CUERPO TEÓRICO
Héctor Fenoglio

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Por Héctor Fenoglio (1992) [1]

 

Como siempre, estallás ante mi temerosa mirada que te esquiva. Otra vez el filo de tu mirada tajea mis ojos. Siempre me costó soportar tu presencia, pero mucho más tu ausencia.

¿Qué legitima mi práctica psicoanalítica? ¿Los libros de Freud, un lugar social reconocido, el transcurrir de mi análisis?

Me tranquilizo: yo sólo trato de ayudar a un sufriente que pide ayuda. Es cierto: sólo puedo ofrecer mi corazón.

Pero me engaño. Más aún, así llego al momento cúlmine del engaño. ¿Ayudar a un sufriente? ¿Quién soy yo para ayudar a alguien? ¿Quién me creo? Sé, por experiencia propia, que ese sufrimiento es el precio que se paga por traiciones y vilezas, por no poder mirarte de frente, ni querer saber nada de tu presencia. Incluso preferir la enfermedad y aun la muerte a saberte viva.

¿Pisco-ayuda? La peor mentira. Me visto de aparente verdad para ocultar la desnudez más desnuda y lacerante, la verdad babeante, deforme y paralítica que me aterra. Me ciego para no verte, me mato para que no me mates.

Siempre escucho claro. Pero muchas veces eso denuncia mis propias miserias, y me paralizo. O peor aún, abre la jaula de mis horrores, del pánico. Entonces mi propia cobardía escucha un pedido de ayuda cobarde. Y «ayudo», porque me duele y aterroriza hablar claro. Es cuando me armo de palabras teóricas para escabullirme.

Pero llegás y estallás ante mis ojos, y en un relámpago tu mirada inutiliza mi confortable inercia profesional, a la que me aferro y confundo con mi vida. Desbaratás mis pensamientos, desparramás por el piso las prolijas excusas. Inútilmente trato de juntarlas y ordenarlas.

Entonces, desde el vacío más pleno que estremece mi cuerpo y con la angustia que atenaza la garganta, mi llanto habla mis palabras:

en tu mundo no hay guaridas, no hay teoría que pueda sostener ni legitimar este acto, sólo la cuota de angustia, horror y valentía que podamos soportar para escuchar esas verdades. Sólo desde allí las verdades toman cuerpo. Cuerpo teórico.

Ya lo dijo el poeta: estamos en la noche, en una prisión de la que no saldremos sino muertos, reducidos a colocar el corazón desnudo contra el muro, en el frío, con la esperanza de que haya una oreja pegada al otro lado.

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