulando lástima para con los “enfermos mentales”, y quedar así con la conciencia tranquila. De esta manera, obtura en los “sanos” toda interpelación posible acerca del propio malestar en la cultura –es decir, de nuestra propia locura–, al empujarlos a sostener un lazo paternalista con los “pobres locos”, lazo que subestima a los “sanos” e inferioriza a los locos.

● El spot pregona la “inclusión” social de los compañeros locos porque es esencial para su recuperación. Por nuestra parte, consideramos que la verdadera inclusión social de los locos no consiste en que se los incluya “a pesar de su enfermedad”, sino que se escuche y respete su punto de vista, el que, aunque sea discordante y tal vez equivocado, es el propio. La actitud que considera inválidos y no dignos de ser tomados en consideración –es decir, “enfermos”– a ciertos pensamientos y comportamientos, por el solo hecho de ser locos o delirantes, no solo es estigmatizadora, sino que revela el rechazo pánico a toda experiencia que no sea la propia o “normal” para nuestra sociedad.
Por ello hacemos propio el Derecho al Delirio que levantan muchos compañeros locos.

● El spot muestra lastimeras imágenes de personas solas, abúlicas, como si fueran discapaces o directamente incapaces. ¿Cómo no darles una mano, si hasta los perros lo hacen? Narrativamente, esto es un doble golpe bajo. Primero falsea la realidad, caricaturizándolos como víctimas inertes de una enfermedad cuando, en realidad, los locos, por lo general, sostienen una obstinada defensa de su punto de vista –loco, por supuesto– que los cuerdos tratan de doblegar a toda costa, lo que la mayoría de las veces logran utilizando la enorme desproporción de poder a su favor. Después, ubicados ya como pobres discapaces, se les otorga el carácter de ser víctimas del abandono social, lo que constituye una verdadera manipulación del espectador, al ponerlo en el lugar del victimario.
Lejos de cuestionar los prejuicios instalados, esta narrativa los reafirma, con una estructura maniquea propia de los spot publicitarios comerciales.

● No se trata de conmover o condenar una supuesta mala voluntad de los “sanos” que estigmatiza y discrimina a los locos, sino de interrogar de dónde proviene. Con los locos opera la misma lógica social machista capitalista moralista hegemónica que discrimina a los pobres, a los negros, a las mujeres, etc., en la que todas y todos estamos inmersos. Vivimos cooptados por una verdadera militancia micropolítica cotidiana en la que nos oprimimos y maltratamos mutuamente, a la que con la boca decimos combatir pero en los hechos reproducimos “sin darnos cuenta”.
Culparnos mutuamente, entonces, sería suicida. Por ello, los abajo firmantes somos los primeros en reconocer que estamos en el mismo fango.

Estas son algunas de las principales razones por lo que consideramos que el spot “Seamos más perros” no suma sino que resta en la lucha contra la estigmatización del loco. La buena voluntad es imprescindible, pero más imprescindible aún es el pensamiento y el debate comunitario de estos asuntos.

Centro de Salud Arte y Pensamiento LA PUERTA
Héctor Fenoglio – Psicoanalista – Director del Centro LA PUERTA
Ramiro Miguel – Psicólogo
Alejandra Ruiz Díaz – Profesora de Yoga
Mariana Merino – Médica Psiquiatra
Carolina Pinochi – Psicóloga
Juan Pablo Roldán – Psicólogo
Sebastián Hiyano – Acompañante Terapéutico
Belén Toscán – Psicóloga
Alan Robinson – Director y Profesor de Teatro
Vicente Zito Lema

LA LOCURA DEL TEATRO
Alan Robinson

 Por Alan Robinson

TEDxRiodelaPlata

Bio
Mi nombre es Alan Robinson. Nací en 1977 en la ciudad de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, Argentina. A mis 9 años por esos misteriosos designios del destino me tocó volverme el presentador de los actos escolares. Un año después nos habíamos organizado con un grupo de amigos y hacíamos escenas de humor en esos mismos actos escolares. Durante la secundaria estudié teatro, actué en una varieté de humor y en una obra de Florencio Sanchez.

Me formé como licenciado y profesor en arte dramático. Fui aprendiz de maestros como Paco Redondo, Jorge y Oscar videla, Julia Elena Sagaseta, Maricarmen Arnó, Diego Cazabat, Juan Carlos Gené y Vicente Zito Lema. Fui director de los grupos “Gota.Teatro” y “La Legendaria, cooperativa teatral”
Desde el año 2002 dirijo teatro. Trabajo como profesor, productor, escritor y actor de teatro y cine. Publiqué “Actuar como loco”, un libro sobre algunas experiencias artísticas y formé con Eric Robinson la “Cooperativa los Hermanos”.

CAIN, ABEL Y DIOS (EL SEÑOR)
Héctor Fenoglio

CAIN, ABEL Y DIOS (EL SEÑOR)

por Héctor Fenoglio

No entiendo de qué hablan cuando pronuncian la palabra «dios». Cuando dicen “dios dijo tal cosa” o “dios hizo tal otra cosa”, no entiendo que entienden con la palabra “dios”. Y me siento medio raro, casi extraterrestre, porque todos parecen entender, y muy bien, lo que significa “dios”, y yo no se a qué atenerme, es como si pronunciaran una palabra en chino. Yo pienso que los demás tampoco entienden mucho pero, sin embargo, creen entender. No se bien si eso es mejor o es peor; creo que es peor. Pero no es rara esa ilusión o hipnosis del lenguaje, pasa lo mismo con la palabra “átomo” o “libertad”; todo el mundo las usa y entiende pero –Señor, perdónalos— en realidad no saben de lo que hablan. Creo que la mayoría del tiempo vivimos en esa nebulosa que crean las palabras. Salvo cuando tomamos mate o nos besamos.

Tratando de entender la historia de Caín y Abel resultó que se me apareció una manera de entender lo que entiendo por “dios”. Y me pareció buena, en los variados sentidos del término “buena”. A continuación trato de resumirla.

 

***

            El hombre se unió a Eva, su mujer, y ella concibió y dio a luz a Caín. Entonces dijo: “Obtuve un varón con la ayuda del Señor”. Más tarde dio a luz a Abel, hermano de Caín. Abel fue pastor de ovejas y Caín agricultor. Al cabo de un tiempo, Caín presentó como ofrenda al Señor algunos frutos del suelo, mientras que Abel le ofreció las primicias y lo mejor de su rebaño. El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró a Caín ni su ofrenda. Caín se mostró muy resentido y agachó la cabeza. El Señor le dijo: “¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja? Si obras bien podrás mantenerla erguida; si obras mal, el pecado está agazapado a la puerta y te acecha, pero tú debes dominarlo”.

            Caín dijo a su hermano Abel: “Vamos afuera”. Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano y lo mató. Entonces el Señor preguntó a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?”. “No lo sé”, respondió Caín. “¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. Pero el Señor le replicó: “¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano grita hacia mí desde el suelo. Por eso maldito seas lejos del suelo que abrió sus fauces para recibir la sangre de tu hermano derramada por ti. Cuando lo cultives, no te dará más su fruto, y andarás por la tierra errante y vagabundo”. Caín respondió al Señor: “Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo. Hoy me arrojas lejos del suelo fértil; yo tendré que ocultarme de tu presencia y andar por la tierra errante y vagabundo, y el primero que me salga al paso me matará”. Y el Señor puso una marca a Caín, para que al encontrarse con él, nadie se atreviera a matarlo. Luego Caín se alejó de la presencia del Señor y fue a vivir a la región de Nod, al este de Edén.

***

 

Hay una manera usual y obvia de entender este relato que dice así: Caín cometió el pecado de matar a Abel y Dios lo castigó. También aparecen, en esta interpretación, algunos cuestionamientos a la conducta de Dios: ¿por qué no fue equitativo y despreció la ofrenda de Caín? Es cierto que mientras Abel le ofreció lo mejor que tenía, Caín sólo le  presentó algunos frutos, pero no merecía semejante desprecio. Tendría que haber disimulado un poco. Esto no justifica, por supuesto, la respuesta asesina de Caín, pero es entendible y hasta lógico que éste se resintiera. Para colmo, Dios parece seguir hostigándolo cuando, después del desprecio, le pregunta “¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja?”. ¿Acaso no se da cuenta de lo que pasa? Sus exigencias se tornan persecutorias, o al menos incomprensibles.

Esta es, grosso modo, la interpretación usual del sentido común. Quiero anticipar rápidamente que, a mi entender, ésta es una interpretación moralizante y culpabilizadora, que hay que rechazar de plano aclarando, además, que no es la única ni verdadera. Quiero ofrecer aquí una diferente.

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Sebastián Hiyano

Del relato participan tres personajes: Caín, Abel y el Señor. Los tres están presentados como personas concretas que interactúan entre sí: se ven, se conocen, se hablan, etc. Ahora bien, todos sabemos que Dios o el Señor no anda presentándose de esa manera, tan directa y concreta, a nadie. Por lo contrario, si alguien presiente que el Señor se le presentó, de la manera que sea, se cuida muy bien de hacerlo público. Es que sus signos siempre son ambiguos, siempre que se presenta lo hace de manera indirecta, velada, simbólica, etc. A nadie le gusta pasar por loco.

La forma de presentar a cualquier personaje como una persona concreta en lo cotidiano, es la forma de la que se vale el mito para hacer actuar, por ejemplo, personajes tales como la paz, el amor, etc. En definitiva, los personajes concretos del mito del Génesis bien puede que no sean personas en el sentido usual, sino otro tipo de realidades.

Hay, entonces, sólo dos personas de carne y hueso: Caín y Abel. Ambos presentaron sus ofrendas al Señor. ¿Qué debemos entender por esto? Que ofrecieron algo para pedir su ayuda o, también, que se ofrecieron para lo que el Señor disponga. Abel, como sabemos, dio lo mejor de su rebaño, mientras Caín fue un tanto pijotero y sólo dio algunos frutos del suelo. Es decir, Caín prefirió retener lo mejor de sus frutos para él, mientras que Abel se desprendió de lo mejor de sí. ¿Cómo debemos entender estas conductas? La manera usual, que ve todo de manera directa y concreta, imagina a cada uno depositando los animales y los vegetales en un altar de sacrificio. Pero bien puede que no sea así, sino que lo representado en el relato sólo sea una manera metafórica de señalar la forma de estar y de ser de cada uno de ellos en el mundo y ante la vida. Mientras Abel era generoso y se entregaba entero, Caín pensaba en el futuro, era cuidadoso y tal vez un poco mezquino.

De lo que trata el inicio del relato, entonces, no es de una presunta falta grave ante Dios sino de una actitud de vida; habla de que si alguien se entrega entero a la vida, la vida le devolverá lo entregado con creces, mientras que si vive mezquinando su entrega, la vida le mezquinará en la misma proporción. La vida devolverá en razón a lo mismo que entregó.

Pero Caín se obstina en entender todo al revés. Cuando ve que la vida, es decir el Señor, miró con agrado a Abel y su ofrenda, y no miró su ofrenda, en vez de preguntarse qué hace para que la vida no le devuelva lo que espera, lo que hace es envidiar y celar a Abel y enojarse con Dios, es decir, con la vida. Ni sospecha que la vida no hace más que devolverle a cada uno lo que pone, al estilo de un frontón o un espejo, que sólo devuelve lo que se le tira o se pone delante de él.    

Es entendible, entonces, que dada esta situación, la vida le pregunte: “¿Por qué estás resentido y tienes la cabeza baja?”. Con esto le está indicando que su actitud no tiene ni ton ni son, que no puede culpar a nadie de lo que él mismo está produciendo. Por eso le dice: “Si obras bien podrás mantenerla erguida”, es decir, si te entregas todo y no mezquinas nada te sentirás bien, íntegro y contento, sea cual fuere el destino que alcances. En cambio, “si obras mal”, es decir, si calculas y mezquinas, “el pecado está agazapado a la puerta y te acecha”. ¿Cuál es el pecado? ¿Matar al hermano? No. Por ahora no. El pecado, por ahora, no consiste en ninguna falta o transgresión moral, sino en ese estado existencial penoso, escindido y enfermo, en ese proceder de manera mezquina y calculadora, que sólo puede llevar a una vida chata, aburrida y ruin.

Desde ese estado no puede salir otra cosa que la envidia y el odio al otro, al que la vida le sonríe, no puede salir otra cosa que la queja odiosa y el resentimiento, el compararse con otro y la necesidad de reivindicación por medio de la venganza ejemplificadora que haga justicia. Ese estado puede llevar al homicidio.

Pero entendiéndolo bien, ni siquiera se trata de que la vida devuelva lo que cada uno pone. No se trata de una supuesta equivalencia cósmica universal entre acciones y reacciones. No se trata de que a una primera acción mezquina le siga una segunda devolución desgraciada por parte de la vida. No. Es el propio primer acto, es la propia acción la que decide todo. Quien vive mezquinando energía, quien vive calculando no perder, ya vive una vida penosa y escindida, pues toda acción que no está hecha por sí misma sino en función de un supuesto bienestar posterior, es pecado. Y en el pecado está el castigo.

¿Dónde está, en todo esto, Dios? Dios está en todos lados o, dicho de otra manera, todo esto es Dios. Dios es la palabra que nombra esta manera de vivir, esta actitud y manera no mezquina de entender y disponerse en la vida. Es equivalente a «vida», y así podríamos decir que la “vida” está esperando que la amemos y nos entreguemos a ella, y si no lo hacemos, nos castigará con la infelicidad. Dios no es, por supuesto, un ser, un ente ni una persona; es este llamado a vivir de corazón, sin dobleces, sin culpa ni castigo.

SALUD COMUNITARIA Y SALUD COMO DDHH
Héctor Fenoglio

DOS CONCEPCIONES EN POLÍTICA DE SALUD MENTAL

Por Héctor Fenoglio

Exposición en el Foro sobre los «Dispositivos de Salud Comunitaria» en el 5º Encuentro Nacional de Prácticas Comunitarias en Salud (ENPCS) realizado en la ciudad de San Carlos, Valle de Uco, Provincia de Mendoza, Argentina, los días 27 y 28 de Noviembre de 2015.

 

1.- Es peor el remedio que la enfermedad.

El mayor problema que enfrentamos en el ámbito de la Salud Mental no es la llamada enfermedad mental sino el supuesto remedio con que se abordan los padecimientos mentales, es decir, el Modelo Médico Hegemónico (MMH).

El gran problema del Modelo Médico consiste en que:

  1. a) Transforma todo padecimiento mental en un asunto MEDICO, es decir, considera a los padecimientos mentales como una ENFERMEDAD. Por ejemplo, el DSM-5 (último Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría) considera como trastorno mental hasta los duelos por la muerte de seres queridos.
  2. b) Aborda y trata estos padecimientos mediante la MEDICALIZACIÓN. Si bien la MEDICACIÓN puede ser una praxis necesaria y legítima en el marco de un abordaje transdisciplinario, la MEDICALIZACIÓN, en cambio, centra todo abordaje en la administración de psicofármacos como único o principal tratamiento, asentado en una concepción fuertemente organicista y cientificista.

Según el informe del SEDRONAR 2012, casi el 20% de la población argentina consume tranquilizantes (benzodeazepinas) de manera habitual, y casi el 3%  antidepresivos, lo que configura un grave problema de “consumo problemático de drogas legales” administradas por profesionales de la salud. El 80% de este consumo no es administrado por psiquiatras sino por médicos de las más diversas especialidades: clínicos, pediatras, traumatólogos, etc.

Cuando definimos al modelo médico como HEGEMÓNICO, no nos referimos solamente al inmenso poder económico y político de la industria, y de las empresas de seguro médico, sino también, y de manera especial, a su casi pleno dominio en el terreno cultural y científico. El Modelo Médico hegemoniza las actitudes, costumbres e ideas de toda la población, tanto de los profesionales como de los usuarios. El MMH en salud mental, por ende, no se reduce a la praxis psiquiátrica sino que alcanza también a los psicólogos, trabajadores sociales y otras disciplinas vinculadas a la salud mental.

 

Desde este panorama, hay que señalar una confusión, de buena fe, muy común entre aquellos que luchan contra el MMH: aún hoy se sigue pensando que las internaciones son el núcleo duro y el eje de la práctica del MMH en salud mental, sin registrar que ese eje fue reemplazado, en las últimas décadas, por la praxis medicalizadora. Las internaciones fueron el eje de la praxis del MMH porque, aun cuando siempre afectaron a un porcentaje minoritario de la población con padecimiento mental, sin embargo era el recurso médico extremo, disciplinario y de exclusión, por excelencia. Si el recurso al “chaleco de fuerza” está declinando, no es porque el Modelo Médico haya realizado una revisión superadora de su práctica, sino porque lo ha sustituido por el “chaleco químico”. Este giro, en parte, se debe al desarrollo de nuevos psicofármacos, pero, principalmente, se debe a que el “chaleco químico”, además de ser efectivo para el control social, es mucho más económico para las empresas de seguro médico y para los Estados, además de ser un pingüe negocio para los laboratorios medicinales.[1] El resultado de este cambio redundó en que las principales instituciones sociales responsables del cuidado de los padecientes mentales –los Estados y las empresas de seguro médico–, ahora descargan su responsabilidad en las familias, las que son abandonadas a su suerte.[2]

 

2.- El Estado y el Modelo Médico Hegemónico.

Equivocadamente se identifica al MMH con la gestión privada de la salud, las que trafican la salud como una mercancía más. Es claro que la medicina hoy es una gran industria cuyo objetivo es el mismo de toda empresa capitalista: obtener la mayor ganancia, en el menor tiempo y con la menor inversión posible. Esto es lo que acontece hoy en la industria médica, que se desarrolla en dos sectores plenamente articulados: por un lado, las gigantescas empresas transnacionales de seguro de salud (las llamadas pre-pagas en nuestro país), que dominan tanto el mercado mundial como el local; por otro, los laboratorios medicinales y las empresas de tecnología médica transnacionales, de dominio absoluto en el mundo.

Ante esta situación desesperante es muy común caer en el apuro de que, para dejar atrás y superar el MMH, alcanzaría con que la propiedad y la gestión de la industria médica sean estatales, donde la salud no sea considerada un bien transable y la gestión no esté centrada en la ganancia. Esto, sin embargo, es una desgraciada ilusión. Alcanza con echar una mirada a la historia reciente de la medicina en lo que fueron los países del socialismo real (URSS, etc.) para ver que, aun cuando la propiedad de la industria médica era Estatal y la gestión no estaba centrada en la ganancia, el MMH fue llevado a su paroxismo: fue tanto o más cientificista y hegemónico como en cualquier país capitalista.

Pero no hace falta ir tan atrás ni tan lejos, alcanza con echar una mirada a nuestro alrededor, en Argentina, para ver que hasta hoy la propiedad y la gestión Estatal de la salud mental –con gobiernos neoliberales o progresistas–, estuvo y está manejada casi en su totalidad por el MMH, tanto sea en los manicomios del Estado como en el plano asistencial ambulatorio en los Hospitales Generales.

La gestión del Estado puede ser, sin duda, una condición necesaria, pero en absoluto es suficiente para el desarrollo de la salud comunitaria. Para ello debe ponerse en consideración y debate de qué tipo de Estado estamos hablando, pues no es lo mismo un Estado donde la clase política y los funcionarios son los dueños y señores de las decisiones y de la gestión, que un Estado sustentado en la participación, gestión y control popular. Cuando la praxis del Estado –siempre subordinada a intereses partidarios– se halla escindida de la praxis comunitaria, excluyendo todo control popular y toda participación “desde abajo”, tanto en la planificación como en la gestión, la gestión se burocratiza y queda en manos de políticos y funcionarios quienes toman y manejan los organismos del estado como si fueran su “propiedad privada”. Esto es moneda corriente tanto en los países capitalistas centrales como en los países dependientes.

 

3.- La Salud como Derecho Humano.

Ciertamente, el planteo de que “La Salud es un Derecho” se opone y supera ampliamente al planteo de que “la salud es una mercancía”. Pero también es cierto, como lo atestiguan muchísimos ejemplos históricos de Estado de Bienestar (Canadá, Inglaterra de post-guerra, etc.), que la salud como un derecho garantizado por el Estado no altera sustancialmente la lógica capitalista ni, menos aún, conduce a la superación del MMH.

La “evolución” de los DDHH de “primera generación” hacia los DDHH de “nueva generación”, es decir, el pasaje de que el Estado debe garantizar los DDHH políticos y civiles “individuales” a garantizar los DDHH “sociales”, ha implicado, sin duda, un significativo avance. No es lo mismo que el Estado garantice el derecho de propiedad de una casa o el de trabajar libremente, a que deba garantizar el acceso efectivo a ser propietario o de usufructuar de una casa o garantizar el acceso efectivo a un trabajo. De igual manera, no es lo mismo que el Estado garantice el derecho a la salud, a que deba garantizar el acceso efectivo a la salud al conjunto de la población. Este cambio constituye, aun cuando los derechos no se hayan concretado efectiva o plenamente, un salto sustancial interno en la concepción de los DDHH. A lo que apuntan los DDHH de nueva generación, entonces, es que el Estado debería garantizar el acceso efectivo a la salud.

En el campo popular hay, sobre esto, acuerdo unánime –y no solo en salud, sino en todos los ámbitos: trabajo, vivienda, educación, etc.

 

La primera gran diferencia con la política de concebir la Salud como DDHH es que la Salud Comunitaria denuncia que los Estados se quedan, no solo en Argentina sino en todo el mundo, en un plano meramente declarativo y enunciativo de los DDHH de nueva generación; es decir, a pesar de que declaran la responsabilidad del Estado al respecto, en la realidad nunca los llevan a la práctica.[3]

Ahora bien, en relación a garantizar el acceso efectivo a la salud mental, hay que reconocer que el Estado argentino ha venido “garantizando”, desde hace muchos años aunque con notorias falencias, el acceso gratuito a la salud mental: ofrece los manicomios y los servicios de salud mental de los Hospitales Generales como lugar de recuperación de la salud; y, en los últimos años, también garantiza el acceso gratuito a los psicofármacos mediante el “certificado de discapacidad”. O sea: el Estado argentino viene garantizando el acceso gratuito a la salud mental de la población, pero de acuerdo a los parámetros del Modelo Médico Hegemónico. Esta es la segunda gran diferencia de la Salud Comunitaria con la política de la Salud como Derecho.

Hablar, entonces, simplemente de “Derecho a la Salud”, en abstracto, sin establecer de manera concreta qué entendemos por prácticas de salud es, por lo menos, confuso, y por lo más, peligroso.[4]

Así como el MMH ya no se caracteriza, como establecimos, por las internaciones, tampoco se reduce a la medicalización. Ambas malas praxis no constituyen su esencia sino la manera histórica en que se realiza su concepción de base. Aunque no llegue a internar ni a medicalizar, la praxis del modelo médico hegemónico (“discurso médico”) es profundamente disciplinador, ordenador psico-social, normalizante y moralizante. Se arroga el derecho de saber y de establecer qué es salud y qué es enfermedad mental, qué conductas son sanas y cuáles enfermas, qué pensamientos son sanos y cuáles enfermos, incluso se atribuye el derecho de establecer qué está bien y qué esta mal en la vida de cualquiera. Más que una práctica terapéutica es, sin metáfora, una verdadera práctica micro-política, una auténtica militancia psico-política amenazante, con efectivos poderes represivos ideológicos y jurídicos sobre todos: pacientes, familiares y sociedad. Y si bien este carácter normalizador psicopolítico brilla por su evidencia en la figura del psiquiatrón autoritario, no es para nada ajeno –aunque sea menos visible y por ello más peligroso– a la figura del profesional psi progresista, amigote y “buena onda”, más allá de la disciplina que practique, pues ambas figuras basan su lugar profesional y su praxis en el mismo fundamento normalizante y moralizador. Así como en algunas operaciones matemáticas el orden de los factores no altera el resultado, el dominio de la modalidad autoritaria o de la modalidad bonachona y paternalista no altera el fundamento disciplinador que se manifiesta, sin decirlo de manera explícita, en una disposición descalificadora que se podría resumir en: “¡ojo!, yo soy el sano y vos el enfermo”. Aquí radica el fundamento ideológico del MMH, el que hace posible y necesaria, entre otras malas praxis, las internaciones y la medicalización.

La Ley Nacional de Salud Mental Nº 26.657, en relación al abordaje comunitario, es un claro ejemplo tanto del vicio de quedarse en la mera declaración enunciativa como de no atacar, principal y decisivamente, a la medicalización y a la concepción de base del MMH con medidas y disposiciones sanitarias comunitarias con “fuerza de ley” –y no tan solo “promoverlas”. Si bien muchos compañeros que impulsan la plena implementación de la LNSM reconocen, como nosotros, estas limitaciones de la ley, siguen pensando que, aun así, dicha ley es un “programa” político en salud mental que, aun sin “fuerza de ley”, sintetiza los objetivos de nuestra la lucha. Ante esto hay que señalar dos asuntos. Por un lado, hay que recalcar que la LNSM no es un “programa” que apunte a la abolición del MMH, sino al resguardo de DDHH de los compañeros internados. Por otro lado, ni cien leyes ni mil “programas” alcanzan, ni de lejos, a modificar la realidad efectiva del MMH. Aun cuando el mejor “programa” sanitario fuera sancionado como ley, no puede imponerse por “fuerza de ley” a los directores, a los funcionarios, profesionales, trabajadores, familiares y hasta usuarios de las  instituciones de salud mental, quienes por centenas de años vienen sosteniendo al MMH de manera ingenua o deliberada. En esto, estoy seguro, todos estamos de acuerdo. El grave y peligroso riesgo es –y veo que eso está ocurriendo– que la sanción de una ley instale y promueva la ilusión de que una ley puede cambiar la realidad, que una vez sancionada el Estado o alguien la “aplicará” sin ser necesaria nuestra participación. Una y otra vez hay que insistir en que solo un profundo cambio político y cultural, que solo la organización y transformación de todos los actores comunitarios, desde los directores hasta los usuarios de los servicios de salud, puede abolir al MMH. Nunca, como en este caso, se ha visto la unidad y hasta la identidad de dos cuestiones aparentemente separadas: la transformación política, y el acceso real y efectivo a la salud. Y esto también lo sabemos todos.

Hay, entonces, que declararlo de manera clara y alto: las leyes no curan.

 

4.- Una comunidad que no se empodera, es una comunidad enferma.[5]

La Salud Mental Comunitaria no consiste en lograr el acceso generalizado a la salud mental que ofrece el MMH, sino en subvertir y sustituir, en la práctica, dicho modelo.

Se me objetará que este es un asunto político y no un asunto de salud, a lo que respondo: acuerdo que es un asunto político, pero desacuerdo en que no sea un asunto de salud. Hace ya tiempo que dejamos atrás –el psicoanálisis es una referencia imprescindible– las malsanas dicotomías sobre si la salud mental es un asunto individual o social, si es algo interior o exterior, subjetivo u objetivo, dicotomías en las que el MMH irremediablemente se debate. La Salud Mental Comunitaria es un proceso integral de prácticas de sanación, salvación, liberación, des-alienación, hacer conciente lo inconciente y varias fórmulas más, y solo puede darse subvirtiendo los modos de producción de sujetos propios del capitalismo.

He perdido ya la cuenta de las veces que me han hecho el reproche de que todo esto está muy lindo, pero que por ahora es imposible, que es un objetivo a futuro y que mientras tanto hay que luchar por lo posible. Percibo, en quienes hacen este reproche, que desean e imaginan un futuro revolucionario, donde el Estado garantizará un estado de plena salud mental. Esto, sin embargo, y duele decirlo, es una ilusión. Quiero decir, es una idea deseada-imaginada que nada hoy indica que pueda llegar a realizarse. Y aun cuando se diga que funciona como utopía que da fuerzas a la lucha, nos encierra en una lógica viva de medios y fines ajena a la perspectiva emancipadora. Bien que se puede hacer lo que queremos, sentimos y tenemos que hacer, basándonos en la fuerza inmanente de nuestras vidas –y creo que es así como realmente lo hacemos, aunque no lo sepamos–, sin apelar a objetivos trascendentes, como el Cielo de los creyentes.

Insisto: hoy es totalmente posible llevar adelante una práctica que subvierta el MMH. Esto no quiere decir, lo que es obvio, que sea posible transformar todo el sistema de salud dominado por el MMH; pero esa realidad no implica que no sea posible desarrollar hoy una praxis de Salud Mental Comunitaria. Con todas las limitaciones y todas las dificultades que conocemos –y otras que ni siquiera imaginamos. Sin embargo es totalmente posible y necesario subvertir el MMH, y desarrollar la Salud Comunitaria en la magnitud y calidad que podamos. Esto es posible y es realista, no apunta ni se apega a ninguna ilusión futura, no busca alcanzar ningún ideal; simplemente subvierte, en el orden de lo posible, una realidad que nos enferma a todos, sin excepción.

El MMH se fue incrustando en nuestros cuerpos, costumbres y pensamientos a lo largo de nuestras vidas, como pacientes o profesionales, desde el parto hasta la formación universitaria. Es por ello que, los que luchamos por una SALUD COMUNITARIA, no consideramos que podemos estar exentos de la hegemonía del modelo médico; al contrario, reconocemos estar  atravesados por el mismo hasta los huesos.

Es por ello que a la SALUD COMUNITARIA no la entendemos como un modelo de praxis ya constituida, que se enfrenta limpia, pura y ya acabada contra el MMH, al que simplemente habría que suplantar, sino que la entendemos como un trabajo arduo y constante por superar la hegemonía del MMH en nosotros mismos, como profesionales o como usuarios. Y si lo hacemos, es porque lo reconocemos como algo dañino y enfermante para todos, usuarios y profesionales.

Como profesionales reconocemos que el MMH nos vuelve burócratas de la salud, pues nos induce a aplicar un saber y una práctica ajena a nosotros; nos deshumaniza, pues el MMH toma el sufrimiento humano como un objeto y profesionalmente nos vuelve crueles e inhumanos; nos enfrenta entre nosotros exteriormente y nos disocia interiormente, al considerar que el sufriente tiene una enfermedad o problema del cual somos ajenos y que no nos afecta en absoluto.

Que la SALUD COMUNITARIA no sea una praxis ya constituida y acabada que se levanta contra el MMH para simplemente suplantarlo, no debe entenderse en el sentido de que recién está naciendo y le resta crecer y madurar, sino que, por esencia, es una praxis nunca acabada y cerrada, pues expresa la apertura, la incompletitud y la inconsistencia de la vida misma, de la vida comunitaria de la que somos parte.

La SALUD COMUNITARIA no será nunca un saber y una praxis ya constituida y acabada que es “aplicada” por profesionales a los problemas de la comunidad desde afuera. Si bien los profesionales, en tanto agentes de salud comunitaria, ofrecemos nuestros servicios a la comunidad basados en nuestra preparación técnica y experiencia propia, no trabajamos “para” la comunidad como si fuera “para otros”, “para ellos”, para una comunidad que tiene problemas ajenos a los nuestros. Los agentes de salud comunitaria trabajamos en y desde la comunidad a la que pertenecemos, y los problemas de nuestra comunidad también nos atraviesan como a cualquiera. Los agentes de la salud comunitaria no somos los “sanos” que vamos a curar a los “enfermos”. Los problemas de nuestra comunidad son nuestros propios problemas. En nuestra praxis no escindimos nuestra condición de persona miembro de la comunidad de nuestra condición de profesional de salud, sino que las reunimos y las reconciliamos en nuestra praxis.

La comunidad, por último, no es el conjunto de gente que vive en un barrio, en un territorio, en el sentido de una zona geográfica, jurídica o política; si queremos hablar de territorio en todo caso se trata de un territorio común de asuntos y problemas que nos atraviesan a todos los que somos parte de esa comunidad, seamos cercanos o lejanos en sentido geográfico.

La SALUD COMUNITARIA es, por todo esto, sinónimo de poder y organización popular, de empoderamiento de todos y cada uno, sin esperar que nada ni nadie nos venga a salvar.

[1] Este proceso no se ha desarrollado sin contradicciones entre las empresas de seguro médico, que quieren gastar lo menos posible, y los laboratorios medicinales, que quieren vender lo máximo posible.

[2] Ley Nacional da Salud Mental  Nº26.657 se centra y limita al resguardo de los DDHH en las internaciones psiquiátricas; ignora, de esta manera, tanto el problema de la medicalización como los otros problemas sanitarios que, comparados con las internaciones, son de una escala muchísimas veces mayor, tanto en frecuencia como en porcentaje de incidencia en la población. Por ello es que, aunque es un avance, lo consideramos muy limitado; por otro lado, no la consideremos una real ley de salud mental sino, más bien, de resguardo de derechos civiles. Al respecto, consultar mi artículo “Avances y límites de la Ley Nacional de Salud Mental” en www.centrolapuerta.com.ar

 

[3] La Ley Nacional de Salud Mental Nº 26.657 es un ejemplo de esto en relación al abordaje comunitario.

[4] Esta limitación del paradigma de “la  política de DDHH” en salud mental, consistente en la mera exigencia de que el Estado debe garantizar la salud en abstracto sin especificar el sentido concreto de la misma, no solo se extiende a todos los otros ámbitos de la salud sino, también, a todos los demás ámbitos de exigencia de cumplimiento de DDHH por el Estado: el trabajo, la educación, la vivienda, urbanismo, etc.

 

[5] Se me ha cuestionado el uso de la palabra “enfermo” por ser propio del MMH. La etimología de “enfermo” es “in-firme”, no firme. Ese es el sentido que le doy.

AUDIOVISUALES

 

ALMUERZO EN LA PUERTA

 

MURAL DE LA PUERTA

 

LA FLOR DEL INCONCIENTE – Taller de Creatividad del Centro LA PUERTA – Septiembre 2015

CENA COMUNITARIA – Lentejeada en La Puerta – Junio 2015

1º de Mayo 2015 – Día del Trabajador – Día Institucional de La Puerta

CHARLA-DEBATE – 12:30 hs
“AUTOGESTION Y AUTONOMÍA”
– La Puerta es un proyecto colectivo de autogestión. La autogestión no se reduce a una cuestión administrativa u organizativa. A la salud, al arte como al pensamiento la entendemos como una gestión comunitaria autónoma tanto del mercado como del Estado. Nos inscribimos en una larga historia de emprendimientos sin patrones ni empleados, tampoco como profesionales liberales o cuentapropistas. Con ello pretendemos romper en acto los lugares propios de la vida capitalista que nos enferma y automatiza.
– En la 9ª CELEBRACION DEL 1º de MAYO debatiremos estos asuntos. En esta ocasión hemos invitado a Raúl Cerdeiras, director de la revista Acontecimiento y reconocido filósofo y pensador, quien disertará sobre este tema. El poeta, dramaturgo e incansable luchador de los DDHH Vicente Zito Lema hará un comentario sobre la misma, y Héctor Fenoglio, director del Centro La Puerta, hará de moderador.

LOCRO – 14:30 hs

MUSICA EN VIVO y RECITAL DE POESIA – desde 16 hs

Presentación del libro ”Actuar como loco” de Alan Robinson

3 de Diciembre 2013
Edición Milena Caserola

Musica:
Protestango “El Colifa”
Fela Kuti ”Sorrow Tears and Blood”

Imagen y Edición:
Jean Segura

 

Jesús Mundial 2014

LA BHAGAVAD GITÁ
Gambhirah

EL MENSAJE DE LA BHAGAVAD GITÁ Y SU APLICACIÓN A LA VIDA COTIDIANA

– El yoga del renunciamiento a los frutos de los actos –

Charla dictada por Gambhirah Chaitanya

La cultura occidental está volcada enteramente a la acción exterior (dominio de la naturaleza) y ubica, tanto los problemas como la solución, en la pura exterioridad. consecuentemente cree que la cultura oriental se orientó enteramente hacia la interioridad, buscando la liberación y realización humana en una acción puramente interior, de espaldas al mundo exterior.

Esto no es así. La Bhagavad Gitá -reconocido texto sagrado de la India- nos marca, con una precisión luminosa, la manera de superar en la práctica la oposición alienante entra acción exterior y acto interior. No propone la “no acción”, como comúnmente se cree que postulan las filosofías prácticas orientales, sino el “renunciamiento a los frutos de los actos”, lo que es muy diferente.

PARTE 1

Proximamente PARTE 2 y PARTE 3

DESMONTAJE DE LAS PASIONES TRISTES
Héctor Fenoglio

 Por Héctor Fenoglio

La premisa fundamental de la cura psicoanalítica es hacer conciente lo inconsciente. Cuando, en los inicios, lo inconsciente era equivalente a lo reprimido, la cura consistía en resolver las represiones mediante interpretaciones y el vencimiento de las resistencias. Posteriormente Freud reconoció que lo inconsciente no coincide con lo reprimido: si bien todo lo reprimido es inconsciente, no todo lo inconsciente es reprimido. Se abrió así un amplio campo de investigaciones y debates sobre el concepto de inconciente y sobre los procedimientos “técnicos” de cura, que continúan en la actualidad.

Aunque todo esto es archiconocido en la comunidad psicoanalítica, no se registran, sin embargo, cambios o aportes significativos tanto en la “técnica” como en los dispositivos de cura: por lo general, tanto por lo legos como por los entendidos, se sigue identificando y reduciendo la praxis psicoanalítica al dispositivo clásico de atención profesional individual en un consultorio, mediante la “técnica” de diván, asociación libre e interpretación, procedimiento surgido y adecuado para hacer conciente lo inconsciente reprimido, pero ineficaz para la investigación y cura de lo inconciente que no coincide con lo reprimido.

EL «LABORATORIO DE PENSAMIENTO»

Quiero poner en consideración aquí una praxis encaminada a hacer conciente lo inconsciente que, aun cuando se aleja considerablemente del modelo clásico de cura, la reivindico como una praxis psicoanalítica. El objetivo que persigo no es legitimar esta praxis bajo la denominación de “psicoanalítica” (cuestión menor ya que lo que verdaderamente interesa es establecer si es eficaz o no, cosa que tengo por demostrada), sino, a la inversa, enriquecer el debate sobre el significado de lo inconciente y los medios prácticos para hacer conciente lo inconciente desde una experiencia que, a primera vista, nada tendría para aportar.

Se trata de un «Laboratorio de Pensamiento» que vengo coordinando desde hace varios años[1]. No se trata de una experiencia terapéutica en el sentido usual del término; por mi parte la considero una experiencia de pensamiento. A diferencia de un Curso, que apunta a la trasmisión literal de un conocimiento establecido, el Laboratorio de Pensamiento tiene por objetivo desarrollar, a partir de ciertos textos, una praxis de interpretación con efectos desalienantes.

Toda lectura y apropiación de un texto es una praxis, es decir, una articulación real, precisa y efectiva entre el contenido y la forma, entre el enunciado y el acto de enunciación, entre lo simbólico y lo real, praxis que determina una disposición existencial de vida. Hay diferentes praxis de escritura y de lectura. La académica, por ejemplo, es una praxis mediante la cual tan solo se registra, de manera conciente, el contenido literal del texto mientras, en el mismo acto, escamotea la praxis efectiva que realiza. La alienación propia de esta praxis resulta del autoengaño, consistente en creer que solo se estudia un contenido literal y no reconoce lo que efectivamente hace.

El Laboratorio de Pensamiento abre otro camino: intenta ser una praxis que, a través de una interpretación no literal, siempre oculta a la posición existencial propia de nuestra cultura, opere un cambio en el punto de vista del lector y, mediante ello, transforme la posición real de vida.

Cuando se habla de interpretación de un texto, por lo general se entiende o bien establecer el correcto significado literal de su contenido o bien aventurar su sentido alegórico, con mayor o menor arbitrariedad, siempre inverificable. La interpretación no literal que buscamos en el Laboratorio, en cambio, aunque se ajusta perfectamente a la letra del texto, no es literal ni alegórica, y verifica su justeza en la experiencia de cambio del punto de vista con una transformación efectiva de la posición existencial encarnada en cada uno.

Pasemos a ver una de las experiencias desarrolladas en el Laboratorio.

LAS PASIONES Y EL PENSAMIENTO EN SPINOZA

Me centraré en el Laboratorio encaminado al «Desmontaje de las pasiones tristes», basado en la Ética de Spinoza, realizado en 2013 y 2014 con un grupo de 10 integrantes en sesiones de 2 hs. semanales.[2]

Según Spinoza, “Si una cosa aumenta o disminuye, favorece o reprime la potencia de obrar de nuestro cuerpo, la idea de esa misma cosa aumenta o disminuye, favorece o reprime la potencia de pensar de nuestra alma” (Prop. XI, parte III)[3]. Y agrega: “El alma puede padecer grandes mutaciones y pasar ya a una mayor, ya por el contrario, a una menor perfección; y estas pasiones nos explican los afectos de alegría y tristeza. Por alegría entenderé, pues, la pasión por la cual pasa el alma a una mayor perfección. Por tristeza, al contrario, la pasión por la cual pasa el alma a una menor perfección” (Escolio).

El objetivo planteado, entonces, consistió en favorecer o aumentar nuestra potencia de obrar. Para hacerlo se propuso la tarea “desmontar” las pasiones tristes llevando a la práctica el “remedio” planteado en las Proposiciones II, III y IV de la Parte V. de la Ética:

  1. II: “Si una conmoción del ánimo, o sea, un afecto, la separamos del pensamiento de una causa externa y la unimos a otros pensamientos, se destruirán el amor o el odio a la causa externa, como asimismo las fluctuaciones del ánimo que nacen de estos afectos”. O sea: “el amor o el odio es una alegría o tristeza acompañada por la idea de una causa externa: quitada, pues, ésta, se quita a la vez la forma del amor o del odio, y, por tanto, se destruyen estos afectos y los que nacen de ellos”.
  2. III: “Un afecto que es una pasión deja de ser una pasión, tan pronto como nos formamos de él una idea clara y distinta”. Y agrega: “Un afecto que es una pasión es una idea confusa. Si, pues, de este afecto nos formamos una idea clara y distinta,…el afecto dejará de ser una pasión” (Escolio). Termina así: “Un afecto está, pues, tanto más en nuestra potestad y el alma padece tanto menos en virtud de él cuanto más conocido nos es” (Corolario).
  3. IV: “No se da ningún afecto del cual no podamos formar algún concepto claro y distinto” (Corolario.). Y agrega: “Cada cual tiene la potestad de entenderse a sí mismo y de entender sus afectos clara y distintamente, si no de manera absoluta, al menos en parte; y, por consiguiente, de lograr padecer menos a causa de ellos. Por eso se ha de procurar, sobre todo, esta cosa, a saber: conocer cada afecto, cuanto es posible, clara y distintamente…; y, por tanto, para que se separe el afecto mismo del pensamiento de una causa externa y se la una a pensamientos verdaderos; de donde resultará que no se destruyan sólo el amor, el odio, etc., sino que los apetitos o deseos que suelen nacer de tal afecto tampoco puedan tener exceso…; y de este modo todos los apetitos o deseos sólo son pasiones en cuanto nacen de ideas inadecuadas; pero son imputados a la virtud cuando son excitados o engendrados por ideas adecuadas…; y fuera de este remedio de los afectos, a saber, el que consiste en su verdadero conocimiento, no puede excogitarse ningún otro más excelente que dependa de nuestra potestad, puesto que no se da ninguna otra potencia del alma más que la de pensar y formar ideas adecuadas…” (Escolio).

EL DESMONTAJE DE LAS PASIONES TRISTES

Después de leer y comentar estos y muchos otros pasajes de la Ética, la mecánica de trabajo se desarrolló así:

 En primer lugar, se realizó una tarea de primer registro: 1) hicimos una exhaustiva lista de las pasiones (cada uno tomó dos o tres letras del diccionario y realizó el inventario más completo posible. No reproduzco esta lista por su extensión, pero quien lo desee puede remitirse a la lista de pasiones registradas en la Ética); 2) de esa lista establecimos cuáles son pasiones tristes y cuáles alegres (se dieron arduos debates, por ejemplo: “compasión”); 3) de esta lista, cada uno seleccionó las cinco pasiones tristes más comunes en su vida.

De esta primera parte surgieron algunas conclusiones. Por un lado, que la pasión más común fue el “enojo” y sus asociados: “sacarse”, “rencor”, “ofensa”, indignación”, etc. Vimos que estas pasiones “enojosas” formaban un “paquete” o una “familia” (posibles de ubicar jerárquicamente, tales como abuelos, padres y madres, tíos, primos, etc.). Secundariamente aparecía o no otro “paquete”, pero el principal era claramente reconocible. Registramos también otras “familias” de pasiones pero, a fin de hacer más clara y sencilla la exposición, solo tomaré la del “enojo”. Vimos, además, que el “enojo” se presentaba de manera casi idéntica entre todos los que lo padecen, lo cual hizo muy claro que esta pasión, más que sustentarse en reacciones únicas y exclusivas de la historia de cada individuo (más allá de lo que él crea) es más bien lo contrario: una reacción típica y supraindividual, a la que en el Laboratorio denominaron “programa”, en el sentido de que se está programado para reaccionar de tal manera.

Se pasó después, a una etapa de segundo registro: 4) al final del día, cada uno debía registrar cuántas veces se había enojado (tomándose cinco minutos antes de dormir); 5) progresivamente, debía anotar en qué circunstancias, porqué se había enojado y con quién.

En esta etapa aparecieron cuestiones muy interesantes. Primero, que los enojos son pensamientos actuados y/o sentidos: “me enojé porque lo que me hizo no está bien”, etc. Esto, que resulta casi una obviedad, sin embargo es algo que por lo general se pasa por alto y se concibe al enojo como una reacción “natural”, ajena al pensamiento, casi “corporal”, tal como respirar o ganas de ir al baño. Estos pensamientos actuados/sentidos, además, son altamente elaborados y de una arquitectura muy precisa: si bien la envidia y los celos, por ejemplo, son parientes cercanos, son también pensamientos bien diferentes: la primera es tristeza por el bien ajeno y alegría por el mal ajeno; en los celos, en cambio, interviene una tercera persona, y es odio a la cosa amada que ama a la tercera, agregándose la envidia a esta última.

En segundo lugar, el enojo es una reacción automática sobre la cual la persona no tiene poder de decisión, es decir, no hay un momento de evaluación donde decide enojarse, sino que simplemente se enoja: cuando llega, el enojo “toma” por asalto, y la persona “cae” en enojo. Sin embargo, desconociendo este hecho, quienes se enojan lo consideran como un acto libre de su parte; “yo me enojo”, afirman, con la misma seguridad y certeza conque decidirían “yo tomo un vaso de agua”. Desconocen o reniegan el hecho evidente de que nadie puede enojarse voluntariamente, porque sí, en cualquier momento y con cualquiera, por mera decisión, sino que se enojan como reacción inmediata ante una situación que, por lo general, no es buscada ni deseada concientemente. Este “ser tomado” por el enojo hace ver que, a pesar de ser un acto que se registra concientemente, en realidad no se decide concientemente sino que viene solo y se impone. Este automatismo no es visto ni registrado por el yo que se enoja, quien, sin embargo, y contra toda evidencia, lo reivindica como una acción propia y libre. Constatamos así una “identificación” plena, casi delirante, del yo con el enojo (lo mismo ocurre con todas las pasiones).

En tercer lugar, al analizar los motivos concientes del enojo, éstos casi siempre se demostraron como infundados, improcedentes y hasta ridículos. Una persona se enoja porque un amigo no le devolvió un libro, cuando esto era altamente probable y él ya lo sabía. Otra se enoja con su esposa porque no tiene una conducta activa en busca de trabajo, cuando sabe que ella siempre fue así. Otra se enoja con los bancos porque cobran altos intereses, y termina diciendo “siempre hacen lo que quieren”. Es decir, los enojos no preparan para una acción eficaz de solución de un problema sino que, al contrario, no conducen más que a hacerse malasangre y a agregar un nuevo problema, agravando la situación. No es raro que, ante estas reacciones, se nos imponga la impresión de que a la gente le gusta enojarse, hacerse malasangre, quejarse, etc. Otro dato no menor: la mayoría de los enojos se producen con las personas más cercanas: esposa/o, madre/padre, hijos/as, etc. A partir del análisis de los diferentes motivos declarados del enojo que realizamos en esta etapa se fue haciendo conciente que, por lo general, los enojos se disparan ante una expectativa frustrada, expectativa por lo general de carácter ilusoria, infundada y hasta ridícula. La constatación de lo ilusorio de tales expectativas trajo consigo alivio, lo que se expresaba en risas y cargadas mutuas entre los participantes del Laboratorio.

Después se pasó a una tercera etapa de registro-acción: 6) se indicó que se registrara el enojo en el mismo momento en que aparecía (o lo más cerca posible); 7) una vez que se establecía el registro del enojo en “tiempo real”, se “parara” o “cortara” la reacción automática, dejando en suspenso el enojo. Esto trajo, nuevamente, observaciones interesantes: se reconoció, clara y unánimemente, que bastaba el registro del enojo en tiempo real para que el enojo cediera y la persona ya no se enojara. Ante esto podríamos concluir que el automatismo del enojo no es algo “natural” e irrevocable; que es posible “parar” el enojo, y que este “parar” no es represión del mismo (“tragarse” o “guardarse” el enojo), sino desmontar el andamiaje que lo sustenta; que este desmontaje del enojo se opera por una “des-identificación” del yo con el enojo, poniendo entre ambos una distancia necesaria para hacer conciente una reacción automática inconciente.

Quien lo desee puede llevar adelante la experiencia reseñada y constatar por sí mismo la efectividad o no de este procedimiento. Por mi parte agrego que también he aplicado este procedimiento al tratamiento con pacientes neuróticos y psicóticos, observando los mismos resultados. Con respecto a las implicancias conceptuales que de esta experiencia se pueden extraer sobre lo inconciente, el yo, el hacer conciente lo inconciente y muchos otros asuntos, dejo a cada cual la tarea de articularlo con el extenso cuerpo de ideas del psicoanálisis.

CONCLUSIONES

Aunque la experiencia del Laboratorio no fue ni es ofrecido como un dispositivo “terapéutico”, son innegables los efectos saludables que conlleva. Esto conduce, por lo menos, a  repensar la identificación plena (que llega hasta constituirlos en sinónimos), entre praxis de salud mental y “tratamiento” psicoterapéutico; también conduce a repensar qué entendemos por “salud mental” y qué por “terapéutico”.

Otro asunto a destacar es que, si bien los cambios en la posición existencial son registrados por cada uno de los integrantes, no menos cierto es que tanto los automatismos, la identificación ciega con la pasión, como el desmontaje del automatismo y el darse cuenta del autoengaño de las motivaciones pasionales son muy similar en todos, lo cual lleva a pensar que no nos enfrentamos con asuntos propios y exclusivos de la historia individual de cada uno, sino identificaciones (ideas-afectos) prototípicos de nuestra cultura que precipitan reacciones y autoengaños propios del yo actual.[4]

Por último, siendo fiel a la letra de Spinoza pero también al espíritu del legado de Freud, la praxis del Laboratorio es una experiencia de pensamiento que hace conciente lo inadecuado de las ideas-afectos de las pasiones y las disuelve mediante la elaboración de ideas-afectos adecuados. No se trata de estudiar la “teoría” de Spinoza sobre las pasiones, se trata, de acuerdo con las palabras de uno de los integrantes, de una “experiencia de verdad”.

[1] Este Laboratorio es la continuación del Taller de Pensamiento que desarrollé desde 1989 al 2002 en diferentes ámbitos de la UBA.

[2] Para ver otros abordajes que hemos realizado en el Laboratorio puede consultarse www.centrolapuerta.com.ar

[3] Tomo las citas de la edición de la Ética del Fondo de Cultura Económico.

[4] Al respecto dice Freud: “A nuestro juicio, también los demás afectos [no solo la angustia] son reproducciones de sucesos antiguos, de importancia vital y, eventualmente, preindividuales; los consideramos como ataques histéricos universales, típicos e innatos comparados a los ataques de la neurosis histérica, recientes e individualmente adquiridos…” (Inhibición, Síntoma y Angustia, VIII, pag. 2860, Ed. Biblioteca Nueva).

EL LECTOR
Javier Bogarín

Por Javier Bogarín

 

Don Lucas era un ávido lector, gastaba gran parte de su jubilación en libros, cuando esta menguó recurrió a bibliotecas públicas.
Una mañana decidió encerrarse en el sótano durante días desoyendo los llamados a almorzar de su esposa.
Estaba ocupado, hasta que una noche terminó.
Se encerró en el cubo de hierro poniéndolo en funcionamiento. Un ronroneo despertó a su esposa, pero él continuaba su plan:
-Esta cámara contiene un dispositivo que provocará el exterminio de la raza humana, una vez hecho esto leeré todo lo que quiera de librerías y bibliotecas. Chejov, Dickens, Cortázar, Bradbury, Nabokov, Italo Calvino y otros me esperan- aseveró el anciano frotándose las manos.
Un sacudón.
-¡Ya está!- salió, subió las escaleras, corrió por Corrientes desierta. Entró a Gandhi, comenzó a manotear desesperadamente volúmenes, saliendo del local con los brazos rebosantes de libros. Un tropezón lo hizo caer a la acera, rompiéndole los anteojos.
Don Lucas, sentado en el suelo tomó sus lentes rotos y temblando balbució.
-¡No! ¡no es justo!-y empezó a aullar ante los silenciosos edificios.

ELLECTORIMAGEN

 

 

Javier Bogarín,  Argentino, nació el 10 de enero de 1971. Cursó estudios primarios y secundarios completos en el Instituto Sagrada Familia y universitarios incompletos en la carrera de Bibliotecología y Documentación en la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. En el 2001 participa de su primer certamen literario integrando una antología con el cuento e terror La Cabeza – Universo Rojo, editorial Peazeta. En el 2008 publica su primer libro de cuentos Lo Desconocido para la editorial Dunken, antología de relatos de ciencia ficcion y terror.

UNO Y EL RESPETO A LA DIFERENCIA
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio

Uno siente que su vida se debate entre dos poderosas fuerzas en conflicto. Por un lado, la satisfacción plena y sin remordimientos de sus inclinaciones egoístas —ser único—; por otro lado, la obligación de coincidir con la ley general como el único reaseguro de la vida social e individual —ser uno más.

Nadie en su sano juicio puede querer realmente regular su vida imponiendo las tendencias “egoístas y animales” por sobre la ley general, pero tampoco las puede eliminar definitivamente: el conflicto parece perpetuo. Entonces uno se aferra a las leyes como el sustento último de la vida en sociedad, y las reconoce como el mayor grado de civilización posible.

Este planteo, en apariencia trivial, es, sin embargo, la base sustentadora de la posición liberal hoy dominante y asumida, además, como propia por el progresismo —es decir, por uno. Pensar al liberalismo, entonces, no consiste en un mero ejercicio intelectual sino en cómo uno puede ir más allá de uno mismo para enfrentar el democratismo total con que el capitalismo globalizado nos chantajea.

INTRODUCCION.

Me decís: “vos pensás eso pero yo pienso esto otro, y como cada uno tiene el derecho de pensar como quiera, debemos respetar esas diferencias entre uno y otro”.

Uno no puede discutir esta posición; más aún, se le presenta como fundamental en la relación con el otro y, por lo tanto, debe aceptarla. Pero como uno es más que uno, eso no lo deja tranquilo: a uno le gusta creer que puede pensar como quiera y se atribuye ese derecho, pero en realidad piensa como es y de allí no puede moverse un milímetro, por más derechos que diga tener. Porque en el asunto de ser lo que uno es, no hay derechos que valgan: uno es lo que es, te guste o no te guste. Entonces entendámonos: cuando hablo de diferencias, hablo de eso —no de derechos.

I.- POR SU CONSTITUCIÓN, UNO NO PUEDE ACEPTAR LA DIFERENCIA.

Pensar diferente, sentir diferente, creer diferente; nada de eso es difícil de soportar siempre y cuando podamos recurrir indiscriminadamente a la condición de subjetividad, por la cual nos comprometemos a aceptar que cada uno piense diferente, siempre y cuando nadie pretenda ser ni considerarse el único. Es decir, cada uno tiene tanta validez como cualquier otro, todos somos equivalentes.

Es bajo esta condición que se dan las diferencias entre uno y otro; pero esa misma condición imposibilita la real diferencia puesto que, una vez establecida, nada interno nos puede hacer necesariamente diversos. De allí en más las diferencias siempre serán contingentes. Por el contrario, lo que esa condición sí vuelve necesario es que, en el fondo, todos debemos ser iguales, igualmente no verdaderos. Ésta es la igualdad democrática: como no hay uno verdadero, todos somos unos falsos.

En base a la condición de subjetividad, cuando se habla de respetar las diferencias, lo que se está diciendo es: en última instancia hay que considerar al otro —aún con todas sus diferencias— en un plano de igualdad con nosotros. ¿No es esto acaso desconocer de raíz las diferencias?

Por eso es que, dentro de esta posición, hablar de respeto a las diferencias es una fachada, pues antes que nada se exige que todos nos ubiquemos en un plano de igualdad y eliminemos la única diferencia que uno reconoce: ser el único. Puestos en la relación de uno y otro, igualitaria, democrática, la cuestión no es ya cómo respetar las diferencias sino cómo percibir aunque sea un destello fugaz de verdadera diferencia.

Desde uno la diferencia es inaceptable. Como uno es muy respetuoso expulsa a borbotones  frases hechas de respeto a la diferencia, pero en realidad no la puede aceptar, por la sencilla razón de que la existencia de uno se basa en la relación de igualdad con el otro. Cuando uno  habla de diferencias, éstas siempre deben aparecer y recortarse sobre ese plano previo de igualdad.

II.- UNO TAMPOCO PUEDE ACEPTARSE A SÍ MISMO: ES SUBJETIVO Y RELATIVO.

Por la condición de subjetividad cada uno renuncia al derecho de posesión de la verdad (si no, estaría loco –dice uno): cada uno puede tener su verdad, siempre y cuando su validez quede restringida al campo individual. Establecida esa frontera, todo es subjetivo. De allí en más cada uno va del brazo de su verdad, cuidando que nadie se la critique y cuidándose de no criticar la verdad de nadie pues, como se dice, cada uno anda con la verdad que quiere, y no te metás con la mía porque yo no me meto con la tuya: no seas agresivo.

Pero lo realmente decisivo es que tampoco nadie pone las manos en el fuego por su propia verdad. Cuando uno renuncia al derecho de poseer la verdad los efectos no se limitan a la relación con el otro sino que también afectan, y principalmente, la relación con uno mismo. Como toda verdad ya es subjetiva, aún la propia y para con uno mismo, uno duda  —debe dudar— de su propia verdad, de sus percepciones, de sus intenciones. Uno ya no cree ni en sí mismo, y toda afirmación para siempre será subjetiva y relativa, abriendo paso al relativismo generalizado.

Llegado a este punto ocurre que aun cuando uno logre vencer a todos los otros imponiendo su verdad, no está ni puede estar tranquilo, porque sabe que ese triunfo no le confiere más validez ni la vuelve menos subjetiva. De la fuerza no nace la verdad. ¡Y menos mal que uno no triunfa!, porque si no, las cosas serían caóticas por uno. Entonces no queda otro camino que buscar el acuerdo con los otros, el acuerdo intersubjetivo. Pero tampoco esto es una salida pues, aunque estemos todos de acuerdo, no hacemos más que multiplicar el problema, porque todos, y cada uno, volveríamos a estar en la posición inicial de uno, aunque ahora seamos uno colectivo: bien podría ocurrir que todo sea un engaño generalizado. Confrontando con otras culturas, u otros tiempos, deberíamos concluir que cada época tiene su verdad bien amarrada del brazo, pero que ninguna es más válida que otra: relativismo general.

III.- PARA UNO RACIONAL Y RACIONALISTA SON EQUIVALENTES.

¿Hay algo más firme, más seguro que el acuerdo intersubjetivo? —se pregunta uno.

Sí —se contesta—: la razón.

Ésta es la apuesta máxima de uno para tratar de salir de las arenas movedizas relativistas en que se metió. Desde el encierro en la subjetividad intenta fundar una vida objetiva. Para ello, uno debe poner lo que llama la razón como máximo tribunal de decisión. Todo pensamiento, para ser tomado en serio, debe seguir las reglas de esa razón.

En primer lugar trata de eliminar todo rastro de subjetividad para transformarse en “el hombre objetivo”. Aspira a ser sólo un espejo perfecto, que no deforme en lo más mínimo la imagen que refleja. Debe omitir toda contaminación que venga del cuerpo, de los sentimientos, de las intuiciones, de los sueños. ¿Hay acaso idea más irracional que ésta, que encima intenta presentarse como el summun de racionalidad? Lo subjetivo debe ocultarse en los pliegues íntimos, casi vergonzosos, de la vida. A lo sumo puede expresarse en el terreno del arte, el que de ahí en más pasa a ser considerado el ámbito de lo irracional por excelencia, excluido de toda pretensión de verdad.

Por razón uno entiende la argumentación racional de las diferencias. Esta razón —se dice— es lo único que permitiría la reconciliación de uno con los otros y con uno mismo. Todo pensamiento, si es racional, debe poder decirse explícitamente y decidir si es verdadero o falso, lo que es lo mismo que poder expresarse proposicionalmente. Lo que no puede decirse como proposición, no se considera racional; es poesía, pura imaginación, o locura. De esta manera se pretende que a una proposición todos pueden y deben entenderla, y que la verdad de una proposición (de una descripción de los hechos) no depende de la subjetividad de quien la dice o de quien la escucha. Lo que vale para uno vale para todos.

El discurso proposicional habla de la realidad, de una realidad que siempre está más allá de las palabras, que siempre se le escabullirá, porque esa es la esencia de este discurso: hablar de la realidad para que no aparezca la realidad en las palabras. El racionalismo, entonces,  no es una escuela filosófica entre otras, es el intento desesperado de uno por encontrar en esa razón un poderoso tirano al que someterse y obedecer sus órdenes, para desde allí combatir el peligro mortal que le significa la arbitrariedad subjetiva que lo acecha por doquier. El precio que paga es disociarse para siempre de sí mismo y del mundo, vivir una vida disociada.

Pero el racionalismo, este discurso proposicional, no es equivalente a la razón. ¿Acaso en la poesía, en el arte, en la interpretación psicoanalítica, en los aforismos (tanto de Nietzsche como del Zen), no aparece otra racionalidad, distinta a la razón proposicional?

IV.- UNO ES OTRO CUALQUIERA.

Uno es irremediablemente inconsistente; es decir, se sabe relativo y subjetivo. Para volverse consistente, piensa uno, debería ser único: ni siquiera debería enterarse de que hay otros, pues si comenzara a considerar otras posiciones, volvería a ser uno inconsistente. Y, además, tampoco tendría que pensarse a sí mismo, es decir, dudar de su propia posición, pues otra vez volvería a ser una más entre otras posiciones. Por tanto, calcula uno, para el único no hay otros, ni dudas a tener en cuenta: el único no se piensa.

Uno sí se piensa, pero debe pensarse como cualquier otro, es decir que no puede pensarse a sí mismo desde sí mismo, sino como siendo uno cualquiera. La referencia, aunque sea uno mismo, siempre es otro, disociado de uno, que se diferencia por estar necesariamente separado y enfrentado pero, al mismo tiempo, siendo equivalente a uno.

Tanto sea en el acuerdo como en el desacuerdo (lo que no altera la sustancia del asunto) uno y otro son posiciones idénticas, equivalentes e intercambiables y nada lo puede remediar, ni el predominio de uno sobre otro ni la compactación de muchos en un uno colectivo. Por eso, uno es una posición universal, incapaz de singularidad  —cada uno debe valer y ubicarse como cualquiera. De allí que resulte cómico que uno, sin embargo, se crea único, diferente a todos los otros uno, y tome su experiencia subjetiva, su subjetividad, como la más singular del mundo cuando, en realidad, la experiencia de uno es la más universal, así determinada por la universalidad de la condición de subjetividad. No se trata aquí de las diferencias en la vida personal entre uno y otro, pues esas diferencias —ya aclaramos— sólo pueden aparecer cuando ya existe el fondo de igualdad previa. Lo subjetivo no tiene nada que ver con el tono emotivo, sentimental, expresivo o aún inefable con que habitualmente se lo tiñe. Lo subjetivo y,  por tanto, la subjetividad, en esencia son  la encarnación de una posición lógico-discursiva.

Uno es el peor enemigo de uno, porque uno es otro. Uno se piensa como otro, siempre desde afuera de sí mismo. Todos los pensamientos de uno, incluidos los pensamientos sobre uno mismo, son pensamientos externos al pensar. Y de esa posición uno no puede salir.

V.- UNO NO RESPETA LA DIFERENCIA, SÓLO LA TOLERA.

El respeto a la diferencia es un perfume irresistible para uno. Pequeñas dosis lo embellecen, dosis mayores siempre delatan lo que oculta. “Te respeto como diferente —dice uno— si vos me respetás como diferente”. Ante situaciones difíciles éste es el recordatorio del pacto inicial: nadie es único. Es el respeto a la diferencia como tratado de paz; se funda en el ansia de aniquilación del diferente y de toda diferencia: en el fondo todos debemos ser iguales. Así el respeto a la diferencia es casi una ironía.

Desde el vamos no hay aceptación y, por lo tanto, tampoco respeto del diferente: sólo se lo tolera. La tolerancia como virtud huele mal. La tolerancia y sus refinados modales en realidad son bunkers de una línea defensiva que mantiene una frágil estabilidad dentro de un perpetuo estado de beligerancia.

Decimos: “impone respeto, se hace respetar”; este respeto es la cara respetable del miedo, del temor a la aniquilación. De ahí que en uno el respeto sea, fundamentalmente, un refinado arte marcial. Se ven los gestos suaves anunciando la dirección de los movimientos, las palabras neutras milimétricamente calculadas, el timbre suave de la voz, el tono muscular artificialmente distendido. Un exquisito camuflaje, una táctica de distracción estudiada durante años, operaciones de espionaje del poder del otro y de sus puntos débiles. Un auténtico desfile militar: despliegue del propio poderío, maniobras de amedrentamiento. Una estrategia de combate donde lo esencial es hacerse invisible, agredir sin agredir, saber golpear sin que se vea el golpe.

Desde uno la invocación a respetar las diferencias no es más ni menos que el fallido intento de traducción laica-democrática del antiguo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

VI.- UNO SE CONSTITUYE EN Y POR LA TENSIÓN AGRESIVA.

Cuando aparecen diferencias peligrosas con el otro, uno apela a la condición de subjetividad: no hay único, todos somos iguales. Así uno se frena, respeta la diferencia. Sin embargo, por dentro y en voz baja sigue repitiéndose: “a pesar de todo tengo razón, yo soy el único, el verdadero”. Uno queda así en una situación por demás incómoda pues, si por un lado no puede aceptar la diferencia, por otro tampoco puede aceptar plenamente la igualdad, aunque a regañadientes trata de acatarla porque no le queda otra.

Uno vive tratando de coincidir con la regla de igualdad general, luchando contra la  constante tentación de considerarse el único verdadero que lo conduciría al autoritarismo; pero cuando logra vencer la tentación y acatar la igualdad siente pena, insatisfacción; siente que tuvo que renunciar a lo de uno en pos de una pacificación siempre precaria con el otro. Si uno se afirma en la de uno a rajatabla desata la guerra, pero si concilia siente que no es uno, que caretea y que, para colmo, la tensión sigue pero ahora torturándolo desde adentro.

Así, la relación de uno a otro está atravesada por la tensión agresiva y por el miedo a la mutua aniquilación; supone el odio y la destrucción del otro pero sólo como intención pues, para mantener la relación con el otro, debe inhibir la agresión real. Uno vive en una constante inestabilidad tironeado entre la tendencia a ser único y la obligación de ser uno más. De tal modo, uno nace y vive sabiéndose irremediablemente inconsistente, sintiéndose único pero no pudiendo serlo, debiendo ser igual al otro pero sintiendo que no lo es.

El impulso a tener la razón no es un defecto autoritario de uno, por el contrario, es un efecto necesario de su constitución. El tener la razón es la imagen de la que uno se sostiene y que —a la vez— uno sostiene. Uno es la imagen de sí mismo, relación erótica pasional de amor-odio propio, basculando perpetuamente entre la tentación autoritaria y los sentimientos de inferioridad.

VII.- SER ÚNICO ES EL MITO DE UNO.

Uno se piensa como la trabajosa superación de único, de ese que —dice— alguna vez fue o que en el fondo tal vez siga siéndolo. Teme volver a recaer en considerarse único pero al mismo tiempo anhela volver a serlo, pues se le presenta como la única posición en la que podría reconocerse íntegramente. Cuando se atreve a soñar en ese sentido imagina que después de atravesar la agresión directa y quedar como único vencedor, se le abriría un nuevo horizonte, vedado a uno por cobardía, donde todo sería posible y nada faltaría; un estado de consistencia y completitud. Nace la idea de la felicidad.

Como mito de origen y destino, uno no puede dejar de suponer la existencia de único como su forma prehistórica de ser y como  su tendencia-tentación actual, existencia en la que —¿curiosamente?— coinciden la agresión desatada y la felicidad lograda. Sin embargo, para uno es imposible volverse único pues siente que se autodestruiría. Este peligro es el que invoca para seguir siendo uno. Pero uno nunca comprobó la existencia efectiva de único, de eso no tiene experiencia real. Sólo tiene pensamientos deducidos de su fragilidad o, más exactamente, un presentimiento que se le impone y que sólo posteriormente organiza racionalmente. Ser único es un mito fundante de uno.

Uno supone, en el origen, la existencia de un estado donde reinaba la agresión desatada a la que uno viene a controlar. Este pensamiento se le impone necesariamente a uno. No es una explicación acerca de las fuerzas que actuaron en un pasado remoto y que podría cambiar por otra versión, allí uno dice su conflicto actual.

VIII.- PARA UNO AUTORITARISMO Y AUTORIDAD SON EQUIVALENTES.

En el mundo igualitario de uno a lo diferente se lo mata; no existe la diferencia ni como posibilidad, no hay anzuelo con qué pescarla. La igualdad es el invento de uno que, a la vez, inventa a uno. Pareciera que primero es la igualdad, sobre la cual después se dan las diferencias. Sin embargo uno no se piensa como una originaria acción afirmativa; por el contrario, se piensa como agente y resultado de la acción reactiva que reprime y supera al único.

A la desigualdad, es decir a la diferencia, uno la vive como desgracia. Si no es posible reducirla a la igualdad uno sufre la diferencia. ¿Qué ocurre cuando se le cruza un auténtico diferente?: si se siente menos, lo respeta temerosamente, tiene miedo de ser destruido al mismo tiempo que envidia su poderío; si se siente más, se apiada de él, le da lástima, lo compadece. A uno la diferencia siempre se le aparece como un menos o un más. En el primer caso la diferencia se le presenta como autoritarismo —real o potencial— del que uno es víctima; en el segundo caso, uno se presenta como bondadoso y paternal, fachada que apenas oculta un  paternalismo real  resultante de la inhibición del autoritarismo potencial de uno. Para uno la diferencia siempre es sinónimo de autoritarismo, siempre se le presenta como la negación del principio de igualdad. Y asociada al poder.

Para uno la autoridad es el poder delegado —por uno— en representantes: las autoridades democráticas. A una autoridad que se imponga por sí misma, cuya fuerza no le venga de ninguna delegación sino de su real e inmanente realidad, uno la siente como un menoscabo a su libertad, casi como una humillación. Es así como aparecen ante uno las reales diferencias: lo diferente es aquello real que uno no puede tolerar, no puede ni ver. Ni hablemos de respetar.

Solamente si uno logra dejar de defenderse con el principio de igualdad puede atravesar una experiencia de verdadero respeto, aceptando la autoridad real del otro, aceptando la diferencia, sin exigir a ultranza una igualdad de base. En este sentido, respetar significa obedecer la diferencia, y se experimenta como admiración y agradecimiento

En el mundo de la diferencia la apelación al principio de igualdad general es, por lo menos, una grosería: allí simplemente se obedece o se manda, sin sentimentalismos.

Uno vive perseguido por el autoritarismo no sólo como posible víctima; le preocupa mucho más quedar como posible victimario, no tanto por la suerte de su posible víctima sino por el miedo a las reacciones de los otros. Y como no puede reconocer la autoridad en otro tampoco puede reconocer la propia autoridad, viviendo su ejercicio como tentación autoritaria, o sea, como recaída en ser único. Uno no quiere mandar, tiene miedo de mandar. “No me gusta mandar ni que me manden” vocifera uno que identifica mando con arbitrariedad. Mandar —que se debe distinguirse del mero dar órdenes a los demás— es superarse a uno mismo; y obedecer —que es diferente y  mucho más difícil que obedecer leyes generales— es obedecer eso. Quien no pueda obedecerse quiere ser tiranizado por leyes generales, por la razón o por lo que sea. No puede imaginar la autoridad más que deviniendo de un rol convencional, que la comunidad de unos y otros instauran, y percibe toda otra posible autoridad como autoritarismo, como el peligro de  revivir a único.

IX.- EL PRINCIPIO DE AUTORIDAD.

El respeto a la diferencia implica la definitiva aceptación de que no somos todos iguales. Dicho así parece que uno puede aceptarlo, pero no es cierto: allí se le aparece el fantasma del retorno de único. Y, fundamentalmente, porque significa la aceptación de la diferencia en la base, operación por la que el principio de autoridad deja en suspenso al principio de igualdad, a la suposición mítica, y por ende necesaria, de un plano de igualdad inicial.

Alcanza con pronunciar la palabra “autoridad” para intranquilizar a las conciencias igualitaristas que ya se figuran no sé cuantas escenas de sangre y violencia. A tal punto llega hoy la tontería, que autoridad ya casi es sinónimo de poder, incluso de arbitrariedad poderosa. Y no es que tal conciencia rechace orgánicamente el poder arbitrario, pues con gusto lo usufructuaría si fuera posible acceder a ello sin riesgos. La mayoría de las veces tal rechazo no consiste más que en un achicarse para no ser aplastado. O sea, no es más que la conjunción del anhelo cobarde de ser poderoso, incluso arbitrariamente, y el lamento de no poder serlo.

Uno supone que la democracia regula la relación con el otro: “mis derechos terminan donde comienzan los del otro”, repite uno muy seguro, “unos y otros somos iguales ante la ley”. Pero cuando esa igualdad se generaliza a todas las relaciones humanas y se la eleva a esencia humana, termina por ser o ridícula o nefasta. La ley, la moral, es decir, lo general, se le impone a uno como la mayor fuerza civilizatoria y como la única posibilidad de regulación humana. Pero ¿acaso no hay otra regulación posible más allá de lo general? Si no la hay, entonces la ética y la libertad son meras fantasías; si la hay, entonces es una praxis real que no depende de leyes generales ni se la puede identificar con tales leyes ni con la adecuación de nuestras vidas a ellas. Por eso, la diferencia no es un estado mítico anterior a uno en el que podríamos recaer, sino una posibilidad real que se abre ante uno cuestionando su propia constitución.

Autoridad no es equivalente a poder. El poder necesita lo general para realizarse, mientras que la autoridad suspende lo general, y su realización se encuentra siempre más allá de lo general. Su talante es la soledad y el silencio. Allí, o se afirma la propia autoridad o se sigue quejosamente reclamando igualdad y reconocimiento de los otros. Por más que en su intimidad la deteste, uno ama la ley o, mejor dicho, la necesita, para tranquilizarse, para protegerse o, aunque más no sea, para quejarse de su injusticia. Le aterra quedarse sin ley, siente que lo llevaría a la autodestrucción, se le figura como un abrir los diques a la arbitrariedad, al descontrol, al libre arbitrio y, sobre todo, pero en secreto, como piedra libre para desatar aquellos impulsos largamente contenidos. Por supuesto que entendida así, la cosa no puede conducir más que a la payasada o al crimen; pero nunca sería una autoridad más allá de la ley sino que quedaría en seguir necesitando la ley aunque sea para transgredirla. Uno no puede concebir una suspensión de la ley más que como trasgresión.

Las protestas contra el principio de autoridad, y los discursos reivindicatorios de la igualdad generalizada a toda costa, son la patética enfermedad actual. La aceptación de lo diferente radical significa la sumisión de uno a eso que, siendo más propio que uno, no es uno. Eso real que, en última instancia, sólo es posible obedecer.

X.- UNO ES GRUPO, O LA SOLEDAD.

Uno, al fundarse en la igualdad con el otro, contiene en sí toda la serie de los otros iguales entre sí. Uno, desde siempre, es grupo. Cuando logra aceptar una autoridad que no deviene de una representación, la pone por encima del resto y la eleva a modelo a igualar. La pone en la serie, en el grupo: es el jefe. Le resulta inconcebible la autoridad sin grupo.

La diferencia, por su lado, no afirma su autoridad en el reflejo, en la confrontación o en la aceptación de los otros; ni siquiera en la de aquellos que considera autoridad. La diferencia se autoriza a sí misma porque no hay autorización posible por vía de cualquier otro, aun cuando fuesen todos los otros. La diferencia no hace serie, siempre es singular, es inconmensurable con cualquier otra diferencia. Vive en eterna soledad.

Como uno está cerrado a sí mismo cree que abrirse es abrirse a otros, y piensa a la soledad como un cierre y clausura sobre la propia subjetividad. Olvida que la apertura a otra subjetividad no es más que el principio de la intersubjetividad, la que nunca llega más allá del uno colectivo. De paso, sigue evitando el enfrentamiento con la verdadera diferencia.

En soledad no existe igualdad, en cualquiera de sus modalidades, sólo hay diferencia. La aceptación de lo diferente radical es la sumisión de uno a eso que, siendo lo más propio de uno, no es uno; eso real diferente a lo que sólo es posible obedecer.

[1] Publicado en revista Parte de Guerra Nº 4, Octubre 1998, Buenos Aires.

RENCOR
Héctor Fenoglio

La disociación entre cuerpo y mente –disposición malsana central en nuestra cultura– pocas veces es tan patente como en la oposición entre ideas y afectos. Parecen mundos diferentes y hasta opuestos. Las ideas, decimos, vienen de la cabeza; los sentimientos, en cambio, vienen del corazón o de las tripas. Los afectos son de naturaleza corporal, mientras que las ideas son de naturaleza mental. Las ideas, además, son racionales y se las puede entender; a las emociones, en cambio, no hay manera de entenderlas pues son irracionales.

Sin embargo, todos sentimos que los afectos, como la envidia o la gratitud, no son sensaciones corporales automáticas como el frío o la sed; son reacciones altamente elaboradas de nuestro espíritu, punto de anudamiento entre el cuerpo y el alma. Distinguimos muy bien los diferentes afectos: envidia, rencor, humillación, etc. Cada uno tiene una arquitectura tan precisa que lo podríamos expresar en un pensamiento exacto, a tal punto, que bien podemos afirmar que cada afecto es un sentimiento pensado por el cuerpo. Los sentimientos también son pensamientos.

Y no sólo eso. Al mismo tiempo presentimos que este anudamiento pasional más que personal es social, pues allí, en esa encarnación, acontece -en mucha mayor medida que en las ideas- la verdadera relación social. La encarnadura pasional, entonces, además de personal, es esencialmente política.

Las pasiones que sentimos son reales; aunque sean inconvenientes, expresan de manera directa y sin filtro nuestro propio ser. Las ideas, en cambio, pueden ser falsas y, en especial lo son, cuando tratan de disimular, o reprimir las ideas o las emociones que no queremos asumir, ni mostrar.

De todos modos, aunque todas las pasiones sean reales, esto no equivale a decir que todas sean verdaderas. Cuando alguien es demasiado susceptible y reacciona de manera desmesurada, decimos que está equivocado. Bien sabemos que lo que siente es real, es decir, que lo siente y mucho, pero también sabemos que su reacción está errada. Uno, entonces, no se equivoca sólo en los pensamientos sino también en los afectos.

Hay muchos afectos errados o equivocados, y muchos otros que no. En esta ocasión analizaremos el Rencor, un afecto falso muy común y extendido en nuestras vidas. Así como en el número anterior analizamos el Enojo, en próximos números de Sol de Noche continuaremos analizando otros afectos.

 


El rencor es una «pasión triste». Según el diccionario, «Rencor (del latín rancor: calidad de rancio): resentimiento duradero por algún daño o perjuicio sufrido». El rencor es un sentimiento de odio y resentimiento que experimentamos como una reacción ante un dolor sufrido por un daño o perjuicio padecido por culpa de otro. A esto hay que agregar que una nota fundamental del rencor es que no lo podemos dejar atrás, aunque sería más acertado decir que no queremos dejar atrás pues, apesar de ser “triste” y muy “amargo”, muy pocos buscan efectivamente desprenderse del rencor, aún cuando digan lo contrario. Pareciera que en este sufrimiento, exteriorizado en reproches, acusaciones y maldiciones, el rencoroso encuentra un placer retorcido y morboso difícil de entender y de aceptar por las buenas conciencias.

Tomemos, por ejemplo, el tango Rencor, de 1932, con música de Charlo y letra de Luis César Amadori. Dice así:

 

Rencor, mi viejo rencor, / dejáme olvidar / la cobarde traición.
¡No ves que no puedo más, / que ya me he secao / de tanto llorar!
Dejá que viva otra vez / y olvide el dolor / que ayer me cacheteó…
Rencor, yo quiero volver / a ser lo que fui… / Yo quiero vivir…

Este odio maldito / que llevo en las venas / me amarga la vida / como una condena.
El mal que me han hecho / es herida abierta / que me inunda el pecho / de rabia y de hiel.
La odian mis ojos / porque la miraron. / Mis labios la odian / porque la besaron.
La odio con toda / la fuerza de mi alma / y es tan fuerte mi odio / como fue mi amor.

Rencor, mi viejo rencor, / no quiero sufrir / esta pena sin fin…
Si ya me has muerto una vez / ¿por qué llevaré / la muerte en mi ser?
Ya sé que no tiene perdón… / Ya sé que fue vil / y fue cruel su traición…
Por eso, viejo rencor, / dejáme vivir / por lo que sufrí.

Dios quiera que un día / la encuentre en la vida / llorando vencida / su triste pasado
pa’ escupirle encima / todo este desprecio / que babea mi vida / de amargo rencor.
La odio por el daño / de mi amor deshecho / y por una duda / que me escarba el pecho.
No repitas nunca / lo que vi’ a decirte: / rencor, tengo miedo / de que seas amor.

 

La letra de este tango despliega casi toda la gama de las «pasiones tristes» y «afectos falsos». ¿Por qué llamo falsos a estos afectos? Porque están al servicio de ocultar y de mentir. En el caso del rencor, en primer lugar, busca evitar hacerse cargo de la propia responsabilidad en el dolor padecido. El tango dice: «La odian mis ojos / porque la miraron. / Mis labios la odian / porque la besaron». Es evidente fue que el propio rencoroso quien decidió estar con ella y no supo o no quiso ver qué pasaba. A partir de esto, para desentenderse de su responsabilidad, arma una historia mentirosa en la cual él, pobre inocente, sufre injustamente: «Ya sé que no tiene perdón… / Ya sé que fue vil / y fue cruel su traición…».

No importa si el acontecimiento doloroso ha sido real o imaginado, justo o injusto; el rencoroso pone fuera de quien lo sufrió, en otro, toda la responsabilidad del dolor padecido; nunca se pregunta si tuvo alguna responsabilidad con los acontecimientos dolorosos.

En segundo lugar, el rencoroso, aunque afirme lo contrario, no quiere dejar de sufrir. Hay aquí otra mentira. El tango dice: «Rencor, mi viejo rencor, no quiero sufrir / esta pena sin fin… / Si ya me has muerto una vez / ¿por qué llevaré / la muerte en mi ser? / Ya sé que no tiene perdón… / Ya sé que fue vil / y fue cruel su traición… / Por eso, viejo rencor, / dejáme vivir / por lo que sufrí». ¿Por qué sería tan difícil dejar atrás su sufrimiento? El rencoroso dice que él quiere dejar de sufrir, pero la gravedad de la ofensa no se lo permite, es algo que “no se puede olvidar”. Nuevamente la “culpa” no es propia, no es su propia responsabilidad. Sin embargo hay otro respuesta, más sencilla aunque, a primera vista, sorprendente. Las últimas líneas del tango denuncian el secreto de porqué el rencor no puede olvidar: «No repitas nunca lo que vi’ a decirte», «rencor, tengo miedo de que seas amor». El hecho es que, aunque la odia, en realidad la sigue amando. Muchas veces se dice que en el rencor el amor se ha transformado en odio: «La odio con toda la fuerza de mi alma / y es tan fuerte mi odio como fue mi amor». Puede ser, pero la cosa no es tan unilateral pues todos sabemos que, en verdad, en el fondo la sigue amando y, como ya resulta imposible amarla, al menos odiándola ella sigue junto a él y no la pierde totalmente. En ese tipo de experiencia amorosa, el amor rápidamente puede trocarse en odio y viceversa. Sea como sea, lo que resulta evidente es que la sigue amando y que no hay la menor disposición a acepar su “no”, a dejarla ir y a continuar la vida sin ella; al contrario, lo que se busca es retenerla por cualquier medio aún contra la voluntad de ella. ¿Eso es amar?

Pero allí no termina, ni de lejos, todo el placer que el rencoroso obtiene. ¿Qué otro placer retorcido hay en el rencor, difícil de entender y, en especial, de aceptar por las buenas conciencias? No hay que olvidar que la situación de víctima en que el rencoroso se pone le da sobrados motivos para odiar justificadamente, justificación que está en la base del placer morboso del odio rencoroso. Es notorio, además, que en el rencor hay una buena dosis de sadismo, de gozar con el sufrimiento del otro, lo que se presenta como un delicioso hueso que, una vez mordido, nadie quiere largar. Veamos, si no, lo que dice el tango: «Dios quiera que un día / la encuentre en la vida / llorando vencida / su triste pasado / pa’ escupirle encima / todo este desprecio / que babea mi vida / de amargo rencor». Sadismo que aquí toma la forma de una de sus hijas predilectas, la venganza, (satisfacción o compensación, haciendo un mal a quien nos ha inferido una ofensa o un daño). Y aunque la venganza nunca llegue, el solo hecho de sufrir rencorosamente en silencio ya es, en sí mismo, un acto de venganza, de culpabilización, de agresión contenida, de maldición al otro; un acto resentido y desmesurado de afilar pacientemente la daga, en silencio y con esmero, segundo a segundo, durante toda una vida, esperando con rabia el momento de la venganza que, uno sabe, nunca llegará. Pero el rencoroso, como dije, niega todo esto y miente: afirma que su estado es de puro sufrimiento y de goce nulo.

Hasta aquí he centrado el desmontaje del rencor a una situación de despecho amoroso graficado en el tango «Rencor». Pero el rencor no se limita al ámbito de lo amoroso; como sabemos, las reacciones rencorosas se extienden a todas las esferas de la vida humana: a las ofensas recibidas por un jefe en el trabajo, a los golpes recibidos por un opositor político, etc. Cada uno podemos y debemos, por tanto, tomarnos de desmontar y denunciar, en especial en nosotros, las infinitas caras con que aparece el rencor.

Cuando, en sentido habitual, decimos sentimiento falso, queremos decir que estamos ante algo que parece ser tal o cual sentimiento (amor, amistad, por ejemplo) pero que, en realidad, es una simulación; estamos ante algo que o bien no existe o bien es otro sentimiento. Este, sin embargo, no es el sentido de falso que pretendo señalar. Para el sentido habitual, los sentimientos siempre son, y si son no pueden ser falsos; y lo mismo pasa con la realidad: la realidad es, y si es no puede ser falsa. Esta es la lógica del sentido común: tomar como equivalentes realidad y verdad, de allí que realidad falsa le suene a contrasentido o a sinsentido. Falsas o verdaderas, según esta posición, únicamente pueden ser las ideas o los enunciados sobre la realidad, pero nunca la realidad misma.

El sentido de falso que quiero señalar, en cambio, es el siguiente: a pesar de lo que aparezca sea una simulación, una máscara o algo así, lo que aparece es, de todos modos, tan real como lo que tapa u oculta. Y, en segundo lugar, digo que esa realidad es falsa en el sentido de que es una realidad mentirosa, que está allí para mentir, para ocultar algo y engañar a alguien, en primera instancia al que la padece.

Los afectos falsos (rencor, ofensa, humillación, etc.), incluso aquellos que en apariencia contienen una satisfacción o placer sádico (venganza, desprecio, etc.), tal vez no sean dolorosos en sí, pero en el fondo son amargos y desagradables; y todos tienen, sin embargo, esta notable característica paradojal: quien los padece declama querer desembarazarse de ellos pero, en realidad, los atesora como un bien inestimable y los cultiva como si fueran el plato más sabroso y sofisticado. Y algo de eso debe haber pues en estos sufrimientos parece haber, como dijimos, una especie de alto gozo secreto, morboso y retorcido a la vez.

Con esta oposición quiero llamar la atención e insistir en que la esencia de los afectos no consiste sólo ni principalmente en ser sentidos (“sentimientos”, “emociones”), sino también, y muy especialmente, en ser pensamientos sentidos, complejos de ideas encarnadas o auténticas tomas de posición existencial, “por las cuales la potencia de obrar es aumentada o disminuida, favorecida o reprimida”. Por la alegría o afectos verdaderos se pasa de una menor a una mayor perfección existencial, y por la tristeza o afectos falsos, por el contrario, se pasa a una menor perfección existencial.

Hay que oponer, entonces, con firme rigor conceptual, afectos verdaderos y afectos falsos. Esta oposición se corresponde bastante bien con la de pasiones alegres y pasiones tristes que Spinoza desarrolla en su «Ética». Los afectos falsos se correlacionan con las pasiones tristes, y los afectos verdaderos con las pasiones alegres.

Los afectos verdaderos más usuales son: amor, júbilo, regocijo, gozo, gloria, orgullo (satisfacción de sí), gratitud, contentamiento, benevolencia, clemencia.

Los afectos falsos más comunes son: odio, ira, venganza, crueldad, traición, indignación, resentimiento, rencor, ofensa, humillación, envidia, celos, remordimiento, arrepentimiento, humildad, pusilanimidad, esperanza, compasión, vergüenza, pudor, modestia, ambición, avaricia, desprecio, soberbia, abyección.

Dije que los afectos falsos se corresponden, en grandes trazos, con las pasiones tristes de Spinoza. Pareciera lógico afirmar, entonces, que todos los afectos falsos son tristes y todos los afectos verdaderos son alegres. Sin embargo esto, a mi entender, no es exactamente así. Hay afectos, como la pena (por la pérdida de algo querido), el duelo (por la muerte de un ser querido), o la tristeza misma, que, a pesar de ser sentidamente tristes, sin embargo son afectos verdaderos, es decir, afectos que duelen pero que uno acepta de buen grado dolerse, sin amargura, sin reproches, sin culpar a nadie. Estos dolores, aunque no son deseados como tampoco se los evita dejar atrás, cuando llegan son o deben ser aceptados con entereza e integridad. Así, no sólo la potencia de obrar del cuerpo es aumentada o favorecida, sino que, además, honran la vida.

A la inversa, también ocurre que hay afectos, como la soberbia, que a pesar de ser sentidamente alegres, eufóricos y hasta maníacos, sin embargo son falsos. La soberbia es una especie de delirio por la que el hombre sueña con los ojos abiertos que puede todo lo que alcanza con la sola imaginación y, por eso, la considera real y se exalta con ella; mientras que, en realidad, no puede ver lo que no puede y con eso limita su propia potencia de obrar.

Es por todo esto que sigo prefiriendo hablar de afectos, talantes o sentimientos verdaderos o falsos y no de pasiones alegres o tristes pues, a pesar de que la calificación verdadera y falsa es demasiada abstracta y no engloba toda la complejidad del asunto, estimo que al menos señala con fuerza el carácter de mentira y engaño de las pasiones falsas, mientras que la denominación alegres y tristes no siquiera lo sugiere y reduce su carácter a lo sentido en la inmediatez.

 

 

*Publicado en el Número 5 de la revista SOL DE NOCHE (2013)

hector.fenoglio@centrolapuerta.com.ar

www.fenogliohector.blogspot.com

AVANCES Y LÍMITES DE LA LEY NACIONAL DE SALUD MENTAL
Héctor Fenoglio

Marzo 2014

I.- CUESTIONES GENERALES.

1.- El presente análisis de los avances y los límites de la Ley Nacional de Salud Mental Nº 26.657 y de su Decreto Reglamentario 603/2013 está concebido desde el paradigma de salud comunitaria en contraposición al actual modelo médico hegemónico; busca dimensionar, por un lado, el avance que en este sentido significa la ley y su reglamentación en relación a la legislación anterior y, por otro, la distancia que lo separa de una legislación que establezca, de manera efectiva, los dispositivos sanitarios de una salud mental comunitaria.

El mayor avance de la LNSM radica en el resguardo de derechos de las personas internadas por padecimiento mental. Este avance, y otros, los analizaré en el apartado II.

La mayor limitación se encuentra principalmente en las casi nulas disposiciones sanitarias que legislen en la perspectiva de la salud mental comunitaria. Este aspecto lo trataré en el apartado III.

Como consideración general se podría afirmar que la LNSM es un importante avance en cuanto al resguardo de DDHH, y un avance muy limitado en la perspectiva de implementación de la salud mental comunitaria. Aun cuando la LNSM se implementara de manera plena en su texto resolutivo, no se avanzaría sustancialmente en la construcción de una salud mental comunitaria.

2.- La LNSM centra su fuerza legislativa principalmente en las internaciones y, con ello, desconoce que el obstáculo fundamental en el camino de construcción de la salud mental comunitaria hoy se encuentra fundamentalmente en la práctica de medicalización[2] y no en las internaciones. Que la ley hace eje en las internaciones queda de manifiesto en que más de la mitad de su articulado regula esta práctica[3], mientras que ni menciona el complejo problema de la medicalización.

Los problemas y las prácticas terapéuticas en salud mental son inmensamente más amplios que las internaciones, tanto en cantidad como en calidad. Las internaciones, desde lo cuantitativo, están dirigidas a una minoría de usuarios en situaciones muy específicas en comparación con la modalidad ambulatoria; desde lo cualitativo, son una más entre las muchísimas prácticas que se implementan en salud mental.

Es en las internaciones, ciertamente, donde más se conculcan los DDHH, tanto en establecimientos del Estado como en los privados. El resguardo los DDHH ante estas prácticas es, y seguirá siendo, una tarea imprescindible. Pero una ley de salud mental comunitaria no puede reducirse a esto.

Una ley de salud mental debe legislar efectivas disposiciones sanitarias sobre los abordajes y modos de construcción comunitaria de salud que desmantelen y sustituyan la práctica global del modelo médico hegemónico y no solo las internaciones, modelo hoy sostenido centralmente en la medicalización, en concurrencia con algunos de los poderes fácticos más poderosos del mercado.

3.- Los problemas de salud mental no se resuelven con medidas jurídicas. Si bien en su Art.3º «reconoce la salud mental como un proceso determinado por componentes históricos, socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona», la LNSM opera principalmente a través de disposiciones jurídicas y no de disposiciones sanitarias.

Una ley puede legislar sobre la propiedad de una casa, también puede legislar sobre el modo de construcción de una casa, lo que una ley no puede hacer es construir realmente una casa. Los asuntos de propiedad son de materia jurídica, mientras que los asuntos de construcción real o social son de materia material, valga la redundancia.

Hay realidades que cambian ipso iure, directa e inmediatamente con la promulgación de una ley, tal como la realidad del matrimonio igualitario: a partir del momento de su sanción las personas del mismo sexo pueden casarse. Aquí la ley “realiza” los derechos que promulga (“construye la casa”) porque la realidad que legisla es de materia jurídica. Pero hay otras realidades, como la del derecho a un trabajo, a una vivienda o a una salud digna, donde la ley no puede realizar, de manera directa e inmediata, los derechos que declara, por la razón de que la realidad que legisla no es de materia jurídica sino de materia material. En estos casos la ley debe establecer los modos de construcción específicos para hacer realidad los derechos que proclama. Después de establecer por ley no solo los derechos sino también el modo de construcción debe contarse, además, con la fuerza y recursos materiales para llevarlas a cabo, lo que ya excede al poder legislativo y se pasa al terreno del poder político y económico.

La LNSM no legisla ni establece disposiciones sanitarias, es decir, modos de construcción real y social de una salud mental comunitaria; su legislación efectiva queda dentro del marco de disposiciones jurídicas que, si bien operan sobre la realidad, solo pueden alcanzar a transformar, por su propia materialidad, una franja muy específica de problemas dentro del conjunto de problemas de salud mental.

4.- En relación exclusiva a la materia jurídica, la ley legisla disposiciones jurídicas “concretas” y también contiene muchas declaraciones jurídicas “abstractas”. Esta realidad, ni buena ni mala en sí, ha traído, sin embargo, bastante confusión debido a que la mayoría de las personas ajenas al ámbito jurídico han tomado como disposición “concreta”, con fuerza jurídica real, declaraciones que en realidad son “abstractas”, sin consecuencia jurídica real .

La ley establece importantes disposiciones jurídicas “concretas” que tienen fuerza de ley y un impacto real, benéfico, efectivo y directo, sobre usuarios, familiares, profesionales y población en general. Estas se refieren principalmente al resguardo de derechos en internaciones. Los analizaremos, como dije, en el apartado II.

Las declaraciones jurídicas “abstractas” no establecen realidades jurídicas efectivas sino que son declaraciones “meramente enunciativas” sin efecto real, tal como lo reconoce el propio Decreto Reglamentario. Esto lo veremos en el apartado III. Estas formulaciones “abstractas” ofrecen algunas valiosas orientaciones en la perspectiva de formulación de un plan de salud mental comunitaria en contraposición del modelo médico hegemónico; pero debido a la confusión generada hay que insistir que aun cuando la ley se implemente de manera plena, es decir, en el 100% de su contenido “concreto”, estas declaraciones “meramente enunciativas” quedan por fuera de dicha implementación pues no constituyen ni son parte del contenido “concreto” de la ley.

II.- PRINCIPALES AVANCES “CONCRETOS”.

1.- Un avance decisivo, con efecto inmediato, es la regulación de las condiciones de internación voluntaria e involuntaria, amplia y detalladamente establecidas en los Arts. 14º al 29º, encaminadas a resguardar los derechos fundamentales de las personas con padecimiento mental.

En cuanto a las internaciones involuntarias, vale remarcar lo establecido en el Art. 20º en referencia tanto a su carácter de “recurso terapéutico excepcional” como al criterio de uso ante una “situación de riesgo cierto e inminente para sí o para terceros”; también los límites y función del juez y al papel del Órgano de Revisión (Arts. 21º, 24º y 25º), y la responsabilidad del Estado en proporcionar un defensor (Art. 22º). Vale remarcar asimismo lo establecido en los Arts. 42º y 43º  sobre las modificaciones del Código Civil referidos a las condiciones para las declaraciones judiciales de inhabilitación o incapacidad.

Sobre las posibles dificultades de estos avances habrá que estar atento a la constitución y funcionamiento del Órgano de Revisión en las diferentes jurisdicciones.

2.– Otro avance de efecto inmediato es la prohibición de los manicomios:

Art. 27.- Queda prohibida por la presente ley la creación de nuevos manicomios, neuropsiquiátricos o instituciones de internación monovalentes, públicos o privados. En el caso de los ya existentes se deben adaptar a los objetivos y principios expuestos, hasta su sustitución definitiva por los dispositivos alternativos. Esta adaptación y sustitución en ningún caso puede significar reducción de personal ni merma en los derechos adquiridos de los mismos.

Este punto es de un enorme valor histórico. Por esto bien podría decirse que LNSM es una ley antimanicomial.

En el caso de nuevos manicomios, públicos o privados, alcanza con que la Autoridad de Aplicación no los habilite. Sin embargo, transcurridos más de tres años de sanción de la ley, aún no se han derogado las Resoluciones Ministeriales sobre la habilitación de Establecimientos de Salud Mental y Normas de Prestaciones, las que siguen vigentes y dictando las normas de habilitación de los mismos. En consecuencia, tampoco se han establecido nuevas Resoluciones que se adecuen al fondo y a la forma de acción de los nuevos establecimientos acordes a la ley. La ley ni la reglamentación establecen límite de tiempo alguno para que las autoridades ministeriales dicten las nuevas Resoluciones.

Las dificultades que se avizoran están en relación a que si no se crean los “dispositivos alternativos” comunitarios no será posible la “sustitución definitiva” en el camino de una salud mental comunitaria. La ley, como veremos, no “establece” tales “dispositivos alternativos” sino que tan solo los “promueve”. Lo que viene ocurriendo en muchos lugares es que los internados de los manicomios estatales son derivados a los manicomios privados que se presentan con otro rótulo. Se agrega, entonces, la pregunta sobre la efectiva capacidad de aplicación y de control institucional sobre los mismos que tenga la Autoridad de Aplicación pues, como sabemos, los manicomios privados, que son la inmensa mayoría y el verdadero poder, ya están cambiando sus nombres institucionales pero no sus prácticas reales, propias del modelo médico hegemónico.

3.- Otro avance inmediato es el que establece el consentimiento informado.

 

Art. 10º.- Por principio rige el consentimiento informado para todo tipo de intervenciones, con las únicas excepciones y garantías establecidas en la presente ley.

 

Este es un avance decisivo en el camino de una salud mental comunitaria ya que se trata del respeto de los DDHH de los usuarios y, al mismo tiempo y en un mismo acto, de una disposición sanitaria que determina el modo de abordaje clínico.

4.- Un avance, aunque indirecto, que aporta la ley al cumplimiento del trabajo de atención en equipo interdisciplinario y a la democratización de las prácticas de salud, es el establecimiento de la igualdad de condiciones institucionales entre diferentes profesiones:

Art. 13.- Los profesionales con título de grado están en igualdad de condiciones para ocupar los cargos de conducción y gestión de los servicios y las instituciones, debiendo valorarse su idoneidad para el cargo y su capacidad para integrar los diferentes saberes que atraviesan el campo de la salud mental…

Hay que señalar que después de tres años de sancionada la ley este artículo aún no se está aplicando debido a que la Autoridad de Aplicación todavía no ha adecuado sus Resoluciones Ministeriales a lo establecido por la ley. Tampoco aquí la ley establece un límite de tiempo para que se haga efectiva esta adecuación.

III.- PRINCIPALES DECLARACIONES “ABSTRACTAS”.

1.- En primer lugar, la Reglamentación del Art. 7º de la ley establece y asume, de manera explícita, lo siguiente:

Los derechos establecidos en el artículo 7º de las Ley Nº 26.657, son meramente enunciativos”.

Algunos de esos “derechos establecidos” de manera “meramente enunciativos” en el Art. 7º de la ley son:

  1. a) Derecho a recibir atención sanitaria y social integral y humanizada, a partir del acceso gratuito, igualitario y equitativo a las prestaciones e insumos necesarios, con el objeto de asegurar la recuperación y preservación de su salud.
  2. d) Derecho a recibir tratamiento y a ser tratado con la alternativa terapéutica más conveniente, que menos restrinja sus derechos y libertades, promoviendo la integración familiar, laboral y comunitaria.
  3. l) Derecho a recibir un tratamiento personalizado en un ambiente apto con resguardo de su intimidad, siendo reconocido siempre como sujeto de derecho, con el pleno respeto de su vida privada y libertad de comunicación;…

Por la expresión “meramente enunciativos” entiendo que el Estado no se obliga ni asume la responsabilidad de establecer y hacerse cargo de llevar adelante las medidas y acciones concretas para que esos “derechos establecidos” se hagan efectivos, tanto sea por intermedio de instituciones estatales como de controlar y regular su concreción en instituciones privadas. Es inevitable que esta “declaración de derechos” genere expectativas de cumplimiento real y efectivo entre los interesados en la salud mental, las que son defraudadas desde el propio Decreto Reglamentario. Si bien es posible y necesario utilizar esta “declaración de derechos” para impulsar su efectiva concreción, importa tener presente que todas estas declaraciones “meramente enunciativas” no tienen efecto real en cuanto a la concreción de lo que declaran.[4]

2.- La LNSM, en el Art. 11º, indica cuáles son los dispositivos y acciones asistenciales que deberían concretarse a fin de hacer realidad los “derechos establecidos” en el Art. 7º, que la Reglamentación ya los declaró como “meramente enunciativos”. Dice así:

Art. 11º: La Autoridad de Aplicación debe promover que las autoridades de salud de cada jurisdicción, en coordinación con las áreas de educación, desarrollo social, trabajo y otras que correspondan, implementen acciones de inclusión social, laboral y de atención en salud mental comunitaria. Se debe promover el desarrollo de dispositivos tales como: consultas ambulatorias; servicios de inclusión social y laboral para personas después del alta institucional; atención domiciliaria supervisada y apoyo a las personas y grupos familiares y comunitarios; servicios para la promoción y prevención en salud mental, así como otras prestaciones tales como casas de convivencia, hospitales de día, cooperativas de trabajo, centros de capacitación sociolaboral, emprendimientos sociales, hogares y familias sustitutas.

La Reglamentación, por su lado, dice algo muy similar:

Art. 11º: Facúltase a la Autoridad de Aplicación a disponer la promoción de otros dispositivos adecuados a la Ley Nº 26.657, en articulación con las áreas que correspondan, promoviendo su funcionamiento bajo la forma de una red de servicios con base en la comunidad. Dicha red debe incluir servicios, dispositivos y prestaciones tales como: centros de atención primaria de salud, servicios de salud mental en el hospital general con internación, sistemas de atención de la urgencia, centros de rehabilitación psicosocial diurno y nocturno, dispositivos habitacionales y laborales con distintos niveles de apoyo, atención ambulatoria, sistemas de apoyo y atención domiciliaria, familiar y comunitaria en articulación con redes intersectoriales y sociales, para satisfacer las necesidades de promoción, prevención, tratamiento y rehabilitación, que favorezca la inclusión social.

Este artículo contiene, de manera muy apretada, títulos de ideas generales sobre algunos de los modos y dispositivos de abordaje que podría contener un plan de salud mental comunitaria, en relación a la atención, a la rehabilitación y a la inclusión social. Sin embargo, en estos temas la ley también se limita a “disponer la promoción” de las acciones necesarias sin establecer las medidas y acciones concretas para hacerlas efectivas como sería, por ejemplo, legislar la creación de Centros de Atención Primaria de Salud o de Centros de Salud Comunitaria por cada tantos miles de habitantes, lo mismo para Casas de Convivencia Comunitaria, etc. La Autoridad de Aplicación, en consecuencia, tampoco está obligada a que se hagan realidad.

3.- En relación al Equipo Interdisciplinario, la ley no establece con fuerza de ley, como en general se cree, que la atención en salud mental deba realizarse a través de tal equipo.

El Art. 8º, el primero del Capítulo V titulado “Modalidad de Abordaje”, dice así:

Art. 8º.- Debe promoverse que la atención en salud mental esté a cargo de un equipo interdisciplinario integrado por profesionales, técnicos y otros trabajadores capacitados con la debida acreditación de la autoridad competente. Se incluyen las áreas de psicología, psiquiatría, trabajo social, enfermería, terapia ocupacional y otras disciplinas o campos pertinentes.

Este artículo no “establece” por ley sino solo “promueve” que la atención deba estar a cargo de un Equipo Interdisciplinario.

Una legislación “concreta” debe establecer imperativamente que la atención debe realizarse en equipo interdisciplinario y, en todo caso, también en qué circunstancias puede abordarse desde una sola disciplina; debe indicar, además, de manera precisa y exhaustiva, qué mínimo de disciplinas debe incluir el equipo y no tan solo una enumeración ilustrativa “no taxativa”, tal como dice la reglamentación del Art. 8º, qué articulación entre las incumbencias profesionales, etc.

Para diferenciar entre la manera “abstracta” y  “concreta” basta comparar el texto de este Art. 8º con el texto del Art. 39º del Reglamento que establece la “designación” puntillosa y detallada de los integrantes del Órgano de Revisión, con funciones claras y detalladas, con integrantes establecidos por ley de manera precisa y cerrada, con determinada jerarquía entre ellos, etc.

Por otro lado, vale repetir que el Cap. VI titulado “Del Equipo Interdisciplinario”, que contiene un solo artículo, el Art. 13º (que ya transcribí y comenté en el apartado II), tampoco tiene por objeto establecer imperativamente que la atención debe realizarse en equipo interdisciplinario ni la manera de hacerlo, sino que se refiere a otra cosa: a la igualdad de condiciones para ocupar cargos de conducción y gestión por profesionales de diferentes títulos de grado.

4.- En relación a la prevención, rehabilitación e inclusión socio-laboral, el Art.36º de la LNSM dice lo siguiente:

Art. 36.- La Autoridad de Aplicación, en coordinación con los Ministerios de Educación, Desarrollo Social y Empleo, Trabajo y Seguridad Social, debe desarrollar planes de prevención en Salud Mental y planes específicos de inserción socio-laboral para personas con padecimiento mental. Dichos planes, así como todo el desarrollo de la política en salud mental, deberá contener mecanismos claros y eficientes de participación comunitaria, en particular de organizaciones de usuarios y familiares de los servicios de salud mental. Se promoverá que las Provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires adopten el mismo criterio.

Si bien este Art. no es “abstracto”, tampoco establece por ley los mecanismos y acciones correspondientes a la prevención, rehabilitación e inclusión socio-laboral; lo que hace es delegarlos a la Autoridad de Aplicación.

El Decreto Reglamentario, que no reglamenta este artículo de la ley, en su Art.2º decreta:

Art.2º: Créase la COMISIÓN NACIONAL INTERMINISTERIAL EN POLÍTICAS DE SALUD MENTAL Y ADICCIONES en el ámbito de la JEFATURA DE GABINETE DE MINISTROS, presidida por la Autoridad de Aplicación de la Ley citada e integrada por representantes de cada uno de los Ministerios mencionados en el artículo 36º de la Ley Nº 26.657.

No es la ley la que establece los modos de construcción comunitaria de estos asuntos, sino que será la Comisión Interministerial la encargada de desarrollar los planes correspondientes.

                IV.- JURISDICCIONES Y PODER DE APLICACIÓN.

Un tema que se presta a debate es si la LNSM tiene o no tiene poder imperativo sobre las jurisdicciones provinciales o, para que tenga poder, las jurisdicciones deben “adherir”.

La opinión que se viene escuchando es que la LÑSM tiene pleno poder imperativo sobre las jurisdicciones sin previa “adhesión” de las mismas, dado que en su Art. 45º se declara “de orden público”.

Una cuestión es “de orden público” cuando responde a un interés general, colectivo, por oposición a la cuestión de orden privado, en los cuales sólo juega un interés particular. Su acatamiento garantiza principios comprometidos con el bienestar general y orientado a la defensa y conservación del orden y organización social.

Aun cuando el texto de una ley establezca su carácter de “orden público”, su poder no depende de la arbitrariedad del legislador, quien suele declararlas así para reafirmar el grado de imperatividad de lo legislado, sino que corresponde al juez, en el momento de interpretar y aplicar la norma, asignarle tal carácter.

Despejado este punto, es de esperar que el juez interviniente considere “de orden público” los principios y declaraciones generales de derechos que la LNSM contiene; también se abre la posibilidad de que puedan entrar en litigio, de acuerdo a la realidad e intereses de cada jurisdicción, la aplicación de las disposiciones específicas que la ley establece, tales como el Órgano de Revisión, su composición, funciones, etc.

Esta realidad genera posibles obstáculos a la plena implementación de lo legislado en la ley en relación al resguardo de derechos de los internados pues la interpretación de esta materia queda en manos de cada juez, con todo lo que esto significa, más teniendo en cuenta el carácter extremadamente reaccionario de nuestro poder judicial.

                V.- LA PLENA IMPLEMENTACIÓN.

1.- La ley es un avance real en la perspectiva de la salud mental comunitaria. Por eso hay que apoyarla y defenderla. Más que un avance limitado es un avance parcial. No se trata de un piso general de donde partir hacia el techo (que sería la salud comunitaria), sino que avanza en una parte, y en esa parte el avance no es limitado sino pleno (el resguardo de derechos).

Considero importante que precisemos desde qué paradigma, por un lado, se evalúan los avances y límites, y, por otro, se proponen los modelos de construcción. Desde el paradigma de los DDHH los avances de la ley son totales y plenos. Desde el paradigma de la salud mental comunitaria el avance es parcial.

2.- Los avances más destacados de la ley a defenderlos y, en todo lo posible, ampliarlos, son:

a.- La desmanicomialización. El cierre progresivo de los manicomios con tope en el año 2020.

b.- La regulación de las internaciones. Impulso y defensa del accionar de los Órgano de Revisión en todas las jurisdicciones.

3.- Dado que la LNSM y la Reglamentación establecen de manera concreta la externación de los internados en los manicomios y no establecen los dispositivos alternativos para su sustitución definitiva ni los dispositivos comunitarios para el abordaje ambulatorio; y teniendo en cuenta que el Plan Nacional de Salud Mental establece “que a Noviembre de 2015 el 30% de las personas con padecimiento mental que se encuentren institucionalizadas sean externadas”, una verdadera plena implementación en el Área Metropolitana de Buenos Aires (tomada como ejemplo) debería traducirse en la concreción de las siguientes medidas mínimos:

1.- Publicidad del Censo de Internados (Art. 35° de la LNSM).

2.- Externación efectiva del 30% de internados de aquí a Noviembre 2015 (aproximadamente 1000 internados en el Área Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires).

3.- Creación de las Residencias Asistidas para Externados (aproximadamente 150 en el Área Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires), con los respectivos Equipos de Apoyo.

4.- Creación de las Casas de Medio Camino para externados (aproximadamente 30 en el Área Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires), con los respectivos Equipos de Apoyo.

5.- Creación de Centros de Salud Mental Comunitaria (aproximadamente 50 en el Área Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires) basados en el trabajo en Equipo Interdisciplinario.

6.- Creación de Servicios de Internación de corto plazo en Hospitales Públicos.

7.- Dictado de las nuevas Resoluciones Ministeriales que regulen el Equipo Interdisciplinario y la Habilitación de Establecimientos de Salud Mental.

8.- Establecer un Plan de Capacitación para todos los trabajadores del sistema de salud acorde los principios establecidos en la LNSM.

9.- Pensión para las personas con padecimiento mental.

10.- Planes de inserción sociolaboral.

[1] Soy un trabajador de la salud y no del ámbito jurídico, por tanto pido disculpas anticipadas por el uso de una terminología y maneras expositivas ajenas al ámbito del derecho.

[2] Medicar es un acto médico que, en salud mental, constituye una importante herramienta en manos del equipo interdisciplinario. La “medicalización”, en cambio, es una auténtica “mala praxis” del uso de los fármacos que los concibe como el principal y muchas veces único camino eficaz para enfrentar el padecimiento mental. Esta deformación hoy es, por diversas razones, el verdadero núcleo del modelo médico hegemónico y el principal obstáculo a remover.

[3] De los 43 artículos que contiene de la ley (excluidos los últimos 3 de forma), 23 regulan, de manera directa o indirecta, las internaciones: los 16 del Cap. VII “Internaciones”; 1 del Cap. VIII “Derivaciones”; 3 del Cap. X “Órgano de Revisión”; y 3 del Cap. XII “Disposiciones complementarias”.

[4] Algunos compañeros me han señalado que la expresión “meramente enunciativos” tiene, en el ámbito del derecho, un sentido técnico diferente al que yo interpreto: significa que los derechos no se agotan en esa enumeración sino que pueden existir otros que no se encuentren reconocidos explícitamente, en contra-posición al concepto “taxativo”, que se aplica a aquellas enumeraciones legales a las que no se puede agregar nada que no esté en esa enumeración. Solo por poner un ejemplo, las causales de divorcio son “taxativas” (no enunciativas).

A pesar de esta aclaración, considero que el sentido de lo expuesto por mí sigue siendo válido, pues a lo que apunto es a que se trata de declaraciones “abstractas” sin efectos reales.

hector.fenoglio@centrolapuerta.com.ar

www.fenogliohector.blogspot.com

CUERPO TEÓRICO
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio (1992) [1]

 

Como siempre, estallás ante mi temerosa mirada que te esquiva. Otra vez el filo de tu mirada tajea mis ojos. Siempre me costó soportar tu presencia, pero mucho más tu ausencia.

¿Qué legitima mi práctica psicoanalítica? ¿Los libros de Freud, un lugar social reconocido, el transcurrir de mi análisis?

Me tranquilizo: yo sólo trato de ayudar a un sufriente que pide ayuda. Es cierto: sólo puedo ofrecer mi corazón.

Pero me engaño. Más aún, así llego al momento cúlmine del engaño. ¿Ayudar a un sufriente? ¿Quién soy yo para ayudar a alguien? ¿Quién me creo? Sé, por experiencia propia, que ese sufrimiento es el precio que se paga por traiciones y vilezas, por no poder mirarte de frente, ni querer saber nada de tu presencia. Incluso preferir la enfermedad y aun la muerte a saberte viva.

¿Pisco-ayuda? La peor mentira. Me visto de aparente verdad para ocultar la desnudez más desnuda y lacerante, la verdad babeante, deforme y paralítica que me aterra. Me ciego para no verte, me mato para que no me mates.

Siempre escucho claro. Pero muchas veces eso denuncia mis propias miserias, y me paralizo. O peor aún, abre la jaula de mis horrores, del pánico. Entonces mi propia cobardía escucha un pedido de ayuda cobarde. Y «ayudo», porque me duele y aterroriza hablar claro. Es cuando me armo de palabras teóricas para escabullirme.

Pero llegás y estallás ante mis ojos, y en un relámpago tu mirada inutiliza mi confortable inercia profesional, a la que me aferro y confundo con mi vida. Desbaratás mis pensamientos, desparramás por el piso las prolijas excusas. Inútilmente trato de juntarlas y ordenarlas.

Entonces, desde el vacío más pleno que estremece mi cuerpo y con la angustia que atenaza la garganta, mi llanto habla mis palabras:

en tu mundo no hay guaridas, no hay teoría que pueda sostener ni legitimar este acto, sólo la cuota de angustia, horror y valentía que podamos soportar para escuchar esas verdades. Sólo desde allí las verdades toman cuerpo. Cuerpo teórico.

Ya lo dijo el poeta: estamos en la noche, en una prisión de la que no saldremos sino muertos, reducidos a colocar el corazón desnudo contra el muro, en el frío, con la esperanza de que haya una oreja pegada al otro lado.

EL AMOR A LA VERDAD
Héctor Fenoglio

Por Héctor Fenoglio

 

1.- LA LEY

La experiencia de vida nos obliga a abandonar la ilusión de que el hombre, en el fondo, es un ser lleno de bondad y de amor. Peor aún, parece obligarnos a reconocer lo contrario; que la característica humana más definitoria quizá radique en un fondo de maldad tan antigua e insondable como el hombre mismo. La consecuencia inevitable que esta situación nos impone, entonces, es la necesidad de imponer barreras que contengan semejante maldad. La expresión concreta de estas barreras es la institución y sostenimiento de un conjunto de leyes (jurídicas, morales, culturales, etc.) imprescindibles para evitar el caos y el derrumbe social.

Pero la experiencia también nos obliga a reconocer que la esencia de estas leyes radica en prohibiciones; en disuasivos y amenazas ante su posible trasgresión. Dicho de manera más clara: aunque las leyes, por un lado, prohíban determinados actos, por el otro, dejan intactos los impulsos que empujan a cometerlos. Podríamos decir que estas leyes actúan de manera “externa” al impulso; o también que, como no tienen el objetivo de modificar “internamente” al impulso, es lógico, por lo tanto, que no logren modificar en nada la maldad que anida en el alma humana. A lo sumo, logran mantenerla a raya. Nos encontramos así en la incómoda situación de mantener un eterno empate entre las prohibiciones y lo prohibido, con el inevitable agregado de un oscuro pronóstico: si algún día la balanza llegara a inclinarse hacia un lado, ese lado necesariamente será el de la maldad, pues las leyes, por su propia esencia, no buscan la transformación sino tan sólo contener la maldad. Freud no era ignorante de esto; y así lo escribió en su artículo “Consideraciones de actualidad sobre la Guerra y la Muerte”: «La sociedad civilizada, que exige el bien obrar sin preocuparse del fundamento instintivo del mismo, ha ganado, pues, para la obediencia o la civilización a un gran número de hombres que no siguen en ello a su naturaleza. El sujeto así forzado a reaccionar permanentemente en sentido de preceptos que no son manifestación de sus tendencias instintivas vive, psicológicamente hablando, muy por encima de sus medios y puede ser calificado, objetivamente, de hipócrita,…y es innegable que nuestra civilización favorece con extraordinaria amplitud este género de hipocresía. Podemos arriesgar la afirmación de que se basa en ella y tendría que someterse a hondas transformaciones si los hombres resolvieran vivir con arreglo a la verdad psicológica. Hay, pues, muchos más hipócritas de la cultura que hombres verdaderamente civilizados…»

Es innegable que la satisfacción plena y sin remordimientos de nuestras peores tendencias egoístas no nos llevaría más que a la locura y criminalidad. Pero es innegable también que, tal como están planteadas las cosas hoy, el cumplimiento de la ley se vuelve imposible. Y no sólo eso sino algo bastante más terrible, que no muchos, sin embargo, quieren reconocer: el sostenimiento y cumplimiento de la ley, entendida puramente como prohibición, no puede llevarnos más que a una vida mortífera, de constante resignación y pena, condenándonos a no poder superar jamás el malestar intrínseco que imponen a la vida estas leyes que sólo prohíben pero no dan vida. La ley está como hambrienta y nos contagia el hambre; recurriendo a la ley nunca se consigue la abundancia, pues sus prescripciones cabalmente están hechas para quitar, para exigir y para estrujar hasta el extremo. Con cada prescripción la ley exige algo y, sin embargo, nunca hay tope para las prescripciones. Por esto la ley es exactamente lo contrario a la vida, porque la vida es abundancia. La ley se asemeja a la muerte. Y sin embargo todo parece indicar que no podemos abandonarla a riesgo de caer en la disolución social. Esta es la conclusión y el mensaje de Freud: lo inexorable del malestar en la cultura. Conclusión honesta y a la vez terrible, pero que, más que resolver el asunto, no hace más que explicitar el presentimiento basal de la propia inviabilidad que subyace en nuestra cultura.

En este exacto punto, en este nudo imposible de desatar, en este auténtico callejón sin salida en la relación entre la ley y la vida es cuando llega y adonde apunta el mensaje cristiano “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La disyuntiva humana tan magníficamente descripta por Freud no es nueva, más aún, es la misma que enfrentaron Jesus y los primeros cristianos. Ya en aquellos tiempos la ley era imposible de cumplir y también, con sus insaciables exigencias, era la ruina de todos. Es ante esa situación de imposible resolución que el apóstol Pablo anuncia: “Cristo es el fin de la ley” (Cor. X.4). Y verdaderamente es así: Cristo es la ruina de la ley y, aunque suene paradojal, también es el cumplimiento de la ley.

El precepto “amarás a tu prójimo como a ti mismo” no es una ley del tipo de las descriptas por Freud. Este precepto no apunta a condenar ni a mantener a raya el odio al prójimo pero dejando intacto ese odio (a lo que sí apunta, dicho sea de paso, nuestra progresista y tan ponderada exigencia de la “tolerancia” al otro). No apunta a una represión del odio (es decir, a una acción “externa” sobre él), como tampoco se propone meramente como una barrera contra el odio pero sin llegar a alterarlo. El precepto insta y convoca a todos y a cada uno, con absoluta seriedad, a una transformación del odio en amor. Por eso ya no es una ley general sino un proceso interior de vida; no es una ley que oprime sino una sugerencia vital, una invitación a vivir un tipo de vida diferente a la actual.

Llegado a este punto rápidamente se contestará que semejante pretensión (la de la transformación de los impulsos hostiles en amor) es algo imposible. Ya lo veremos. Lo que por ahora interesa recalcar es que, más allá de si es posible o no, el precepto no es una prohibición, sino un imperativo por el que, en el caso de realizarse, la ley queda cumplida y, por eso mismo, se vuelve innecesaria. Es por eso que es la ruina y, al mismo tiempo, es el cumplimiento de la ley. Y es por eso, también, que Pablo afirma que en la simpleza del precepto se resumen todas las leyes puesto que, de cumplirse, en el mismo acto se cumple toda ley. Por todo esto resulta obvio que confundir este precepto con una ley que meramente prohíbe es no entender el ABC del mensaje cristiano.

 

2.- EL PRÓJIMO NO ES EL SEMEJANTE.

La experiencia de amar aparentemente nos resulta a todos clara y transparente. El precepto dice “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”: ¿será este amor similar al amor a una pareja, o tal vez al amor a un amigo? Estos amores son tan viejos como la humanidad, y no agregaría más que confusión quien opinara que la diferencia que introduce el amor cristiano tan sólo consiste en que la amada o el amigo son queridos de una forma más fiel y tierna. ¿No constatamos acaso en personas no cristianas ejemplos hermosos de este amor o de esta amistad? Si el cristianismo no trae al mundo un nuevo amor, todo su mensaje es un fraude. ¿Cuál es, entonces, la novedad que introduce el cristianismo en este asunto?

Hoy, como hace miles de años, diferenciamos lo que llamamos el “amor propio”, en sentido egoísta o narcisista, del “amor al otro”; y hoy como ayer repudiamos el amor egoísta tanto como exaltamos la entrega amorosa a un hombre o a una mujer, al pueblo, o a la humanidad. Pero fue el mismo Freud quien descubrió que estos amores “altruistas” no son más que desarrollos del amor narcisista: en el fondo todos amamos lo que somos o lo que nos gustaría ser. A pesar de su radicalidad, el descubrimiento freudiano sin embargo no es ninguna novedad: hace 2000 años el cristianismo ya afirmaba que tanto el “amor propio” como el amor a una pareja, al amigo, o a una causa, no son más que otras tantas formas del “amor propio”. Y es aquí que, a diferencia de todo lo anterior y posterior, el cristianismo introduce su innovación decisiva que trastoca todos los valores, pues de manera categórica e irreversible afirma que «amar al prójimo como a ti mismo» es un amor absolutamente diferente a todos los demás amores, sean narcisistas o altruistas, hasta el punto extremo de llegar considerarlo como el único auténtico amor.

De los reparos con los que Freud rechaza el precepto podemos aclarar este asunto. Freud dice así: «Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo». Es indudable que los reparos que opone (como lo haría cualquiera de nosotros) son del “amor propio”. El “prójimo” así entendido no es más que la duplicación de uno mismo, es decir, otro “uno” necesario para que uno pueda afirmarse. Entendámonos bien: no estamos hablando especialmente del narcisismo de Freud sino de la posición que él allí adopta, la normal desde la que cualquier persona en nuestra cultura piensa y siente. Freud mismo lo dice: “es muy probable que el prójimo, si se le invitara a amarme como a mí mismo, respondería exactamente como yo lo hice”. Resulta aquí imprescindible, entonces, hacer la siguiente aclaración: Freud aquí no está hablando del “amor al prójimo” sino del “amor al semejante”. Este amor se funda en la semejanza en virtud de la cual los que se aman son distintos a los demás, o en la cual se asemejan mutuamente en cuanto distintos de los demás. Este amor al semejante inevitablemente se funda en una exclusión de los otros: por un lado la pareja, los amigos, el partido, la nación y la raza; por otro, los otros. Este amor es amor de preferencia y enteramente acorde con uno mismo; en él uno está a sus anchas y es feliz: todos somos “uno” (de Boca, de River, o de lo que sea, siempre y cuando haya algún otro en contra). Cuanto más fuertemente se enlazan dos “unos” entre sí con el fin de hacer un solo uno, tanto más se aferra al “amor propio” este “uno reunido”, excluyendo a todos los demás. En el punto culminante del amor y de la amistad, los dos, los tres, o los miles se hacen realmente una misma cosa, un solo “uno”. Pero en esta borrachera emocional, que hoy se considera el summun del amor, uno no se sigue amando más que a uno. Es que en este amor como sentimiento, como emoción o como identificación, uno no hace más que regodearse en uno mismo, acomodándose en una tibia trampa de la que nunca más quisiera salir. Pero eso, para el cristianismo, nada de esto es amor, puesto que sigue fundándose en el odio al “no uno”, es decir, “al prójimo”. A decir verdad, el semejante es casi lo opuesto y hasta el enemigo del prójimo. Freud, con la franqueza que lo caracteriza, lo confiesa de una manera tan irremediable como accesible a cualquiera que no quiera engañarse: «Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que -para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio». No hay nada, pues, en uno ni en el prójimo, que me lleve a amarlo; por lo contrario, todo me lleva a odiarlo y a esperar de él una actitud equivalente. Por eso es que, para reprimir ese odio, se hace necesaria la ley; pero también es cierto que mientras sigamos sosteniendo y aferrándonos a la ley, seguiremos odiando. Así es la ley del “amor propio”. Y es justamente en este punto donde el precepto cristiano rompe el nudo anunciando que únicamente el amor al prójimo nos puede sacar de semejante atolladero.

 

4.- UNO NO ES TI MISMO

Pero ¿es posible? Recordemos aquí las ya citadas palabras de Freud: «la sociedad civilizada tendría que someterse a hondas transformaciones si los hombres resolvieran vivir con arreglo a la verdad psicológica». Nuestra sociedad sólo exige que se acate la ley, y le tiene sin cuidado si las personas sienten a la ley como una imposición ajena a su ser o la asumen como propia. Pero, como todos sabemos, hecha la ley hecha la trampa. Esta forma de vida, subjetiva y objetiva a la vez, que se funda en la represión y no en la transformación de los impulsos, necesariamente es hipócrita y mentirosa.

El amor a una pareja, a un amigo o a una causa es algo bellísimo, que nadie en su sano juicio puede despreciar; pero elevar cualquiera de ellos a supremo valor regulativo de la vida sólo puede conducir a desastres. Si anteponemos el amor a la pareja, a la familia o a la patria a cualquier otra cosa, inmediatamente veremos despuntar el odio a esa “otra cosa”: cualquier tercero es rechazado en la relación de pareja, apareciendo los celos; la sola existencia de otra patria alcanza para encender la tensión agresiva para con ella. Elevar a primer plano el amor a la pareja también lleva a dejar muy por detrás la relación con la propia verdad de cada uno de sus integrantes, quienes rápidamente empiezan a usar el amor al otro como escondite para tapar sus propias miserias y mentiras. Y así nuevamente vuelve a aparecer en primer lugar el amor propio. Uno gusta imaginarse que es uno el que viene a controlar el odio que le brota a pesar de su voluntad, y que en esa tarea tiene como aliada a la ley. Uno y ley son la misma cosa, y pone al odio por fuera y contra suyo. Esta fantasía de uno, sin embargo, viene como anillo al dedo para no ver que uno se funda en tensión agresiva con el otro, y que el amor propio inevitablemente se sostiene, en espejo, del odio al otro.

Muy diferente es querer salir de la mentira y vivir con arreglo a la verdad; esto funda un amor totalmente diferente a todos los anteriores que, incluso, puede llevarnos a romper parejas y amistades. Este amor, a diferencia de los anteriores, es absolutamente solitario, siendo una tarea de cada uno, solo ante la verdad. Y en esto de nada vale simular que se acata, porque no hay nadie ante quien simular ni a quien acatar, como tampoco hay nadie quien avale nada. Tampoco es un acto que se puede hacer entre muchos, tanto sea porque no nos alcancen nuestras propias fuerzas como para darnos más valor; pues aquí uno está solo ante la verdad. Además este amor jamás puede convertirme en una sola cosa con el otro, resultando un “uno” reunido; por el contrario, es y siempre será un amor entre dos personas eternamente determinadas cada una por su lado. Recién aquí es donde puede llegar a aparecer el “amor a ti mismo”, el cual no tiene nada que ver con amarse a uno mismo, el que siempre es y será amor de preferencia y de regocijo en la propia imagen. El amor así entendido y practicado no tiene nada que ver con el sentimiento (gusto), como tampoco con la moral (obligación), sino simplemente con la verdad. Y no hay ley general, ni aún la más revolucionaria y socialista, que pueda imponer su cumplimiento, pues esto es una cuestión de cada uno.

Nadie puede dejar de ver que nuestro mundo es casi la antítesis de este precepto, y que llevarlo a la práctica va contra uno. Pero también nadie deja de ver que nuestro mundo, fundado en uno y en la ley, no tiene salida; y que, así, hasta uno mismo se perjudica. Vivir con arreglo a la verdad no es un sueño. No es sólo una afirmación doctrinaria del freudismo la que afirma que la cultura y sus obras son un producto de la transformación pulsional, sino que, y en primer lugar, es su misma praxis clínica la que se asienta en dicha transformación, la que se transita a través del penoso reconocimiento de una verdad rechazada y no reconocida por uno. Esta verdad no es algo ya creado y existente en nosotros y que tan sólo espera su reconocimiento, sino que, por una extraña operación, es algo que se vuelve a crear en el exacto momento de su reconocimiento que, a su vez, coincide con el reconocimiento de la mentira propia de uno. Es en esa travesía que uno reconoce que hay algo más allá de uno, y que eso es más propio que uno mismo.

LA COMUNIDAD TERAPÉUTICA
Héctor Fenoglio

Héctor Fenoglio. Enero 2009.

 

Desde el inicio hay que dejar establecido lo siguiente: el eje sobre el que gira y el ámbito en que se desarrolla toda la actividad terapéutica de La Puerta es la Comunidad Terapéutica. Este es el dispositivo mayor que incluye al Hospital-Centro de Día como un dispositivo subordinado, junto a otros como el tratamiento farmacológico, la psicoterapia individual, el acompañamiento terapéutico, los encuentros multifamiliares y algunos más.

¿Qué rasgos fundamentales definen al dispositivo Comunidad Terapéutica (CT)? Esta debería ser una de las principales tareas a encarar en el área de formación y elaboración durante 2009. En el Informe de la subcomisión de diseño del dispositivo terapéutico de las reuniones del 17 y 24 de Octubre de 2008, quedaron establecidas algunas pautas generales; allí decíamos, en relación al espíritu del trabajo terapéutico en La Puerta, que de ahora en más el abordaje grupal-institucional desplazará al abordaje que venimos desarrollando centrado en la relación individual profesional-paciente.

Una característica fundamental de la CT es que instituye una comunidad real, una sociedad en miniatura constituida por un reducido número de miembros. Esta comunidad instaura y basa su accionar en un determinado modo de relación o lazo social. En su libro Comunidad de Locos W.R.Grimnson dice: Una estructura hospitalaria es una sociedad, o sea una estructura social en la que se desarrolla un proceso. Existen implícita o explícitamente en tal institución normas sobre el funcionamiento que están engarzadas en un sistema de valores (24-25). Y un poco más adelante dice: En una institución de comunidad terapéutica todo lo que se hace es terapéutico y todos los que lo hacen son terapeutas (68) El foco pasa a ser social y no individual (26) y la institución pasa a ser el sujeto de la experiencia (69) .

Las experiencias más conocidas de CT en Argentina siempre se han desarrollado en instituciones con pacientes internados, esto significa que las experiencias se realizaron puertas adentro y estuvieron protagonizadas principalmente por los miembros de la comunidad hospitalaria: pacientes y profesionales de la salud. Nuestra comunidad terapéutica, en cambio, tiene la particularidad de que se realiza con pacientes ambulatorios, de allí el aditamento de Abierta o de Día. Entre estas dos posibilidades, entiendo que Abierta es la que mejor expresa nuestra práctica, no sólo porque su actividad se extiende y mantiene alerta las 24 horas del día, sino porque, además, incluye e integra de manera decisiva a la familia y a los allegados del paciente, la constante asistencia domiciliaria y telefónica, el fuerte apoyo en las funciones de acompañamiento, asistencia social y otras actividades realizadas en el ámbito social-comunitario, etc. Además, muchos ámbitos formales de La Puerta (talleres, cursos, etc.), sean terapéuticos o no, son abiertos a la comunidad y allí los pacientes participan sin distinción con el público en general; también muchas otras actividades sociales, recreativas, deportivas son abiertas a la comunidad, en las que, de manera premeditada y controlada, los pacientes participan, sin distinción alguna, con allegados, amigos, familiares y público en general. Por todo esto considero que Abierta expresa mejor la práctica que hoy desarrollamos en La Puerta.

 

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Todo lo anterior, aunque ilustra bastante bien nuestra práctica, queda sin embargo en una mera descripción externa de la misma, sin poner de manifiesto su esencia. ¿Cuáles son las notas internas que caracterizan nuestra praxis terapéutica con psicóticos? Creo que lo fundamental radica en la manera en que establecemos y desarrollamos la relación con los pacientes, con su núcleo familiar y sus allegados. No pocas veces nos han dicho que nuestra práctica se distingue de otras por su acento en el aspecto «humano», pero esto no aclara mucho pues, con toda seguridad, debe haber otros lugares donde también el acento en lo «humano» es relevante.

¿Qué podemos decir nosotros, como profesionales de La Puerta, de nuestra disposición hacia los pacientes? Por lo general, los psicóticos se quejan de que sus opiniones y decisiones no son tenidas en cuenta y que su vida es manejada por sus familiares y profesiones tratantes; en otras palabras, de haber sido despojados de su posición de sujeto y reducidos a un estado de objeto: control y vigilancia constante, no respeto a su voluntad, objeto de maniobras violentas cuando no de encierro y de castigo . Muchos familiares y profesionales justifican esta conducta propia con la observación descalificante de que el paciente no tiene conciencia de enfermedad. La “no conciencia de enfermedad” o la no asunción plena de que está en problemas es, por supuesto, una situación bastante común; de todos modos, ello no justifica desconocer la voluntad del paciente, o no necesitar el consenso del paciente y/o su familia para llevar adelante las medidas terapéuticas que crea conveniente, cualquiera ellas sean . Considerar a esta necesidad de consenso como el punto de partida constitutivo y punto fundamental del trabajo terapéutico, es la única manera para que ese consenso sea, en principio, posible y, después, llegue a ser real .

¿Cuál es, ante esta situación, nuestra actitud básica? Primero, respetar o bien restituir al paciente su posición de sujeto, devolverle la responsabilidad sobre sus actos y hacerle cargo de la totalidad de sus decisiones. Segundo: no mentir ni andarle con vueltas, no minimizar su situación ni crearle falsas expectativas, pero tampoco quitarle responsabilidad por su situación; hablarle de manera franca y clara, con el cuidado que requiere una persona que no está en la plenitud de sus facultades o que se encuentra en un estado alterado (como lo hacemos con alguien que está alcoholizado, drogado, accidentado, golpeado, muy enfermo, en estado de shock, etc.). Le reconocemos la validez de su denuncia y de su reclamo pero, así como apoyamos su percepción de que ha sido excluido de manera injusta y arbitraria del lazo social, le aclaramos que esta exclusión no consiste en no darle la razón en todo sino en no reconocerle su posición de sujeto. Con este reconocimiento, y con el ofrecimiento de la integración inmediata y plena a nuestra comunidad terapéutica abierta, sin otra condición que su pedido o su simple consentimiento, le requerimos su inclusión inmediata en un lazo social diferente y su pertenencia a una comunidad real y concreta que, aun siendo parte de la misma comunidad que lo excluyó, sin embargo la cuestiona y la combate por muchos motivos, entre otros, por haberlo excluido. De este modo, realmente le reconocemos su exclusión arbitraria del lazo social y, con la misma fuerza, le ofrecemos y requerimos su inmediata reinclusión en nuestra comunidad, por propia decisión .

Todo esto puede sonar a pase de magia, sin embargo es una operación real y, en la mayoría de los casos, muy efectiva. Se trata, nada más ni nada menos, de tratarlo como una persona y, a la vez, de forzar a que nos trate de la misma manera.

 

 

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Para que el tratamiento pueda ser accesible al psicótico, es necesario que una brecha en la certeza de su delirio haga posible el trabajo de construcción de un mínimo lazo social. Esta brecha que el psicótico viene a reparar en el Centro, y que funda su demanda, es lo que el analista debe mantener abierto. Es precisamente esto lo que desencadena la estructura de transferencia…

Esta transferencia no es neurótica. Al inicio de la transferencia neurótica no hay exclusión del lazo social, lo que hay, o mejor dicho, lo que desde su punto de vista el neurótico experimenta al inicio como situación de exclusión, es el no reconocimiento de su valor fálico dentro del lazo social; en la transferencia psicótica, en cambio, lo que se juega al inicio es la exclusión o la posible inclusión real en el lazo social, es decir, el reconocimiento efectivo o no de su posición de sujeto .

Dicho de otra manera, lo que se juega en el momento inaugural en la transferencia psicótica es la posibilidad o no del re-alojamiento en el Otro. El Otro, como señala Lacan, está excluido del discurso delirante . Esta fórmula, la mayoría de las veces, es entendida al revés, como que El delirante está excluido del discurso del Otro, interpretación no sólo inaceptable sino sintomática, pues entendida así expresa, casi con exactitud, la esencia de la posición psicótica delirante. Aceptar que El delirante está excluido del discurso del Otro es aceptar dos cosas inaceptables: una, que el Otro se funda y vive en la mala fe (arbitrariedad), y la otra, que el psicótico es irresponsable como sujeto pues está en posición de objeto.

Es notorio y registrable la arbitrariedad del Otro (la madre, el padre y otras figuras sustitutas) en lo empírico de la historia personal y familiar del psicótico, pero también es cierto que muchas otras veces esto no es notorio ni verificable. Lo mismo ocurre con la posición del psicótico: muchas veces registramos su verdadera buena fe y constatamos con tristeza que no puede enlazarse con la buena fe del entorno; pero en otras tantas registramos que su posición se basa en la simple y llana mala fe. De lo que no hay duda es que tanto la inclusión como la exclusión del Otro (sea del discurso delirante como de cualquier otro discurso) remiten respectivamente a la buena fe y a la mala fe; en ambos casos, lo que termina inclinando la balanza es la disposición del sujeto pues, en ambos casos, el Otro, a pesar de todas las desgracias en la historia personal y familiar, siempre está disponible de buena fe. Si no fuera así, no habría ni la más mínima posibilidad de tratamiento ni de recrear un lazo social nuevo en la vida del psicótico.

La comunidad terapéutica encarna y ofrece esta buena fe. La CT se funda y basa su existencia y accionar en estos principios de inclusión; con la inclusión del paciente se incluyen, desde el vamos, también sus familiares y allegados que, de ahora en más, pasan a regularse con las normas de la comunidad terapéutica, tanto dentro del espacio físico de la institución como fuera de ella: en la casa donde vive el paciente, en las relaciones familiares, de amistad, etc.

Esta relación-lazo social, este espacio social-institucional que instituimos entre todos (en los dos sentidos: tanto en el sentido de “hecho y determinado por nosotros” como en el sentido de “entre-medio de nosotros y que nos determina”) no existía, existe desde el momento en que consentimos en crearlo, y sigue existiendo solo si lo cuidamos y seguimos sosteniendo día a día . Este espacio-lazo intermedio, esta praxis que constituimos y nos constituye en lo que somos en ella, es real; es allí donde se desarrollan las experiencias de salud y enfermedad y no dentro de la cabeza o de una supuesta realidad psíquica, entendida como un mundo de representaciones o de puros significantes . Esto es así tanto en las psicosis como en las neurosis . Este real, espacio entre subjetivo y objetivo o, mejor dicho, reunión, reconciliación o, mejor aún, superación que contiene a ambos, no es una manera novedosa de entender la materialidad de nuestro ámbito y quehacer, por el contrario, ya ha sido señalado como tal, aunque con distintos nombres, por los más destacados referentes del psicoanálisis.

 

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Que El Otro está excluido del discurso delirante quiere decir, en primer lugar, como ya vimos, que el delirante está excluido como sujeto, no reconocida su posición de sujeto. En primer lugar, y de manera muy especial, por él mismo. Lo primero que hay que hacer, entonces, es incluir al Otro en el discurso con el delirante, esto es, en la relación efectiva con el psicótico, haciéndolo partícipe de nuestra inclusión del Otro.

Todos somos parte de la comunidad; el paciente no puede esperar ni pretender respeto hacia sí como sujeto si, por su parte, no respeta a los demás como tales, en primer lugar a sus familiares. Si el paciente no quiere tratarse, en ninguna de sus formas, el trabajó será con los familiares que están a su cargo, o con los allegados que están a su alrededor. Quiéralo o no, el psicótico ya tiene y mantiene con ellos una relación efectiva que no es del agrado de éstos; y éstos no saben ya qué hacer. Se trabajará con los otros del paciente para poder incluir al Otro, es decir, al tratamiento con profesionales o no profesionales (pueden ser otras figuras: sacerdotes, chamanes, líder reconocido, etc.). Esto puede llevar mucho tiempo, todo el tiempo que sea necesario, para generar una grieta en el discurso delirante o lograr meter una cuña en esa grieta .

El trabajo sobre la grieta nos introduce de lleno en el tema del conflicto psicótico. Este conflicto no es intra-personal, es decir, no se desarrolla en el “interior” de la persona, ya fuese entre dos alternativas en que el paciente se debate, por ejemplo, entre sentir que se es atacado pero que tal vez no fuese así; ya fuese entre dos instancias, una consciente y otra inconsciente, por ejemplo, sentir una gran amenaza y angustia ante alguna situación pero sin reconocer un motivo real o imaginado. Por el contrario, la característica central del conflicto psicótico es que principalmente se da en y con la realidad exterior, es decir, en y con la realidad del lazo social efectivo con otros. Esta situación coincide con las famosa sentencia de Freud que dice: «la neurosis sería el resultado de un conflicto entre el “yo” y su “Ello”, y, en cambio, la psicosis, el desenlace análogo de tal perturbación de las relaciones entre “yo” y el mundo exterior» .

Aceptar que no debemos operar por la fuerza no solo es aceptar nuestro límite, es algo mucho más importante: es constituir nuestro ser. Como profesionales podemos operar por la fuerza (internar, etc.), la ley nos ampara y, no solo eso, muchas veces hasta nos obliga a actuar así ; pero al hacerlo así caemos fuera del discurso-praxis psicoanalítico y nos ubicamos en otro discurso (de amo, de patrón, de matón), en el que ejercitamos un poder que no es el nuestro. Nuestra posición o discurso, por el contrario, consiste en aceptar, de manera gustosa y hasta amorosa, nuestra debilidad, o, mejor dicho, nuestra supuesta debilidad, puesto que, en realidad, es nuestra fuerza, nuestra verdadera fuerza, que proviene de esa debilidad, de la aceptación de ese límite, del respeto irrestricto a la posición de sujeto del otro.

No se puede incluir de prepo al Otro en el discurso delirante. No se trata de ponernos en posición tal que hagamos imposible que el psicótico, o cualquier otro, nos engañe, nos perjudique (perjuicio) o nos dañe; simplemente se trata de que nosotros actuamos de buena fe y, aunque deseamos que el otro actúe de igual manera, también contamos con la posibilidad de que no sea así. Lo que sí requerimos al inicio para establecer el lazo social, es que nos comprometamos a actuar de buena fe; una vez aceptada esa condición, lo que el otro haga o deje de hacer cae bajo su propia responsabilidad. Y el otro tiene derecho a mentir y a engañar todo lo que quiera, pues mantener su compromiso depende de él y de nadie más. Sostener el mundo de la buena fe depende de la decisión de cada uno que participa en él, no es posible imponerlo por la fuerza ni por ningún otro medio que no sea la libre disposición de cada cual .

 

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La comunidad terapéutica se expresa en dos órganos-dispositivos institucional- terapéuticos:

a.- La asamblea y

b.- la multifamiliar.

Además, mantiene la cena mensual, un encuentro institucional y social.

 

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Dos grandes diagnósticos: enfermedad/salud mental o discapacidad/condición diferente.

Dos grandes objetivos: cura o rehabilitación.

Una sola pregunta: ¿son enfoques excluyentes o complementarios?