UNO Y EL RESPETO A LA DIFERENCIA
Héctor Fenoglio

Tapa-UNO

Por Héctor Fenoglio

Uno siente que su vida se debate entre dos poderosas fuerzas en conflicto. Por un lado, la satisfacción plena y sin remordimientos de sus inclinaciones egoístas —ser único—; por otro lado, la obligación de coincidir con la ley general como el único reaseguro de la vida social e individual —ser uno más.

Nadie en su sano juicio puede querer realmente regular su vida imponiendo las tendencias “egoístas y animales” por sobre la ley general, pero tampoco las puede eliminar definitivamente: el conflicto parece perpetuo. Entonces uno se aferra a las leyes como el sustento último de la vida en sociedad, y las reconoce como el mayor grado de civilización posible.

Este planteo, en apariencia trivial, es, sin embargo, la base sustentadora de la posición liberal hoy dominante y asumida, además, como propia por el progresismo —es decir, por uno. Pensar al liberalismo, entonces, no consiste en un mero ejercicio intelectual sino en cómo uno puede ir más allá de uno mismo para enfrentar el democratismo total con que el capitalismo globalizado nos chantajea.

INTRODUCCION.

Me decís: “vos pensás eso pero yo pienso esto otro, y como cada uno tiene el derecho de pensar como quiera, debemos respetar esas diferencias entre uno y otro”.

Uno no puede discutir esta posición; más aún, se le presenta como fundamental en la relación con el otro y, por lo tanto, debe aceptarla. Pero como uno es más que uno, eso no lo deja tranquilo: a uno le gusta creer que puede pensar como quiera y se atribuye ese derecho, pero en realidad piensa como es y de allí no puede moverse un milímetro, por más derechos que diga tener. Porque en el asunto de ser lo que uno es, no hay derechos que valgan: uno es lo que es, te guste o no te guste. Entonces entendámonos: cuando hablo de diferencias, hablo de eso —no de derechos.

I.- POR SU CONSTITUCIÓN, UNO NO PUEDE ACEPTAR LA DIFERENCIA.

Pensar diferente, sentir diferente, creer diferente; nada de eso es difícil de soportar siempre y cuando podamos recurrir indiscriminadamente a la condición de subjetividad, por la cual nos comprometemos a aceptar que cada uno piense diferente, siempre y cuando nadie pretenda ser ni considerarse el único. Es decir, cada uno tiene tanta validez como cualquier otro, todos somos equivalentes.

Es bajo esta condición que se dan las diferencias entre uno y otro; pero esa misma condición imposibilita la real diferencia puesto que, una vez establecida, nada interno nos puede hacer necesariamente diversos. De allí en más las diferencias siempre serán contingentes. Por el contrario, lo que esa condición sí vuelve necesario es que, en el fondo, todos debemos ser iguales, igualmente no verdaderos. Ésta es la igualdad democrática: como no hay uno verdadero, todos somos unos falsos.

En base a la condición de subjetividad, cuando se habla de respetar las diferencias, lo que se está diciendo es: en última instancia hay que considerar al otro —aún con todas sus diferencias— en un plano de igualdad con nosotros. ¿No es esto acaso desconocer de raíz las diferencias?

Por eso es que, dentro de esta posición, hablar de respeto a las diferencias es una fachada, pues antes que nada se exige que todos nos ubiquemos en un plano de igualdad y eliminemos la única diferencia que uno reconoce: ser el único. Puestos en la relación de uno y otro, igualitaria, democrática, la cuestión no es ya cómo respetar las diferencias sino cómo percibir aunque sea un destello fugaz de verdadera diferencia.

Desde uno la diferencia es inaceptable. Como uno es muy respetuoso expulsa a borbotones  frases hechas de respeto a la diferencia, pero en realidad no la puede aceptar, por la sencilla razón de que la existencia de uno se basa en la relación de igualdad con el otro. Cuando uno  habla de diferencias, éstas siempre deben aparecer y recortarse sobre ese plano previo de igualdad.

II.- UNO TAMPOCO PUEDE ACEPTARSE A SÍ MISMO: ES SUBJETIVO Y RELATIVO.

Por la condición de subjetividad cada uno renuncia al derecho de posesión de la verdad (si no, estaría loco –dice uno): cada uno puede tener su verdad, siempre y cuando su validez quede restringida al campo individual. Establecida esa frontera, todo es subjetivo. De allí en más cada uno va del brazo de su verdad, cuidando que nadie se la critique y cuidándose de no criticar la verdad de nadie pues, como se dice, cada uno anda con la verdad que quiere, y no te metás con la mía porque yo no me meto con la tuya: no seas agresivo.

Pero lo realmente decisivo es que tampoco nadie pone las manos en el fuego por su propia verdad. Cuando uno renuncia al derecho de poseer la verdad los efectos no se limitan a la relación con el otro sino que también afectan, y principalmente, la relación con uno mismo. Como toda verdad ya es subjetiva, aún la propia y para con uno mismo, uno duda  —debe dudar— de su propia verdad, de sus percepciones, de sus intenciones. Uno ya no cree ni en sí mismo, y toda afirmación para siempre será subjetiva y relativa, abriendo paso al relativismo generalizado.

Llegado a este punto ocurre que aun cuando uno logre vencer a todos los otros imponiendo su verdad, no está ni puede estar tranquilo, porque sabe que ese triunfo no le confiere más validez ni la vuelve menos subjetiva. De la fuerza no nace la verdad. ¡Y menos mal que uno no triunfa!, porque si no, las cosas serían caóticas por uno. Entonces no queda otro camino que buscar el acuerdo con los otros, el acuerdo intersubjetivo. Pero tampoco esto es una salida pues, aunque estemos todos de acuerdo, no hacemos más que multiplicar el problema, porque todos, y cada uno, volveríamos a estar en la posición inicial de uno, aunque ahora seamos uno colectivo: bien podría ocurrir que todo sea un engaño generalizado. Confrontando con otras culturas, u otros tiempos, deberíamos concluir que cada época tiene su verdad bien amarrada del brazo, pero que ninguna es más válida que otra: relativismo general.

III.- PARA UNO RACIONAL Y RACIONALISTA SON EQUIVALENTES.

¿Hay algo más firme, más seguro que el acuerdo intersubjetivo? —se pregunta uno.

Sí —se contesta—: la razón.

Ésta es la apuesta máxima de uno para tratar de salir de las arenas movedizas relativistas en que se metió. Desde el encierro en la subjetividad intenta fundar una vida objetiva. Para ello, uno debe poner lo que llama la razón como máximo tribunal de decisión. Todo pensamiento, para ser tomado en serio, debe seguir las reglas de esa razón.

En primer lugar trata de eliminar todo rastro de subjetividad para transformarse en “el hombre objetivo”. Aspira a ser sólo un espejo perfecto, que no deforme en lo más mínimo la imagen que refleja. Debe omitir toda contaminación que venga del cuerpo, de los sentimientos, de las intuiciones, de los sueños. ¿Hay acaso idea más irracional que ésta, que encima intenta presentarse como el summun de racionalidad? Lo subjetivo debe ocultarse en los pliegues íntimos, casi vergonzosos, de la vida. A lo sumo puede expresarse en el terreno del arte, el que de ahí en más pasa a ser considerado el ámbito de lo irracional por excelencia, excluido de toda pretensión de verdad.

Por razón uno entiende la argumentación racional de las diferencias. Esta razón —se dice— es lo único que permitiría la reconciliación de uno con los otros y con uno mismo. Todo pensamiento, si es racional, debe poder decirse explícitamente y decidir si es verdadero o falso, lo que es lo mismo que poder expresarse proposicionalmente. Lo que no puede decirse como proposición, no se considera racional; es poesía, pura imaginación, o locura. De esta manera se pretende que a una proposición todos pueden y deben entenderla, y que la verdad de una proposición (de una descripción de los hechos) no depende de la subjetividad de quien la dice o de quien la escucha. Lo que vale para uno vale para todos.

El discurso proposicional habla de la realidad, de una realidad que siempre está más allá de las palabras, que siempre se le escabullirá, porque esa es la esencia de este discurso: hablar de la realidad para que no aparezca la realidad en las palabras. El racionalismo, entonces,  no es una escuela filosófica entre otras, es el intento desesperado de uno por encontrar en esa razón un poderoso tirano al que someterse y obedecer sus órdenes, para desde allí combatir el peligro mortal que le significa la arbitrariedad subjetiva que lo acecha por doquier. El precio que paga es disociarse para siempre de sí mismo y del mundo, vivir una vida disociada.

Pero el racionalismo, este discurso proposicional, no es equivalente a la razón. ¿Acaso en la poesía, en el arte, en la interpretación psicoanalítica, en los aforismos (tanto de Nietzsche como del Zen), no aparece otra racionalidad, distinta a la razón proposicional?

IV.- UNO ES OTRO CUALQUIERA.

Uno es irremediablemente inconsistente; es decir, se sabe relativo y subjetivo. Para volverse consistente, piensa uno, debería ser único: ni siquiera debería enterarse de que hay otros, pues si comenzara a considerar otras posiciones, volvería a ser uno inconsistente. Y, además, tampoco tendría que pensarse a sí mismo, es decir, dudar de su propia posición, pues otra vez volvería a ser una más entre otras posiciones. Por tanto, calcula uno, para el único no hay otros, ni dudas a tener en cuenta: el único no se piensa.

Uno sí se piensa, pero debe pensarse como cualquier otro, es decir que no puede pensarse a sí mismo desde sí mismo, sino como siendo uno cualquiera. La referencia, aunque sea uno mismo, siempre es otro, disociado de uno, que se diferencia por estar necesariamente separado y enfrentado pero, al mismo tiempo, siendo equivalente a uno.

Tanto sea en el acuerdo como en el desacuerdo (lo que no altera la sustancia del asunto) uno y otro son posiciones idénticas, equivalentes e intercambiables y nada lo puede remediar, ni el predominio de uno sobre otro ni la compactación de muchos en un uno colectivo. Por eso, uno es una posición universal, incapaz de singularidad  —cada uno debe valer y ubicarse como cualquiera. De allí que resulte cómico que uno, sin embargo, se crea único, diferente a todos los otros uno, y tome su experiencia subjetiva, su subjetividad, como la más singular del mundo cuando, en realidad, la experiencia de uno es la más universal, así determinada por la universalidad de la condición de subjetividad. No se trata aquí de las diferencias en la vida personal entre uno y otro, pues esas diferencias —ya aclaramos— sólo pueden aparecer cuando ya existe el fondo de igualdad previa. Lo subjetivo no tiene nada que ver con el tono emotivo, sentimental, expresivo o aún inefable con que habitualmente se lo tiñe. Lo subjetivo y,  por tanto, la subjetividad, en esencia son  la encarnación de una posición lógico-discursiva.

Uno es el peor enemigo de uno, porque uno es otro. Uno se piensa como otro, siempre desde afuera de sí mismo. Todos los pensamientos de uno, incluidos los pensamientos sobre uno mismo, son pensamientos externos al pensar. Y de esa posición uno no puede salir.

V.- UNO NO RESPETA LA DIFERENCIA, SÓLO LA TOLERA.

El respeto a la diferencia es un perfume irresistible para uno. Pequeñas dosis lo embellecen, dosis mayores siempre delatan lo que oculta. “Te respeto como diferente —dice uno— si vos me respetás como diferente”. Ante situaciones difíciles éste es el recordatorio del pacto inicial: nadie es único. Es el respeto a la diferencia como tratado de paz; se funda en el ansia de aniquilación del diferente y de toda diferencia: en el fondo todos debemos ser iguales. Así el respeto a la diferencia es casi una ironía.

Desde el vamos no hay aceptación y, por lo tanto, tampoco respeto del diferente: sólo se lo tolera. La tolerancia como virtud huele mal. La tolerancia y sus refinados modales en realidad son bunkers de una línea defensiva que mantiene una frágil estabilidad dentro de un perpetuo estado de beligerancia.

Decimos: “impone respeto, se hace respetar”; este respeto es la cara respetable del miedo, del temor a la aniquilación. De ahí que en uno el respeto sea, fundamentalmente, un refinado arte marcial. Se ven los gestos suaves anunciando la dirección de los movimientos, las palabras neutras milimétricamente calculadas, el timbre suave de la voz, el tono muscular artificialmente distendido. Un exquisito camuflaje, una táctica de distracción estudiada durante años, operaciones de espionaje del poder del otro y de sus puntos débiles. Un auténtico desfile militar: despliegue del propio poderío, maniobras de amedrentamiento. Una estrategia de combate donde lo esencial es hacerse invisible, agredir sin agredir, saber golpear sin que se vea el golpe.

Desde uno la invocación a respetar las diferencias no es más ni menos que el fallido intento de traducción laica-democrática del antiguo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

VI.- UNO SE CONSTITUYE EN Y POR LA TENSIÓN AGRESIVA.

Cuando aparecen diferencias peligrosas con el otro, uno apela a la condición de subjetividad: no hay único, todos somos iguales. Así uno se frena, respeta la diferencia. Sin embargo, por dentro y en voz baja sigue repitiéndose: “a pesar de todo tengo razón, yo soy el único, el verdadero”. Uno queda así en una situación por demás incómoda pues, si por un lado no puede aceptar la diferencia, por otro tampoco puede aceptar plenamente la igualdad, aunque a regañadientes trata de acatarla porque no le queda otra.

Uno vive tratando de coincidir con la regla de igualdad general, luchando contra la  constante tentación de considerarse el único verdadero que lo conduciría al autoritarismo; pero cuando logra vencer la tentación y acatar la igualdad siente pena, insatisfacción; siente que tuvo que renunciar a lo de uno en pos de una pacificación siempre precaria con el otro. Si uno se afirma en la de uno a rajatabla desata la guerra, pero si concilia siente que no es uno, que caretea y que, para colmo, la tensión sigue pero ahora torturándolo desde adentro.

Así, la relación de uno a otro está atravesada por la tensión agresiva y por el miedo a la mutua aniquilación; supone el odio y la destrucción del otro pero sólo como intención pues, para mantener la relación con el otro, debe inhibir la agresión real. Uno vive en una constante inestabilidad tironeado entre la tendencia a ser único y la obligación de ser uno más. De tal modo, uno nace y vive sabiéndose irremediablemente inconsistente, sintiéndose único pero no pudiendo serlo, debiendo ser igual al otro pero sintiendo que no lo es.

El impulso a tener la razón no es un defecto autoritario de uno, por el contrario, es un efecto necesario de su constitución. El tener la razón es la imagen de la que uno se sostiene y que —a la vez— uno sostiene. Uno es la imagen de sí mismo, relación erótica pasional de amor-odio propio, basculando perpetuamente entre la tentación autoritaria y los sentimientos de inferioridad.

VII.- SER ÚNICO ES EL MITO DE UNO.

Uno se piensa como la trabajosa superación de único, de ese que —dice— alguna vez fue o que en el fondo tal vez siga siéndolo. Teme volver a recaer en considerarse único pero al mismo tiempo anhela volver a serlo, pues se le presenta como la única posición en la que podría reconocerse íntegramente. Cuando se atreve a soñar en ese sentido imagina que después de atravesar la agresión directa y quedar como único vencedor, se le abriría un nuevo horizonte, vedado a uno por cobardía, donde todo sería posible y nada faltaría; un estado de consistencia y completitud. Nace la idea de la felicidad.

Como mito de origen y destino, uno no puede dejar de suponer la existencia de único como su forma prehistórica de ser y como  su tendencia-tentación actual, existencia en la que —¿curiosamente?— coinciden la agresión desatada y la felicidad lograda. Sin embargo, para uno es imposible volverse único pues siente que se autodestruiría. Este peligro es el que invoca para seguir siendo uno. Pero uno nunca comprobó la existencia efectiva de único, de eso no tiene experiencia real. Sólo tiene pensamientos deducidos de su fragilidad o, más exactamente, un presentimiento que se le impone y que sólo posteriormente organiza racionalmente. Ser único es un mito fundante de uno.

Uno supone, en el origen, la existencia de un estado donde reinaba la agresión desatada a la que uno viene a controlar. Este pensamiento se le impone necesariamente a uno. No es una explicación acerca de las fuerzas que actuaron en un pasado remoto y que podría cambiar por otra versión, allí uno dice su conflicto actual.

VIII.- PARA UNO AUTORITARISMO Y AUTORIDAD SON EQUIVALENTES.

En el mundo igualitario de uno a lo diferente se lo mata; no existe la diferencia ni como posibilidad, no hay anzuelo con qué pescarla. La igualdad es el invento de uno que, a la vez, inventa a uno. Pareciera que primero es la igualdad, sobre la cual después se dan las diferencias. Sin embargo uno no se piensa como una originaria acción afirmativa; por el contrario, se piensa como agente y resultado de la acción reactiva que reprime y supera al único.

A la desigualdad, es decir a la diferencia, uno la vive como desgracia. Si no es posible reducirla a la igualdad uno sufre la diferencia. ¿Qué ocurre cuando se le cruza un auténtico diferente?: si se siente menos, lo respeta temerosamente, tiene miedo de ser destruido al mismo tiempo que envidia su poderío; si se siente más, se apiada de él, le da lástima, lo compadece. A uno la diferencia siempre se le aparece como un menos o un más. En el primer caso la diferencia se le presenta como autoritarismo —real o potencial— del que uno es víctima; en el segundo caso, uno se presenta como bondadoso y paternal, fachada que apenas oculta un  paternalismo real  resultante de la inhibición del autoritarismo potencial de uno. Para uno la diferencia siempre es sinónimo de autoritarismo, siempre se le presenta como la negación del principio de igualdad. Y asociada al poder.

Para uno la autoridad es el poder delegado —por uno— en representantes: las autoridades democráticas. A una autoridad que se imponga por sí misma, cuya fuerza no le venga de ninguna delegación sino de su real e inmanente realidad, uno la siente como un menoscabo a su libertad, casi como una humillación. Es así como aparecen ante uno las reales diferencias: lo diferente es aquello real que uno no puede tolerar, no puede ni ver. Ni hablemos de respetar.

Solamente si uno logra dejar de defenderse con el principio de igualdad puede atravesar una experiencia de verdadero respeto, aceptando la autoridad real del otro, aceptando la diferencia, sin exigir a ultranza una igualdad de base. En este sentido, respetar significa obedecer la diferencia, y se experimenta como admiración y agradecimiento

En el mundo de la diferencia la apelación al principio de igualdad general es, por lo menos, una grosería: allí simplemente se obedece o se manda, sin sentimentalismos.

Uno vive perseguido por el autoritarismo no sólo como posible víctima; le preocupa mucho más quedar como posible victimario, no tanto por la suerte de su posible víctima sino por el miedo a las reacciones de los otros. Y como no puede reconocer la autoridad en otro tampoco puede reconocer la propia autoridad, viviendo su ejercicio como tentación autoritaria, o sea, como recaída en ser único. Uno no quiere mandar, tiene miedo de mandar. “No me gusta mandar ni que me manden” vocifera uno que identifica mando con arbitrariedad. Mandar —que se debe distinguirse del mero dar órdenes a los demás— es superarse a uno mismo; y obedecer —que es diferente y  mucho más difícil que obedecer leyes generales— es obedecer eso. Quien no pueda obedecerse quiere ser tiranizado por leyes generales, por la razón o por lo que sea. No puede imaginar la autoridad más que deviniendo de un rol convencional, que la comunidad de unos y otros instauran, y percibe toda otra posible autoridad como autoritarismo, como el peligro de  revivir a único.

IX.- EL PRINCIPIO DE AUTORIDAD.

El respeto a la diferencia implica la definitiva aceptación de que no somos todos iguales. Dicho así parece que uno puede aceptarlo, pero no es cierto: allí se le aparece el fantasma del retorno de único. Y, fundamentalmente, porque significa la aceptación de la diferencia en la base, operación por la que el principio de autoridad deja en suspenso al principio de igualdad, a la suposición mítica, y por ende necesaria, de un plano de igualdad inicial.

Alcanza con pronunciar la palabra “autoridad” para intranquilizar a las conciencias igualitaristas que ya se figuran no sé cuantas escenas de sangre y violencia. A tal punto llega hoy la tontería, que autoridad ya casi es sinónimo de poder, incluso de arbitrariedad poderosa. Y no es que tal conciencia rechace orgánicamente el poder arbitrario, pues con gusto lo usufructuaría si fuera posible acceder a ello sin riesgos. La mayoría de las veces tal rechazo no consiste más que en un achicarse para no ser aplastado. O sea, no es más que la conjunción del anhelo cobarde de ser poderoso, incluso arbitrariamente, y el lamento de no poder serlo.

Uno supone que la democracia regula la relación con el otro: “mis derechos terminan donde comienzan los del otro”, repite uno muy seguro, “unos y otros somos iguales ante la ley”. Pero cuando esa igualdad se generaliza a todas las relaciones humanas y se la eleva a esencia humana, termina por ser o ridícula o nefasta. La ley, la moral, es decir, lo general, se le impone a uno como la mayor fuerza civilizatoria y como la única posibilidad de regulación humana. Pero ¿acaso no hay otra regulación posible más allá de lo general? Si no la hay, entonces la ética y la libertad son meras fantasías; si la hay, entonces es una praxis real que no depende de leyes generales ni se la puede identificar con tales leyes ni con la adecuación de nuestras vidas a ellas. Por eso, la diferencia no es un estado mítico anterior a uno en el que podríamos recaer, sino una posibilidad real que se abre ante uno cuestionando su propia constitución.

Autoridad no es equivalente a poder. El poder necesita lo general para realizarse, mientras que la autoridad suspende lo general, y su realización se encuentra siempre más allá de lo general. Su talante es la soledad y el silencio. Allí, o se afirma la propia autoridad o se sigue quejosamente reclamando igualdad y reconocimiento de los otros. Por más que en su intimidad la deteste, uno ama la ley o, mejor dicho, la necesita, para tranquilizarse, para protegerse o, aunque más no sea, para quejarse de su injusticia. Le aterra quedarse sin ley, siente que lo llevaría a la autodestrucción, se le figura como un abrir los diques a la arbitrariedad, al descontrol, al libre arbitrio y, sobre todo, pero en secreto, como piedra libre para desatar aquellos impulsos largamente contenidos. Por supuesto que entendida así, la cosa no puede conducir más que a la payasada o al crimen; pero nunca sería una autoridad más allá de la ley sino que quedaría en seguir necesitando la ley aunque sea para transgredirla. Uno no puede concebir una suspensión de la ley más que como trasgresión.

Las protestas contra el principio de autoridad, y los discursos reivindicatorios de la igualdad generalizada a toda costa, son la patética enfermedad actual. La aceptación de lo diferente radical significa la sumisión de uno a eso que, siendo más propio que uno, no es uno. Eso real que, en última instancia, sólo es posible obedecer.

X.- UNO ES GRUPO, O LA SOLEDAD.

Uno, al fundarse en la igualdad con el otro, contiene en sí toda la serie de los otros iguales entre sí. Uno, desde siempre, es grupo. Cuando logra aceptar una autoridad que no deviene de una representación, la pone por encima del resto y la eleva a modelo a igualar. La pone en la serie, en el grupo: es el jefe. Le resulta inconcebible la autoridad sin grupo.

La diferencia, por su lado, no afirma su autoridad en el reflejo, en la confrontación o en la aceptación de los otros; ni siquiera en la de aquellos que considera autoridad. La diferencia se autoriza a sí misma porque no hay autorización posible por vía de cualquier otro, aun cuando fuesen todos los otros. La diferencia no hace serie, siempre es singular, es inconmensurable con cualquier otra diferencia. Vive en eterna soledad.

Como uno está cerrado a sí mismo cree que abrirse es abrirse a otros, y piensa a la soledad como un cierre y clausura sobre la propia subjetividad. Olvida que la apertura a otra subjetividad no es más que el principio de la intersubjetividad, la que nunca llega más allá del uno colectivo. De paso, sigue evitando el enfrentamiento con la verdadera diferencia.

En soledad no existe igualdad, en cualquiera de sus modalidades, sólo hay diferencia. La aceptación de lo diferente radical es la sumisión de uno a eso que, siendo lo más propio de uno, no es uno; eso real diferente a lo que sólo es posible obedecer.

[1] Publicado en revista Parte de Guerra Nº 4, Octubre 1998, Buenos Aires.

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