NADIE MUERE EN EL PASADO: UN PSICOANALISTA EN EL 2050
Héctor Fenoglio

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Por Héctor Fenoglio

Tengo 7 años y nací en la provincia de Córdoba, al sur, en este pueblo perdido entre el viento y la seca de la pampa gringa. Éste es mi nombre, éstos son mis padres y éste es mi idioma ¿Qué hubiera sido de mí si hubiera nacido en otro país, en otra familia, o con otro cuerpo? Y si no hubiera nacido ¿qué sería de mí? ¿Se dá cuenta? Somos una irremediable casualidad. Todos creemos ser reales y vivir en un mundo real y, por supuesto, sobrevivimos. Pero nada de esto es realmente real.

Mi búsqueda comenzó mucho antes, cuando tenía 4 años. Recuerdo nítidamente el momento: al calor de la siesta miro un tarrito de té Tigre, en el que está impreso un tigre que me mira y, sonriendo, me muestra en su mano derecha un tarrito idéntico de té Tigre, en el que, a su vez, el mismo tigre más chiquitito me sigue sonriendo y mostrando en su manito otra vez el mismo tarrito, esta vez mucho más chiquito, de té Tigre el que, de nuevo, tiene el mismo tigrecito con otro tarrito… A medida que iba acercando más y más el tarrito a mis ojos para tratar de ver hasta dónde llegaban los tigrecitos, me fue invadiendo una profunda desesperación de la que nunca supe como regresar.

Hasta hoy, o mejor dicho, hasta el preciso instante en que escribo estas líneas, mi búsqueda seguía más o menos igual que siempre. Pero ahora, como Ud. comprenderá, mi vida ha dado un giro tan grave que hasta resulta imposible de explicar.

No recuerdo si fue en la adolescencia -ésos años donde el pensamiento lacera- o si fue después, pero en algún momento pude comprender que con mi búsqueda no pretendía acceder a un mundo verdadero, sino a salir de éste falso. Y desde entonces no hice más que cultivar esa certeza. Pero no quiero que se haga una idea equivocada de mí, que me vea como un extravagante. Yo hago mi vida, tengo mi casa, mi mujer, mis hijas, no paso miserias; y, sobretodo, hace muchos años que agarré mi propio hilo. Con él tejo, hago muchas cosas, no diré importantes pero sí muy necesarias, casi imprescindibles. Hago una vida normal pero, ¿cómo olvidar que nada de esto es real?

Quiero decir: hace tiempo comprendí que los tigrecitos no fueron “cosas de chico” sino que al pensar ese pensamiento –y tal vez con y por ese pensamiento- algo decisivo introduje en mí; que de allí en más algo quedaba definitivamente olvidado, y que la vida -con sus olvidos y sus recuerdos- ya quedaría para siempre de éste lado del tarrito. En aquel instante supe que nunca más podría alcanzar el último tigrecito y que perdía para siempre a todo ese mundo de aquel otro lado. Y comprendí también el hecho irreversible de que, al pensar mi nombre y mi vida como un azar del destino, estaba firmando un contrato vitalicio que me garantizaba el derecho a anclarme firmemente en ésta realidad que tanto Ud. como yo -hasta éste instante- compartíamos. Pero también que, al aceptarme en ésta realidad, perdía –o, por lo menos, alejaba definitivamente- algo que aún las mejores y más exactas palabras ya no pueden nombrar.

Aunque saludable, es peligroso pensar –pensé. De este lado del tarrito, o desde mi nombre, fácilmente encuentro pensamientos para nada peligrosos de pensar. Seguramente Ud. también lo debe haber experimentado. También, por supuesto, nada saludables. Pero están los otros, esos pensamientos que únicamente parecen vivir fugazmente, como en huída incesante, y a los que nadie puede acercarse sin temor y temblor. Pocas veces estuve a punto de atrapar uno. Un día, durmiendo la siesta, me tocan el hombro. Me doy vuelta y veo a un chico, de seis o siete años, parado al lado de la cama. Lo miro y el chico allí, duro, mirándome a los ojos. Y me dice ¿QUÉ HACÉS? Yo estaba aún medio dormido, no entendía bien lo que pasaba y le vuelvo a preguntar ¿qué?, y el pibe vuelta a decirme ¿QUÉ HACÉS? Allí me levanto, me siento en la cama y de nuevo le digo ¿qué?, y el pibito seguía mirándome firme y me vuelve a decir ¿QUÉ HACÉS?, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?…

Entonces allí, como en un estallido, me dí cuenta de todo y empecé a llorar; y no podía parar, y el pibito seguía mirándome, impasible, ya sin decir nada, como si supiera todo. Entonces me levanté de la siesta, fui al ropero, y acomodé mis cosas para partir. Justo allí me desperté. ¿Se da cuenta? No pude partir.

Ese instantáneo fracaso me hizo comprender que los sueños son mucho más reales que la vida despierta, y decidió que viviera de y para los sueños. Creo -¿quién puede asegurarlo?- que fue entonces que me hice psicoanalista.

Nunca pude permitir que todo esto fuera casual, por eso afirmé cada vez más mi búsqueda. Y, por razones obvias, no hablo de estas cosas con cualquiera. Que me digan loco o se rían de mí me importa poco, lo que sí me da bronca es que me digan que no lo entienden. O que lo entienden, pero que no les pasa. Yo no les creo: para mi esto le pasa a todo el mundo. Pero no digo nada: yo también me hago el desentendido. Todos sabemos muy bien las razones que nos obligan a ocultar. Se presiente lo peligroso de aceptarlo, porque uno queda expuesto, te ubican. Por eso es mejor disimular, hacer como que uno no se da cuenta. Es que la mano viene brava, como en una cárcel; son muchos los años de encierro en esta celda, tantos que las paredes ya se han adherido al cuerpo hasta volverse indistinguibles de la piel. Y por ahí no hay salida.

Pero sé que no soy el único al que le pasa. Algunas veces –y admito que fueron muy pocas- tuve un encuentro con otro. El otro día sin ir más lejos, en medio de la entrevista, Enrique -el director de la revista- abrió su cuerpo y me dijo: “vamos a suponer que nosotros construimos, por una serie de brujerías y maleficios, un ser que queremos que tenga autonomía pero que nunca se entere de nuestra existencia y que, al mismo tiempo, tenga una gran capacidad de aproximarse. Le cierro el techo de esas posibilidades poniéndole dioses, la naturaleza, el evolucionismo, los cromosomas, no importa. El maleficio es imposible de ser atravesado. Pero vamos a imaginar que, al mismo tiempo, estos seres al construir esto dejaron huellas digitales sobre lo que hicieron. Y uno se vuelve a imaginar entonces que hay un gran detective de la sensibilidad que toca eso y lo descubre, descubre el maldito maleficio que actúa constante y permanentemente sobre el ser humano”.[1]

Que a otros les pase lo mismo no mejora ni empeora mi situación. Nada de lo que otros digan puede volver más real o irreal mi vida. De las cosas (entre ellas los escritos) nadie puede comprender más de lo que ya sabe. Carecemos de oídos para las cosas a las cuales no nos han dado aún acceso los acontecimientos de la vida. Y, como Ud. debe saber, hay cosas que no pueden comprenderse -y mucho menos hacerlas real- si no se acepta la definitiva soledad.

 

Hoy es 21 de septiembre del año 2050 y escribo estas líneas tratando de reconstruir el camino que me condujo a éste aciago encuentro. Recuerdo que me pregunté: ahora que ando en los cincuenta, en el debe de la vida: ¿cómo verán las cosas los colegas dentro de 50 años, en el 2100? Al recordarlo, me viene a la memoria una repetida situación de mi infancia: apenas aprendí a sumar y restar, sacaba una y otra vez la cuenta para asegurarme de que no la había hecho mal, pero siempre me daba lo mismo: 59; en el año 2050 voy a tener 59 años. Me parecía imposible. Y en el 2100 –volvía a sacar la cuenta- voy a tener 109 años; y casi seguramente ya voy a estar muerto. Pensativo, allí volvía a los deberes.

Siglos y siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí. La vida real, la que realmente importa, no cambia con el paso redoblado del progreso. Y aunque es muy cierto que una generación puede aprender mucho de las que le han precedido, no es menos cierto que nunca le podrán enseñar lo que es específicamente humano. En este aspecto cada generación –y cada uno- ha de empezar exactamente desde el principio, como si se tratase de la primera vez; ninguna generación tiene una tarea nueva que vaya más allá de aquella de la precedente ni llega más lejos que ésta, a condición de que haya sido fiel a su tarea y no se haya traicionado a sí misma.

Rápidamente abandoné mi pregunta sobre el 2100 por razones obvias: no podía preguntarle nada a quien –quizá- aún no había nacido. Pero, haciendo unos ajustes menores para su traslado, la sustituí por una equivalente y sí posible de establecer: ¿cómo veían al 2050 los colegas del 2000? Quizá fue el destino, quizá un presentimiento, quizá los verdaderos motivos siempre quedan en penumbras. Pero ahora tal vez maldiga las circunstancias que me llevaron a dicho planteo.

¿Cómo veían al 2050 los colegas del 2000? Recopilando antiguos materiales de finales del siglo XX llega a mis manos la colección de una revista de nombre Topía conteniendo una serie de artículos titulados -nada menos- “Un psicoanalista en el 2050”. Como hipnotizado los devoro uno tras otro cuando en el Nº XXIII, de Agosto de 1998, en esta exacta página, leo con mudo asombro éste mismo escrito que estoy escribiendo ahora. Ni una coma de diferencia. Créame. Lo estoy leyendo ahora, -y acabo de leer “leer”- ¿se da cuenta? Sentí como un golpe en la nuca: Dios los cría y ellos se juntan -pensé.

Mi nombre es Héctor Fenoglio, pero ya sabemos de la irremediable incerteza de los nombres. No digo que signifiquen “nada”, pero ¿quién está seguro de su nombre? Como se dará cuenta todo es peor ahora: antes creía que Héctor Fenoglio al menos era como una envoltura, como un disfraz que, al quitármelo, tal vez -y sólo tal vez- aparecería otra cosa. Y ahora me encuentro con Ud., que no sé si es un sueño, tal vez mío, tal vez suyo; no sé si ambos somos sueños en un sueño que alguien sueña o -lo que no me atrevo ni siquiera a imaginar- que tal vez nadie sueña.

Hay signos: sin dudas hay signos.

La infancia nunca es buena ni mala. Mejor no pensar, para qué, si la infancia siempre es terrible. Nadie sobrevive a su recuerdo. Matemos esos años: nadie muere en el pasado -o al menos eso queremos creer.

Ahora es distinto, voy tirando. Tal vez mejor, no lo sé. Bah…ni sé si se puede saber. ¡Claro que no puedo olvidar! Si pudiera…

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