RENCOR
Héctor Fenoglio

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La disociación entre cuerpo y mente –disposición malsana central en nuestra cultura– pocas veces es tan patente como en la oposición entre ideas y afectos. Parecen mundos diferentes y hasta opuestos. Las ideas, decimos, vienen de la cabeza; los sentimientos, en cambio, vienen del corazón o de las tripas. Los afectos son de naturaleza corporal, mientras que las ideas son de naturaleza mental. Las ideas, además, son racionales y se las puede entender; a las emociones, en cambio, no hay manera de entenderlas pues son irracionales.

Sin embargo, todos sentimos que los afectos, como la envidia o la gratitud, no son sensaciones corporales automáticas como el frío o la sed; son reacciones altamente elaboradas de nuestro espíritu, punto de anudamiento entre el cuerpo y el alma. Distinguimos muy bien los diferentes afectos: envidia, rencor, humillación, etc. Cada uno tiene una arquitectura tan precisa que lo podríamos expresar en un pensamiento exacto, a tal punto, que bien podemos afirmar que cada afecto es un sentimiento pensado por el cuerpo. Los sentimientos también son pensamientos.

Y no sólo eso. Al mismo tiempo presentimos que este anudamiento pasional más que personal es social, pues allí, en esa encarnación, acontece -en mucha mayor medida que en las ideas- la verdadera relación social. La encarnadura pasional, entonces, además de personal, es esencialmente política.

Las pasiones que sentimos son reales; aunque sean inconvenientes, expresan de manera directa y sin filtro nuestro propio ser. Las ideas, en cambio, pueden ser falsas y, en especial lo son, cuando tratan de disimular, o reprimir las ideas o las emociones que no queremos asumir, ni mostrar.

De todos modos, aunque todas las pasiones sean reales, esto no equivale a decir que todas sean verdaderas. Cuando alguien es demasiado susceptible y reacciona de manera desmesurada, decimos que está equivocado. Bien sabemos que lo que siente es real, es decir, que lo siente y mucho, pero también sabemos que su reacción está errada. Uno, entonces, no se equivoca sólo en los pensamientos sino también en los afectos.

Hay muchos afectos errados o equivocados, y muchos otros que no. En esta ocasión analizaremos el Rencor, un afecto falso muy común y extendido en nuestras vidas. Así como en el número anterior analizamos el Enojo, en próximos números de Sol de Noche continuaremos analizando otros afectos.

 


El rencor es una «pasión triste». Según el diccionario, «Rencor (del latín rancor: calidad de rancio): resentimiento duradero por algún daño o perjuicio sufrido». El rencor es un sentimiento de odio y resentimiento que experimentamos como una reacción ante un dolor sufrido por un daño o perjuicio padecido por culpa de otro. A esto hay que agregar que una nota fundamental del rencor es que no lo podemos dejar atrás, aunque sería más acertado decir que no queremos dejar atrás pues, apesar de ser “triste” y muy “amargo”, muy pocos buscan efectivamente desprenderse del rencor, aún cuando digan lo contrario. Pareciera que en este sufrimiento, exteriorizado en reproches, acusaciones y maldiciones, el rencoroso encuentra un placer retorcido y morboso difícil de entender y de aceptar por las buenas conciencias.

Tomemos, por ejemplo, el tango Rencor, de 1932, con música de Charlo y letra de Luis César Amadori. Dice así:

 

Rencor, mi viejo rencor, / dejáme olvidar / la cobarde traición.
¡No ves que no puedo más, / que ya me he secao / de tanto llorar!
Dejá que viva otra vez / y olvide el dolor / que ayer me cacheteó…
Rencor, yo quiero volver / a ser lo que fui… / Yo quiero vivir…

Este odio maldito / que llevo en las venas / me amarga la vida / como una condena.
El mal que me han hecho / es herida abierta / que me inunda el pecho / de rabia y de hiel.
La odian mis ojos / porque la miraron. / Mis labios la odian / porque la besaron.
La odio con toda / la fuerza de mi alma / y es tan fuerte mi odio / como fue mi amor.

Rencor, mi viejo rencor, / no quiero sufrir / esta pena sin fin…
Si ya me has muerto una vez / ¿por qué llevaré / la muerte en mi ser?
Ya sé que no tiene perdón… / Ya sé que fue vil / y fue cruel su traición…
Por eso, viejo rencor, / dejáme vivir / por lo que sufrí.

Dios quiera que un día / la encuentre en la vida / llorando vencida / su triste pasado
pa’ escupirle encima / todo este desprecio / que babea mi vida / de amargo rencor.
La odio por el daño / de mi amor deshecho / y por una duda / que me escarba el pecho.
No repitas nunca / lo que vi’ a decirte: / rencor, tengo miedo / de que seas amor.

 

La letra de este tango despliega casi toda la gama de las «pasiones tristes» y «afectos falsos». ¿Por qué llamo falsos a estos afectos? Porque están al servicio de ocultar y de mentir. En el caso del rencor, en primer lugar, busca evitar hacerse cargo de la propia responsabilidad en el dolor padecido. El tango dice: «La odian mis ojos / porque la miraron. / Mis labios la odian / porque la besaron». Es evidente fue que el propio rencoroso quien decidió estar con ella y no supo o no quiso ver qué pasaba. A partir de esto, para desentenderse de su responsabilidad, arma una historia mentirosa en la cual él, pobre inocente, sufre injustamente: «Ya sé que no tiene perdón… / Ya sé que fue vil / y fue cruel su traición…».

No importa si el acontecimiento doloroso ha sido real o imaginado, justo o injusto; el rencoroso pone fuera de quien lo sufrió, en otro, toda la responsabilidad del dolor padecido; nunca se pregunta si tuvo alguna responsabilidad con los acontecimientos dolorosos.

En segundo lugar, el rencoroso, aunque afirme lo contrario, no quiere dejar de sufrir. Hay aquí otra mentira. El tango dice: «Rencor, mi viejo rencor, no quiero sufrir / esta pena sin fin… / Si ya me has muerto una vez / ¿por qué llevaré / la muerte en mi ser? / Ya sé que no tiene perdón… / Ya sé que fue vil / y fue cruel su traición… / Por eso, viejo rencor, / dejáme vivir / por lo que sufrí». ¿Por qué sería tan difícil dejar atrás su sufrimiento? El rencoroso dice que él quiere dejar de sufrir, pero la gravedad de la ofensa no se lo permite, es algo que “no se puede olvidar”. Nuevamente la “culpa” no es propia, no es su propia responsabilidad. Sin embargo hay otro respuesta, más sencilla aunque, a primera vista, sorprendente. Las últimas líneas del tango denuncian el secreto de porqué el rencor no puede olvidar: «No repitas nunca lo que vi’ a decirte», «rencor, tengo miedo de que seas amor». El hecho es que, aunque la odia, en realidad la sigue amando. Muchas veces se dice que en el rencor el amor se ha transformado en odio: «La odio con toda la fuerza de mi alma / y es tan fuerte mi odio como fue mi amor». Puede ser, pero la cosa no es tan unilateral pues todos sabemos que, en verdad, en el fondo la sigue amando y, como ya resulta imposible amarla, al menos odiándola ella sigue junto a él y no la pierde totalmente. En ese tipo de experiencia amorosa, el amor rápidamente puede trocarse en odio y viceversa. Sea como sea, lo que resulta evidente es que la sigue amando y que no hay la menor disposición a acepar su “no”, a dejarla ir y a continuar la vida sin ella; al contrario, lo que se busca es retenerla por cualquier medio aún contra la voluntad de ella. ¿Eso es amar?

Pero allí no termina, ni de lejos, todo el placer que el rencoroso obtiene. ¿Qué otro placer retorcido hay en el rencor, difícil de entender y, en especial, de aceptar por las buenas conciencias? No hay que olvidar que la situación de víctima en que el rencoroso se pone le da sobrados motivos para odiar justificadamente, justificación que está en la base del placer morboso del odio rencoroso. Es notorio, además, que en el rencor hay una buena dosis de sadismo, de gozar con el sufrimiento del otro, lo que se presenta como un delicioso hueso que, una vez mordido, nadie quiere largar. Veamos, si no, lo que dice el tango: «Dios quiera que un día / la encuentre en la vida / llorando vencida / su triste pasado / pa’ escupirle encima / todo este desprecio / que babea mi vida / de amargo rencor». Sadismo que aquí toma la forma de una de sus hijas predilectas, la venganza, (satisfacción o compensación, haciendo un mal a quien nos ha inferido una ofensa o un daño). Y aunque la venganza nunca llegue, el solo hecho de sufrir rencorosamente en silencio ya es, en sí mismo, un acto de venganza, de culpabilización, de agresión contenida, de maldición al otro; un acto resentido y desmesurado de afilar pacientemente la daga, en silencio y con esmero, segundo a segundo, durante toda una vida, esperando con rabia el momento de la venganza que, uno sabe, nunca llegará. Pero el rencoroso, como dije, niega todo esto y miente: afirma que su estado es de puro sufrimiento y de goce nulo.

Hasta aquí he centrado el desmontaje del rencor a una situación de despecho amoroso graficado en el tango «Rencor». Pero el rencor no se limita al ámbito de lo amoroso; como sabemos, las reacciones rencorosas se extienden a todas las esferas de la vida humana: a las ofensas recibidas por un jefe en el trabajo, a los golpes recibidos por un opositor político, etc. Cada uno podemos y debemos, por tanto, tomarnos de desmontar y denunciar, en especial en nosotros, las infinitas caras con que aparece el rencor.

Cuando, en sentido habitual, decimos sentimiento falso, queremos decir que estamos ante algo que parece ser tal o cual sentimiento (amor, amistad, por ejemplo) pero que, en realidad, es una simulación; estamos ante algo que o bien no existe o bien es otro sentimiento. Este, sin embargo, no es el sentido de falso que pretendo señalar. Para el sentido habitual, los sentimientos siempre son, y si son no pueden ser falsos; y lo mismo pasa con la realidad: la realidad es, y si es no puede ser falsa. Esta es la lógica del sentido común: tomar como equivalentes realidad y verdad, de allí que realidad falsa le suene a contrasentido o a sinsentido. Falsas o verdaderas, según esta posición, únicamente pueden ser las ideas o los enunciados sobre la realidad, pero nunca la realidad misma.

El sentido de falso que quiero señalar, en cambio, es el siguiente: a pesar de lo que aparezca sea una simulación, una máscara o algo así, lo que aparece es, de todos modos, tan real como lo que tapa u oculta. Y, en segundo lugar, digo que esa realidad es falsa en el sentido de que es una realidad mentirosa, que está allí para mentir, para ocultar algo y engañar a alguien, en primera instancia al que la padece.

Los afectos falsos (rencor, ofensa, humillación, etc.), incluso aquellos que en apariencia contienen una satisfacción o placer sádico (venganza, desprecio, etc.), tal vez no sean dolorosos en sí, pero en el fondo son amargos y desagradables; y todos tienen, sin embargo, esta notable característica paradojal: quien los padece declama querer desembarazarse de ellos pero, en realidad, los atesora como un bien inestimable y los cultiva como si fueran el plato más sabroso y sofisticado. Y algo de eso debe haber pues en estos sufrimientos parece haber, como dijimos, una especie de alto gozo secreto, morboso y retorcido a la vez.

Con esta oposición quiero llamar la atención e insistir en que la esencia de los afectos no consiste sólo ni principalmente en ser sentidos (“sentimientos”, “emociones”), sino también, y muy especialmente, en ser pensamientos sentidos, complejos de ideas encarnadas o auténticas tomas de posición existencial, “por las cuales la potencia de obrar es aumentada o disminuida, favorecida o reprimida”. Por la alegría o afectos verdaderos se pasa de una menor a una mayor perfección existencial, y por la tristeza o afectos falsos, por el contrario, se pasa a una menor perfección existencial.

Hay que oponer, entonces, con firme rigor conceptual, afectos verdaderos y afectos falsos. Esta oposición se corresponde bastante bien con la de pasiones alegres y pasiones tristes que Spinoza desarrolla en su «Ética». Los afectos falsos se correlacionan con las pasiones tristes, y los afectos verdaderos con las pasiones alegres.

Los afectos verdaderos más usuales son: amor, júbilo, regocijo, gozo, gloria, orgullo (satisfacción de sí), gratitud, contentamiento, benevolencia, clemencia.

Los afectos falsos más comunes son: odio, ira, venganza, crueldad, traición, indignación, resentimiento, rencor, ofensa, humillación, envidia, celos, remordimiento, arrepentimiento, humildad, pusilanimidad, esperanza, compasión, vergüenza, pudor, modestia, ambición, avaricia, desprecio, soberbia, abyección.

Dije que los afectos falsos se corresponden, en grandes trazos, con las pasiones tristes de Spinoza. Pareciera lógico afirmar, entonces, que todos los afectos falsos son tristes y todos los afectos verdaderos son alegres. Sin embargo esto, a mi entender, no es exactamente así. Hay afectos, como la pena (por la pérdida de algo querido), el duelo (por la muerte de un ser querido), o la tristeza misma, que, a pesar de ser sentidamente tristes, sin embargo son afectos verdaderos, es decir, afectos que duelen pero que uno acepta de buen grado dolerse, sin amargura, sin reproches, sin culpar a nadie. Estos dolores, aunque no son deseados como tampoco se los evita dejar atrás, cuando llegan son o deben ser aceptados con entereza e integridad. Así, no sólo la potencia de obrar del cuerpo es aumentada o favorecida, sino que, además, honran la vida.

A la inversa, también ocurre que hay afectos, como la soberbia, que a pesar de ser sentidamente alegres, eufóricos y hasta maníacos, sin embargo son falsos. La soberbia es una especie de delirio por la que el hombre sueña con los ojos abiertos que puede todo lo que alcanza con la sola imaginación y, por eso, la considera real y se exalta con ella; mientras que, en realidad, no puede ver lo que no puede y con eso limita su propia potencia de obrar.

Es por todo esto que sigo prefiriendo hablar de afectos, talantes o sentimientos verdaderos o falsos y no de pasiones alegres o tristes pues, a pesar de que la calificación verdadera y falsa es demasiada abstracta y no engloba toda la complejidad del asunto, estimo que al menos señala con fuerza el carácter de mentira y engaño de las pasiones falsas, mientras que la denominación alegres y tristes no siquiera lo sugiere y reduce su carácter a lo sentido en la inmediatez.

 

 

*Publicado en el Número 5 de la revista SOL DE NOCHE (2013)

hector.fenoglio@centrolapuerta.com.ar

www.fenogliohector.blogspot.com

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